Fuente: Clarín

En esta entrevista, la mítica activista rememora momentos de lucha por los derechos en EE.UU. y ve un presente duro para lograr cambios.


Silvia Federici presentó en Buenos Aires su libro que registra momentos de luchas internacionales. Foto: Fernando de la Orden

Eran fáciles, rápidos de hacer y servían para transmitir el mensaje. Eran montones de fotocopias que mostraban collages, dibujos recortados, letras de todos los formatos ¿Qué decían? “No podemos permitirnos trabajar por amor”. Era 1973 en Nueva York y quienes repartían los volantes eran las integrantes del Colectivo Salario para el Trabajo Doméstico. Intentaban abrir así la discusión sobre esa tarea invisibilizada que a lo largo de la historia habían hecho millones de mujeres para asistir a la fuerza de trabajo que iba a las fábricas, a las oficinas, etc, para sostener el sistema de trabajo en el mundo capitalista. La cuestión de la reproducción, como la filósofa italiana Silvia Federici denomina. Volantes, fotos, panfletos, participaciones en congresos, materiales de discusión, todo eso, estaba guardado en una caja que la pensadora conservó por décadas. Hoy, reunido en Salario para el trabajo doméstico(compilado junto con Arlen Austin y editado por Tinta limón y Traficantes de sueños). La autora –de visita en Buenos Aires– de Calibán y la bruja habla de aquellos años con una tranquilidad luminosa.

–¿Cómo fue el reencuentro con esos documentos? ¿Qué pasa cuando se publican luego de tantos años?

Silvia Federici.
Foto: Fernando de la Orden

Silvia Federici. Foto: Fernando de la Orden

–Este es un libro que muestra lo que hemos hecho, la organización, las actividades en los años 70. Da una idea general no solo de la teoría sino de cómo se puede traducir en práctica. El reencuentro fue una ocasión para repensar esta lucha, lo que hemos dicho, qué significa hoy, qué significó entonces. Me ha permitido recomprender cómo los primeros años setenta, con la campaña por el salario del trabajo doméstico, son importantes todavía para el presente.

–Tiene muchos planteos actuales, desde la desigualdad en el mundo del trabajo hasta las discusiones por el sistema de salud o las discusiones entre la integración de los hombres o no en los debates del feminismo. ¿A usted también la sorprende esa actualidad?

–Me sorprende pero no completamente. Muchas de las problemáticas que nosotras descubrimos quedan todavía abiertas. Hoy muchísimas mujeres han salido de sus casas para trabajar. En realidad, siempre en toda la historia del capitalismo, hubo muchas mujeres que, por ejemplo, no tenían una pareja, un varón con un trabajo seguro, y salían de sus casas para hacer tareas como trabajadoras del hogar. Hoy, el 70 % de las mujeres en los EE.UU., un poco menos en Europa, y muchas con niños muy bebés, salen de sus casas porque el salario masculino ha fracasado, porque no viven en familias tradicionales, o quieren más autonomía. Todavía la cuestión de la reproducción es fundamental. Hay mujeres que tienen trabajos, recursos, ¿y qué pasa? Emplean a mujeres, en su mayoría migrantes, que hacen el trabajo doméstico. Las migrantes entonces hacen eso en sus casas los domingos, o en la noche, o directamente reducen el trabajo doméstico y eso trae consecuencias muy fuertes que se notan en la vida de los niños, de los mayores.

–¿Qué tipo de consecuencias?

Se habla de muchísimos niños que vuelven de la escuela a casas donde no hay mamá y papá, en las que la familia se junta una vez por semana, porque él trabaja a la noche, ella de día, y no se cocina, se compra comida rápida. Hay mujeres que pasan toda su vida trabajando. Los mayores viven en un aislamiento terrible, con menos cuidado. En el mismo momento que, a nivel global, las mujeres salen de la casa para buscar un trabajo asalariado, el Estado corta los subsidios a la reproducción, el cuidado, el transporte barato. El neoliberalismo ¿no? Hablan de que el mercado se va a encargar. Con un salario miserable la mujer debe pagar todo: el transporte, la comida, todo lo que una vez el Estado supo cuidar.

