Tomado de: Juan Acevedo

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Todo ocurrió de pronto: estalló la guerra. A las 8 de la noche, el presidente apareció en los canales de televisión, con todos sus ministros y algunos presidentes regionales. El gobierno decretó el cierre de todas las fronteras del Perú y anunció que el país entraba en cuarentena. El enemigo estaba entre nosotros aunque no lo podíamos ver, ni siquiera con microscopio, solo con algo que tenía el MINSA y que habían enviado desde Atlanta. El presidente Vizcarra dijo que nadie podía salir de su casa, salvo algunas excepciones vinculadas a la salud (alimentos, salubridad, hospitales, etc.). Del saque dijo que quedaban suspendidos durante 15 días varios derechos constitucionales, como el libre tránsito, la inviolabilidad del domicilio, y más. Estaba serio. Todos los ministros estaban serios, demacrados, con ropas distintas, como si los hubiesen sacado de sus casas, de las que mañana no sé si deberían salir.

Uy, los más pobres, me comentó mi hijo Gabriel, los que dependen de lo que ganan en el día. Pues, sí, y los no tan pobres, pero tampoco ricos, ni de lejos, las meras clases medias, cómo le haríamos. Pero, la guerra es la guerra y tenía que combatirse al enemigo invasor: el coronavirus o Covid-19.

Habíamos vivido una guerra antes, ese tiempo entre el 80 y el 92, cuando Sendero Luminoso se dedicó a matar policías, emboscar a camiones de soldados, a causar apagones, a cortarle el cuello a pobladores que habían dado de comer a los sinchis, marinos, soldados, militares que por su parte también diezmaban a las poblaciones andinas, estudiantes, periodistas… La muerte se enseñoreaba, reía, coqueta, a sus enamorados de uno y otro bando, a los que se había sumado el MRTA. Todo eso fue siendo superado en los noventas, pero dejó una huella horrorosa en las generaciones que lo vivieron, niños y grandes. Entonces la muerte fue desplazada del centro del escenario por la corrupción.

Pero, déjeme de tanta historia y piense en mi caso: mañana, ¿no salgo de casa? ¿Y mis caminatas a las 6 de la mañana por el malecón? Para, no me critiques tan rápido, esto no es poca cosa: soy hipertenso y debo caminar una hora diaria por prescripción médica, le hace bien a mi corazón. Además que respirar aire puro es buenazo contra el coronavirus, y yo camino a buen paso, no toco a nadie, a esa hora somos pocos. El enemigo manca en el aire a las tres horas y en otras superficies a los tres días. Yo estoy a favor de lo esencial del decreto, pero, ¿lo incumplo si salgo a esa hora? No creo, pero, ¿pensarán igual los soldados que estén patrullando las calles? Qué será. Quizás en los días que siguen deban reglamentar con mayores detalles el decreto.

Mañana será un día clave. Cómo afectará esto a los que se ganan el pan con lo que hacen en la calle durante el día. ¿Habrá camiones repartiendo comida o darán plata para comprarla? ¿Se reactivarán las ollas comunes, los clubes de madres? ¿Qué formas asumirá la solidaridad, la creatividad popular, la iniciativa estatal y privada? Guerra es guerra y el enemigo es chiquitito, pero efectivo, letal, se ha bajado a miles de personas en China, Italia, España… Ojalá que aquí lo derrotemos pronto, para eso tenemos que colaborar todos, pensando en nosotros, nos-otros, que si no cuidamos al otro, mancamos todos. Solidaridad o muerte, venceremos.