Fuente: Construcción e Industria – CAPECO


Foto: CAPECO

El año 2019 será un año inolvidable para el deporte en el Perú. Dos grandes eventos marcarán por largo tiempo el espíritu de los peruanos: la Copa América que se llevó a cabo en Brasil y los Juegos Panamericanos celebrados en Lima. Para un país al que el éxito deportivo le ha sido constantemente esquivo, llegar a la final del torneo de fútbol más importante de la región y batir un récord en medallas doradas, plateadas y bronceadas en los Panamericanos, es un logro sin precedentes pero no casual, sino atribuible a buenas razones.

Cuando la ciudad de Lima se postuló para realizar los Juegos Panamericanos, algunos fuimos escépticos. Muchos pensaron que no acabaríamos a tiempo las obras, pero otros temíamos algo peor: ser anfitriones y no dar la talla en los deportes, no obtener medallas, pues el plazo para formar deportistas de élite parecía corto. El esfuerzo y la disciplina de nuestros campeones nos tapó la boca, nos mostró que hay una generación de peruanos que saben que el triunfo es posible, que pueden vencer y van a dar lo mejor de sí mismos para subirse al podio, escuchar su himno, saludar a sus padres que los miran con orgullo. Esta generación de peruanos es la generación del 93. En los Juegos Panamericanos de Lima 2019, el Perú obtuvo 39 medallas, conseguidas por 46 deportistas. El 75% de ellos tienen edades entre 22 y 31 años, siendo el promedio general 26 años, lo que significa que el año promedio de nacimiento es 1993, que marcó al Perú para siempre.

Los números son parecidos para el caso de los futbolistas peruanos que llegaron a la final de la Copa América en Brasil; de los 23 convocados solo dos escapan al periodo de análisis, Guerrero y Farfán, que nacieron en 1984. Los demás pertenecen a la generación del 93.

Desde principios de los años 90, sobre la base de las libertades de empresa, de contratar, de trabajar, de disponer de divisas extranjeras, entre otras cosas, nuestro país fue generando pequeños cambios que, acompañados por el triunfo sobre la violencia terrorista, generaron un círculo virtuoso de oportunidades, condiciones y herramientas para el desarrollo de distintas actividades que solo unos años antes resultaban inimaginables.

Apoyados por la libertad de elegir si ser arquitecto, médico, cocinero o tenista, los jóvenes que pertenecen a la generación del 93 han vivido en un país con oportunidades. En los ochenta, de poco servía tener condiciones y vocación para ser deportista o ingeniero, no habían casi competencias, ni trabajos atractivos. El ejercicio de la libertad de elegir supone que haya algo para escoger y eso lo han brindado incansablemente el mercado, la iniciativa privada, el emprendimiento peruano y el poder económico de nuestro país que, desde 1993, hizo crecer en más de cinco veces el tamaño de su economía, que sacó a millones de personas de la pobreza y que desplazó al populismo repartidor de miseria y lo reemplazó con oportunidades bajo un lema inspirador: “Sí se puede”.

A principios de los años 90, también en CAPECO se comenzaron a plantear ideas distintas para desarrollar una oferta inmobiliaria formal que permitiera que las personas hicieran uso de su libertad de elegir para determinar si compraban un departamento en primer piso o en el quinto, si mirando a la calle o hacia adentro, si en un barrio o en otro. A pesar de que la mayoría de asociados en ese entonces eran contratistas de obras públicas y que la forma de hacer vivienda era construir por encargo del Estado, pese a que a algunos “no les convenía” este nuevo modelo, quienes dirigían la Cámara en ese entonces miraron mas allá y propusieron al Gobierno subsidiar la demanda para ayudar a las familias a tomar créditos hipotecarios, del mismo modo que se hacía ya en Chile o en España.

En 1995, con la finalidad de mostrar al Presidente de la República la realidad del sector de edificaciones formales en Lima, CAPECO desarrolló el I Estudio de Edificaciones de Lima y Callao. La realidad que las posteriores ediciones del estudio mostraron llevaron al Gobierno a crear en 1998 el Fondo Mivivienda, el mismo que algunos años después, en el 2003, comenzó a funcionar y se convirtió en la chispa que hizo explotar un sector casi abandonado. En el año 2000 no se contruían mas de 2,000 viviendas formalmente en Lima.

