Fuente: La izquierda diario

En lo que constituye una virtual condena a muerte, en el norte de Italia se analiza no atender a los mayores de 80 años por sus “escasas posibilidades de sobrevivir”. La decadencia de un sistema estructurado desde la pura búsqueda del lucro.

Foto: EFE

 

Este domingo por la noche recibimos una patada en la nuca. Sentados frente a la compu o mirando la pantalla del celular, el golpe tuvo la misma aspereza. No fue la conferencia de prensa del Gobierno argentino, que tenía un final casi cantado. La noticia ocurrió a miles de kilómetros de la residencia de Buenos Aires, en el norte de Italia.

Allí, en la región del Piamonte, las autoridades sanitarias adelantaron una suerte de condena a muerte para los mayores de 80 años. Lo que llaman el “colapso sanitario” imposibilitaría atender a quienes tengan “escasas posibilidades de sobrevivir”.

¿Cómo se determinan esas posibilidades? ¿Quién o quiénes la determinan? ¿Quien define que tan escasas son? La vida y la muerte de las personas queda en manos de una burocracia que, respondiendo a las jerarquías del Estado capitalista, decide sobre la continuidad o la interrupción de un ciclo vital. De muchos. De cientos o miles.

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Pero el “colapso sanitario” no es hecho natural. Es la resultante de un progresivo y constante deterioro de los sistemas de salud. Deterioro impuesto por las políticas de ajuste que se crearon y recrearon desde la crisis de Lehman Brothers, continuando aquella tarea iniciada hace décadas, con el ciclo neoliberal.

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Los Estados que corrieron a salvar a los grandes bancos se quedaron “sin recursos” para atender la salud de millones de personas. Esa opción política impone hoy la espantosa y condenable decisión de quien vive y quien muere.

En la Italia que condena a muerte a los mayores de 80 años, ese colapso parece casi planificado. En la última década, el sistema sanitario perdió 37.000 millones de euros en presupuesto. Perdió, además, decenas de miles de médicos y enfermeros.

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Hace tiempo ya que la vida de los adultos mayores es presentada como una “carga” para las cuentas públicas de los Estados capitalistas. Una ofensiva contra los sistemas jubilatorios recorre el mundo desde hace poco más de un lustro. El incremento de la esperanza de vida funciona como argumento para sacar a relucir recortes, modificaciones y reformas varias. Detrás de las mismas se esconde -aunque no tanto- el eterno reclamo liberal contra el “gasto excesivo” de los Gobiernos.

El apotegma rosaluxemburgiano de “socialismo o barbarie” recobra plena vigencia, se renueva a cada momento. El coronavirus y de la crisis económica nos recuerdan que el capital solo puede ofrecer un mundo de privaciones, miseria y decadencia para la inmensa mayoría del globo.

En su combate a la pandemia, el Estado burgués solo tiene para ofrecer un marasmo que combina el caótico descontrol organizativo con una vigilancia severa sobre las personas. Cuando ese menú fracasa, emerge la barbarie en formas despreciables.

Este lunes una enorme rebelión recorrió el Estado español. Como sus hermanos y hermanas de Italia hace pocos días, la clase obrera de aquel país rechazó ser “carne de matadero”. Su vida se puso por encima de los intereses del gran empresariado, poniendo un un freno a la ilimitada búsqueda de acumular plusvalía.

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Los obreros que hoy se rebelan contra el ansia de riqueza del capital son los adultos mayores del mañana. Con sus rebeliones, aun de manera inicial, muestran un camino para superar el umbral de la decadencia de un sistema que hace miserable a la inmensa mayoría de la humanidad. Que ensombrece el futuro de casi todo ser viviente. En sus manos -y en las manos de la clase trabajadora y los pobres del mundo- está hacer explotar un sistema que solo puede ofrecer muerte y miserias.

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