Fuente: Hildebrant en sus trece

Una recomendación de Robert Salazar

El Coronavirus funciona como un desemascarador: allí están los que compran por toneladas para encerrarse en sus casas y aguardar la muerte del vecino. ¿Solidaridad? ¡Pamplinas! En Lima o en Madrid las mascarillas se acaparan, el miedo cunde, los anaqueles se vacían: el viejo mono se trepa al árbol más alto mientras el tigre de la muerte mira con codicia.

Los que matan en mancha, los que dicen que el el calentamiento global es un invento liberal, los que permiten que los palestinos sean cazados como moscas y encerrados en jaulas, ahora parecen preocupados por el destino de la humanidad. ¡Farsantes!

La señora Merkel súbdita de los Estados Unidos, miembro del club de los que cortan el jamón, anuncia que el 70% de la población mundial puede infectarse. ¿Infectarse de qué? ¿No hablamos acaso de una especie hace rato infectada por el consumismo, la irresponsabilidad social, la quiebra ética, el corporativismo con antifaz y porra, el asesinato con método, el encubrimiento como filosofía, el abuso como norma, la desigualdad como mandato y diosito como alucinógeno.

La Tierra está harta del ser humano. Supura la tierra enferma de antropocentrismo. El hombre es el coronavirus del planeta. Vive el hombre como un parásito y, como todos los virus, aspira tanaticamente a dar muerte a su huésped. Por eso seguimos perforando en busca de petróleo y malogrando sucesivos paraísos y masacrando toros en plazas inmundas. La naturaleza ya no nos reconoce como suyos. Somos sus enemigos. Quienes nos creen sus hermanos son los incendios forestales, las lluvias ácidas, las mareas rojas, los huracanes fuera de temporada. El deshielo de la Antártida nos ama. El fracking nos guiña el ojo. Los plásticos del océano corean nuestro nombre.

Un país donde se come todo lo que camina, vuele o arrastre hizo que el virus de estos momentos pasase del reino animal al de los humanos. Según cifras oficiales, en las que no creo, han muerto 3, 158 chinos por esta causa. Menuda ofrenda a la parca. Mao mató de hambre y purgas a unos quince millones y pocos dijeron algo. Las guerras del opio que Occidente perpetró en China mataron a cientos de Miles y nadie protestó demasiado. Así somos de virales.

Hay menos de 5,000 muertos por la pandemia, según la OMS. Pero sólo en Sudan del Sur han muerto 385,000 personas en una guerra civil interminable. ¿ Y los 131,000 muertos en Afganistán, contados desde el 2001, el año cero de la peste imperialista desatada por Bush hijo, el de las habilidades diferentes. ¿ Y los 380,000 muertos en Siria? Esos no contagian, ¿verdad? Por eso no suelen nombrarse. Por eso no se leen. Por eso no se temen.

¿O hablamos de Yemen, dónde el 80% de la población “necesita ayuda humanitaria para sobrevivir” según la ONU y donde, según Acnur, ” puede producirse la peor hambruna de los últimos cien años”? ¿ No le gusta, amable lector, que le hable de Yemen? ¿Qué la parece Somalia, que vive un conflicto interno que dura ya 30 años? ¿ Y qué opina Irak, dónde la intervención estadounidense produjo, del 2003 al 2006, más de 600,000 muertes?

Qué distantes se ven esos cadáveres. Qué lejos suenan esos fusiles, esa bombas inteligentes, esos cohetes disparados desde submarinos. Qué extranjeros son esos gemidos y qué remotos son los niños que mueren en alguna orilla hostil. Mucho más cercanos nos parecen los miedos actuales de los italianos – tatarabuelos de los D’Onofrio-, esos que se negaron a aceptar a los refugiados de piel oscura y los echaron a la mar de una aduanera patada.

Aterricemos en nuestro proto-país, conato de nación, borrador de proyecto. Aquí sale el señor Vizcarra a decir que estamos listos para enfrentar el desafío. No es cierto. Es mentira. Es analgésico decir eso. Es ridículo repetirlo.

Si nos ocurre lo de Italia, tendremos un problema colosal. Y nadie puede negar que puede ocurrirnos lo de Italia.

¿Tendríamos que escandalizarnos si eso sucede?

Seríamos cínicos si lo hicieramos. ¿Cuántos años hemos perdido mientras nuestros servicios de salud colapsaban, los médicos eran los apestados del salario, los baños de las postas se atoraban, los aparatos clamaban por repuestos. ¿Cuántos años de presupuestos canallas, carencia de propósitos de mediano plazo y déficit en superestructura sanitaria? ¿Cuántos años de compras ladronas, de no-compras, de negocios sucios en el sector salud? ¿Cuántas veces nuestros ministros sectoriales dijeron que las cosa iban a cambiar sabiendo que no tenían dinero para ningún cambio importante?

¿Escandalizarnos? Si el Covid-19 se ensaña con nosotros, pagaremos todas las culpas de cuartomundistas que hemos contraído.

La humanidad está asustada. Un virus la ha puesto a pensar que la vida es frágil y quizá valiosa. Trump cancela los vuelos que salen de Europa. En algún laboratorio gigantesco algunos deben estar calculando a cuánto deberían vender la vacuna contra el Covid-19 y quiénes podrán pagarla. Eso somos.

Hildebrandt en sus trece
Viernes , 13 de Marzo del 2020