Del mismo modo que en 1995, hoy este Consejo Directivo asume los retos de nuestro tiempo. Casi veinticinco años después, ya no es suficiente construir viviendas, sino desarrollar ciudades y territorios de modo que no genere injusticias sino más bien que promueva el sentido de pertenencia, de orgullo, de amor propio, de integración, sentimientos que sin duda ha provocado la gastronomía peruana. No es posible que la riqueza y las fuentes de trabajo se ubiquen lejos de donde viven las personas; no solo se trata de acercar a la gente sino también de acercarles la riqueza y el desarrollo. Por ejemplo, en el mediano plazo se desarrollará el Puerto de Chancay y será el más importante de la costa peruana ¿cómo se desarrollará el territorio que lo rodea? ¿quién asumirá los costos y quién obtendrá sus beneficios? ¿vamos a dejar que se invada o se subdivida al capricho de los dueños del suelo o vamos por fin a hacer ciudad que permita un desarrollo como el de Corea y Singapur, países que tanto admiramos?

El segundo desafío es el de fortalecer las instituciones públicas que están a cargo de la normativa y la regulación nacional; quien hace las normas urbanísticas diseña las ciudades y define lo que se va a construir, no depende de la voluntad de los constructores, por eso la importancia de fortalecer la capacidad de regulación del Estado y a su vez simplificarla. Es una locura total que Lima y Callao tengan 50 alcaldes que deciden, cada uno por su lado, en qué condiciones se desarrolla y construye en su distrito. Esto es fuente de injusticias y de corrupción. Es mucho mejor tener una buena oficina de planificación y gestión metropolitanas que articule la ciudad con las provincias aledañas, que depender del humor de 50 señores feudales que interpretan la ley a su antojo y anulan licencias porque “los vecinos no quieren”. En lugar de tener a cientos de comunidades campesinas, a la SBN, a las Fuerzas Armadas y distintos ministerios controlando las tierras aprovechables para el desarrollo de nuestras ciudades, es mejor tener una sola empresa pública de suelo urbano.

Quien hace las normas de financiamiento determina el esfuerzo que tendrá que realizar cada familia para adquirir su vivienda. Hoy, a contracorriente con la reducción del tamaño de las viviendas estamos viendo la extensión de los plazos de pago de los créditos hipotecarios. Llevar estos préstamos a 25 años para adquirir viviendas cada vez más pequeñas y que quedan menos tiempo en manos de las familias, no les permite formar patrimonio. Sino miremos el ejemplo de Chile, donde las personas llegan a jubilarse y siguen obligados a trabajar, no solo porque su pensión de AFP no les alcanza, sino porque pasaron los 65 años y aún tienen crédito hipotecario. La pregunta no es si las viviendas son más caras o más baratas, sino cual es la calidad que buscamos y cuál queremos que sea el destino de nuestros hogares de clase media, si queremos que lleguen a la edad de jubilación con casa propia totalmente pagada o llenos de deudas. En ese sentido, es llamativo que mientras la economía del Perú crece a tasas cada vez más bajas, las utilidades de todos los bancos del país batan récords año tras año.

En resumen, en términos inmobiliarios, el Perú de hoy, que va derrotando a la pobreza enfrenta dos grandes desafíos. Uno, ganar la batalla a las mafias de informalidad llevando ciudades y viviendas formales. Dos, mejorar la calidad de las viviendas de la clase media y permitirles generar riqueza, patrimonio, garantías para su futuro.

A pesar de lo mucho que ayudaron las libertades económicas al progreso del Perú, hoy esa forma de llevar la economía en el país está siendo cuestionada. La generación del 93 sabe que el esfuerzo se recompensa, que el trabajo permite el progreso y que el emprendimiento tiene premio. Si los peruanos hemos sido capaces de desarrollar infraestructura deportiva de primer mundo como la de los Panamericanos, no hay ninguna razón para no poder hacer ciudades del primer mundo, más formales y humanas, más justas. Ese es el compromiso que sigue guiando a la Cámara Peruana de la Construcción.

Humberto Martínez Díaz

Presidente

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