Fuente: Nexos

Feminismo y antipsiquiatría: las ideas de Bonnie Burstow, por Ana Sofía Rodríguez Everaert

Una recomendación de Moshe Dan Furgang

Ilustración: Kathia Recio

La antipsiquiatría y el feminismo se mezclan en las ideas de la psicoterapeuta canadiense Bonnie Burstow, fallecida recientemente. Este es un breve repaso por la trayectoria de una académica y activista original e incansable.

¿Cómo es que aquellos que quieren aliviar el sufrimiento ajeno acaban portándose de formas tan problemáticas: encerrando, obligando, maltratando? Esta es una de las preguntas que animaron la carrera de Bonnie Burstow, una psicoterapeuta que alegaba que los diagnósticos psiquiátricos y sobre todo los tratamientos como la terapia electroconvulsiva (conocida popularmente como el “electroshock”) eran formas inherentemente violentas para lidiar con el sufrimiento emocional y con efectos secundarios irreversibles. Y lo peor, es que todo ello se producía y reproducía gracias a un engranaje basado en desigualdades de poder.

Burstow, fallecida hace un par de semanas en Toronto siempre sostuvo que una mejor solución era escuchar y aproximarse con compasión al otro. Aunque para hacerlo sistemáticamente había que terminar con el discurso psiquiátrico, una máquina que, según ella, acaba torciendo hasta las mejores voluntades. De ahí su cercanía al movimiento de la antipsiquiatría surgido en la década de los sesenta, con representantes como R. D. Laing, David Cooper, Franco Basaglia, Theodore Lidz y Thomas Szasz, que plantea que las explicaciones biológicas con escasas pruebas, la subjetividad del diagnóstico y la estigmatización de la diferencia hacen de la psiquiatría un instrumento de coerción y de opresión. Esta perspectiva no niega la existencia del sufrimiento mental y emocional, pero se propone encontrar soluciones más comunitarias al mismo, que no resulten en la exclusión y el encierro de la diferencia.

La canadiense llegó a estas conclusiones después de estudiar inglés y educación en la Universidad de Toronto. Su trabajo con personas mayores la llevó a la psicoterapia. Décadas de escuchar testimonios de pacientes y de estudiar los sistemas de salud mental resultaron en su obra más conocida: Psychiatry and The Business of Madness (2005), en donde demuestra los límites curativos y sobre todo éticos del discurso psiquiátrico.

Burstow contaba que al escuchar los problemas de sus pacientes, lo que oía eran reclamos legítimos a un mundo lleno de presiones económicas, sociales y políticas que simplemente habían dejado de sostener. Y eso era mucho peor con las mujeres: “la mayor parte de las reacciones de esas mujeres eran razonables considerando que la sociedad es patriarcal y traumática”. Así, muy pronto empezó a describirse como una terapeuta feminista. Según sus propias palabras, “una terapeuta feminista localiza los problemas más apremiantes de las mujeres menos en ellas, y más en el mundo”, pues repara en la tendencia de la psiquiatría a describir ciertos comportamientos asociados al género como enfermedades. Famosamente, la histeria en el siglo XIX, pero como relata, incluso bien entrada la década de 1970, las prácticas terapéuticas que se suponía que tenía que ejercitar le parecían “directamente opresivas a las mujeres –especialmente todo el asunto de la terapia de familia”. En su experiencia clínica, una y otra vez, “se veía a las madres sacrificarse por el resto del sistema”. Desde una perspectiva que factoriza el trauma, Burstow se dedicó a trabajar con mujeres que se lastimaban a sí mismas, que padecían trastornos de alimentación o habían sido víctimas de abusos sexuales y publicó algunos de sus hallazgos y propuestas en Radical Feminist Therapy (1992).

