Tomado de: Bloghemia

 jueves, enero 23, 2020
Texto del filósofo y sociólogo Jean Baudrillard, sobre los medios de comunicación actuales y su influencia en la sociedad.

Ilustración: John Holcroft
Por Jean Baudrillard

Conocemos lo que la pantalla de nuestros televisores nos muestra y el eco mediático, periodístico de la miseria, la muerte o la guerra. Todo lo que percibimos es información reflejada en una pantalla. Pero la pantalla es una barrera. Las imágenes que vemos en ella no nos afectan verdaderamente porque no se trata de una verdadera representación, sino de información.

A través de las imágenes no se produce una sensibilización, como algunos creen, sino que, pese a disponer de toda la información del mundo, como nos es imposible hacernos cargo de ella, al final lo único que vemos son imágenes y las tratamos como tales: un elemento superficial sobre el que no tenemos responsabilidad alguna.

Los comportamientos se habrían vuelto incluso menos solidarios que antes porque, aunque sepamos todo de todos, los sufrimientos acaban neutralizándose entre sí y la irresponsabilidad sobre los mismos se vuelve total. Participamos de todo lo que ocurre pero sólo de forma abstracta, de manera virtual. Susan Sontag sostiene –y así lo expuso en un debate en torno a esta problemática en el que ambos participamos–, sobre todo en su último libro acerca de la Guerra de Irak, que las fotografías y los reportajes periodísticos son muy necesarios, que ayudan a sensibilizar, a movilizar. No estoy de acuerdo en absoluto.

A mi modo de ver, este juicio, aunque cargado de buenas intenciones, es un error. La misma Susan Sontag contaba en otro libro una historia bastante sintomática: en cierta ocasión estuvo viendo con otra gente la retransmisión televisiva de la llegada de los cosmonautas a la Luna. Sus acompañantes comentaban que no se creían mucho aquella historia de naves espaciales y que pensaban que, en el fondo, nada de lo que veían estaba sucediendo de verdad. Cuando ella les preguntó qué era entonces lo que pensaban que estaban viendo, le contestaron: «¿Nosotros? La televisión». Es decir, no estaban observando lo real, sino la pantalla del televisor. Como quien señala la Luna con el dedo y mira el dedo en vez de ver la Luna. Es preciso tener en cuenta todo esto.

Entre una realidad que se ha vuelto prácticamente inaccesible y nuestra realidad se ha interpuesto una especie de mediasfera –o como se la quiera denominar–, de suerte que ya no nos ocupamos de la realidad, sino de la información.

La deontología de los medios de comunicación dice que la información da cuenta de la realidad, lo cual es completamente falso. Se trata de otra operación, que no es exactamente una manipulación –porque no se trata de algo deliberado–, sino una mutación,una conmutación que es la fuente de todos los poderes: porque esta información, esas pantallas, los medios de comunicación, nos mantienen definitivamente alejados de la realidad. Nos hacen permanecer en el reino de lo virtual, donde somos los reyes todopoderosos y sabemos todo cuanto queramos saber pero, mientras tanto, la realidad se evapora, desaparece por el horizonte de la pantalla.

En términos un poco más filosóficos, cabría decir que ya no estamos en el sistema de la representación, en el estadio del espejo. Porque la representación permite una verdadera percepción de las cosas y, así, la emisión de un juicio sobre las mismas y, por ende, la acción. Pero cuando ya no hay representación, cuando el estadio de la pantalla ha sustituido al del espejo, ya no cabe la posibilidad de emitir juicios y, por consiguiente, tampoco puede tener lugar una respuesta frente a lo que nos transmite la información. Por lo tanto, nos volvemos irresponsables.

Reconozco que este análisis también es, a su vez, un tanto virtual y que he llevado las cosas al extremo, porque todavía no hemos llegado a ese punto de entropía y aún se puede reaccionar ante lo que ocurre. Lo cierto es que es preciso no engañarse con respecto a la información. Ésta no es una mediación, no es medium de nada, no transmite de verdad. Es algo inmediato, instantáneo y sin consecuencias. Algo que pasa, que se contempla. Es, por supuesto, el espectáculo.

Y lo espectacular nos lleva a una suerte de esquizofrenia.

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