Fuente: La República

Las pestes han acompañado desde muy temprano a la humanidad, y, ante una, sólo había una explicación posible: se había desatado la ira de Dios y él castigaba a la humanidad por sus pecados. De allí que, durante las grandes pestes de la Edad Media, incluyendo por supuesto a la peste negra, la gente buscara aplacar la cólera divina con oraciones y penitencia, para expiar sus culpas. Hay que imaginar ver pueblos vecinos totalmente diezmados y contemplar impotentes el avance de la plaga, que no respondía a ningún tratamiento conocido, para entender a esas columnas de miles de flagelantes que recorrían los caminos de Europa, azotándose, gimiendo e impetrando la misericordia del Señor. Grupos religiosos fundamentalistas siguen pensando así.

Sólo pudo alcanzarse una comprensión científica de la naturaleza de las pandemias hacia fines del siglo XIX, gracias al descubrimiento, realizado por Louis Pasteur, de la existencia de microbios, capaces de provocar enfermedades mortales sin explicación natural. El descubrimiento de Pasteur permitió iniciar el conocimiento científico de las pandemias.

En el siglo XX la generalización de las vacunas y el descubrimiento de los antibióticos permitieron por un tiempo albergar la ilusión de que se podría erradicar definitivamente a ese viejo enemigo. Como sabemos, no ha sido así. Se ha derrotado a grandes males, como la viruela y la polio, pero nuevas amenazas han aparecido para llenar el espacio dejado por la derrota de las anteriores: el sida, el ébola y las infinitas mutaciones de los coronavirus muestran que la naturaleza seguirá desplegando sus infinitos recursos buscando intentar restablecer el equilibrio de un sistema cuyo funcionamiento ha sido gravemente alterado por la humanidad, especialmente durante los últimos siglos, bajo el despliegue de la sociedad industrial.

Hay una metáfora a nuestro alrededor. Bastaron unos pocos días sin presencia humana para que la Costa Verde fuera ocupada por decenas de miles de aves migratorias que brindaban un espectáculo maravilloso, que desgraciadamente sólo pudimos ver por la televisión. Delfines volvieron a mostrarse frente a nuestro litoral. El aire está más limpio sin la contaminación de los vehículos motorizados, el cielo despejado es un espectáculo que ya habíamos olvidado. Para la naturaleza no somos una necesidad sino un fastidio. La paralización del mundo industrial es una bendición que inevitablemente obliga a pensar cuánto mejor le iría al planeta azul si desapareciera la humanidad y la Tierra volviera a ser regida por las leyes naturales que la han gobernado por 3.500 millones de años.

Como especie nos enorgullece haberle torcido la mano. La modernidad proclamó su enemiga a la naturaleza y convirtió su “dominio” y “sometimiento” en lamedida del grado de desarrollo de la sociedad. Las ciudades, con sus cubos y paralelepípedos arquitectónicos, constituyeron el símbolo por excelencia de la negación de lo natural. A la “civilización” Freud le opuso el “estado de naturaleza”, como el estadio prehumano que la especie tuvo que superar para acceder a la condición propiamente humana.

Conquistamos el mundo y abolimos las leyes naturales: las reservas y los parques naturales son con propiedad museos de la selección natural, y están amenazados por la inexorable quinta gran extinción de las especies que hemos inducido. Pero estar en la cúspide de la pirámide evolutiva no nos hace especialmente brillantes. En los primeros 10 días de cuarentena en el Perú fueron detenidas 21.000 personas, por no acatar el aislamiento social. Toda una metáfora de nuestra estupidez como especie.

 

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