Pero no era sólo que a las mujeres sufrieran particularmente y se les diagnosticara más, también que los tratamientos que reciben –y sus reacciones a ellos– son diferenciados. Burstow se dedicó muchos años al estudio de la terapia electroconvulsiva y sus efectos concretos en las mujeres, a quienes se les suelen suministrar de dos a tres veces más (a propósito un texto sobre este problema los servicios de salud públicos de la Ciudad de México puede leerse aquí). Algunos de sus hallazgos, sobre todo en cuanto a la pérdida de memoria que padecen las mujeres después de las convulsiones, pueden leerse en este texto publicado en Mad in America. Como parte de su activismo, creó la Coalición contra el Asalto Psiquiátrico en 2003 y en 2010 presentó a la legislación de Ontario un proyecto de ley para eliminar el financiamiento público de la terapia electroconvulsiva. Si bien el proyecto no fue aprobado, dejó un precedente importante.

En su trabajo como investigadora del Instituto de Estudios en Educación de la Universidad de Ontario promovió ampliamente la historia y filosofía de las visiones críticas a la psiquiatría, el abolicionismo carcelario, el cuidado de adultos mayores, las aproximaciones feministas al campo de la terapia, entre otros. La canadiense remarcaba que la antipsiquiatría debía ser tanto una posición política como un dominio académico y es por eso que en 2016 estableció la primera beca de investigación dedicada exclusivamente al estudio de la misma con el propósito de contrarrestar la tendencia de la investigación financiada por las farmacéuticas y apoyar un campo de estudio en el que “por desgracia los estudiantes tienen menos posibilidades de recibir becas que sus pares”.

Esto lo explicó en un artículo en el periódico de la Universidad de Toronto en el que se defendía de las múltiples críticas de sus colegas a la iniciativa, pues la antipsiquiatría está lejos de ser considerada como un campo serio por considerarse que “niega las enfermedades psiquiátricas”. Incluso, en el obituario que el New York Times dedicó a Burstow hace unos días, reproduce parte de una entrevista al historiador médico Edward Shorter quien recordó la beca y dijo que la universidad había cometido un error otorgándole este tipo de legitimación al movimiento. Sin embargo, estudiantes de la universidad apreciaron la oportunidad de poder investigar sin el constreñimiento del lenguaje e intereses médicos y describen la beca como “revolucionaria”.

Y esto continúa: en mayo de 2018 Burstow anunció que había acordado con las universidades de York y Ryerson de establecer becas con el mismo propósito tras su fallecimiento. Se trata de universidades con mucha investigación en el área de Mad Studies que están ayudando a ampliar el panorama sobre la salud y la enfermedad mental. En este texto cuenta también los prejuicios y obstáculos institucionales a los que se enfrentó para que su propuesta fuera tomada en serio y la manera de resolverlos, con la intención de que el ejercicio se reproduzca en otros lugares.

La obra de Burstow habla por sí misma. Más allá de la dimensión biológica que puedan tener los padecimientos psicosociales, el énfasis que hace la autora en los elementos de coerción de la psiquiatría deben ser atendidos. Y para lograrlo, ella plantea salir de esta lógica disciplinar hacia algo más parecido al trabajo social, que sí  “asocia a las personas con algún lugar de la sociedad”.

Para Bonnie Burstow un mejor cuidado a las personas que sufren emocional y mentalmente estaría en una combinación de respuestas a las dudas  con las que acabó su texto en defensa de la beca de la Universidad de Toronto:

Déjame preguntarte lector: ¿estás a favor de la ciencia y los descubrimientos honestos? ¿Quieres ir hacia donde apunta la evidencia? ¿Priorizas la búsqueda de la verdad por sobre los intereses monetarios? ¿Crees en la libertad académica? ¿Son los derechos humanos básicos parte de tu preocupación? ¿Te gustaría ver la investigación del lado de los oprimidos? ¿Te gustaría que las próximas generaciones no fueran lastimadas en nombre de la asistencia?

Ana Sofía Rodríguez
Editora de (Dis)capacidades.

 

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