Silvia Federici.
Foto: Fernando de la Orden
Silvia Federici. Foto: Fernando de la Orden

–Esas infancias solitarias, esos mayores desprotegidos ¿Este es un escenario nuevo?

–Sí. El trabajo de las mujeres en las casas, el trabajo de reproducción, no ha sido reemplazado. Al contrario. Este es el drama: Hay mujeres migrantes, y eso ya de por sí es una tragedia, que dejan a sus hijos en sus países y se crean nuevas divisiones entre las mujeres y esa no es una solución. Y hay otra realidad social entre esas mujeres: se encuentran en una vida de continuo trabajo porque uno muchas veces no alcanza y el Estado corta la inversión social en nombre de la austeridad. Estamos entre dos fuegos. Y por eso muchísimas mujeres toman antidepresivos, se incrementan los suicidios, aumentan las enfermedades, y crece la ansiedad. Y, además, crece la deuda.

–¿Cuál deuda? ¿La privada o la que toma el Estado, como en la Argentina?

–Yo comparto la visión de las compañeras que dicen: “Lo llaman desarrollo. Lo llamamos violencia”. Es importante ver que en esta fase del capitalismo hay dos deudas, y que esas dos deudas se suman a la vida de las personas. Y principalmente a la vida de las mujeres. Porque está la deuda nacional que impacta en la vida de la gente porque se desvaloriza la moneda, etc, etc, y sirve para una política de empobrecimiento. Y después está la deuda individual, para poder pagar la comida, el gas. En EE.UU. lo que vemos hoy es que las más endeudadas son las mujeres que trabajan fuera de la casa. Que buscan salarios mal pagos y el salario les permite pedir un préstamo. Hay compañías, empresas, que se han formado solamente para explotar el nuevo empleo de las mujeres. Se llaman Pay day long; son compañías que te dan un préstamo el día de la paga que no terminás de pagar así que trabajás más y más y te endeudás más. Yo no estoy de acuerdo en eso que dice la ONU de que las mujeres nos hemos emancipado. Se trata de una vida donde no hay tiempo y con generaciones que se están formando solas.

–Decís que la salud es una utopía ¿Cómo podemos pensar el vínculo con la naturaleza en ese aspecto?

–Cuando se envenena el aire, el agua, la comida, se envenena el cuerpo. Nuestro cuerpo es parte de la tierra. En un lugar como Neuquén donde estuve en este viaje se puede ver muy bien cómo se destruye la riqueza natural y cómo sube el número de enfermedades. En algunos lugares más, en otros menos. Se vive una situación de ansiedad por el futuro, de infelicidad, y lo que la institución médica llama salud es algo muy limitado, un servicio para que podamos seguir trabajando, no para que disfrutemos de un bienestar real.

–¿Cómo se busca y se consigue el cambio real?

–En EE.UU., las trabajadoras domésticas se juntaban por etnias durante años, pero ese movimiento creció, empezaron a comprender la lengua y ahora han creado una organización multinacional. Es un trabajo de uno a uno, pero cuando se es parte de una fuerte organización, con una ley que te da cierta protección, que te reconoce como trabajadora, es importante, entonces cuando tienes la solidaridad de otras mujeres, eso te da más fuerza. Y eso ha hecho que hoy las organizaciones de mujeres trabajadoras estén presentes en los movimientos, en las manifestaciones por el clima, por los migrantes. Ellas han puesto en estos años sobre la mesa la cuestión de la reproducción, diciendo “Sin nosotras nada se mueve”. Ellas siguen poniendo la cuestión del trabajo de reproducción como pilar. Para mí, la solución es un movimiento fuerte, amplio que reúna a las que trabajan con paga, para cambiar la forma de la reproducción social y empezar un frente amplio que pueda enfrentar al Estado.

–¿Cómo manejar, en ese frente tan amplio, los intentos de cooptación del establishment?¿Qué hacer con eso?

–La cooptación siempre se cumple a través de reformas y de concesiones que se pagan, que privilegian solo a un grupo. Es muy importante ver el proceso de negociación, saber distinguir cuáles son los tipos de reformas, de ganancias, que cambian la posición de todas, que empoderan a todas, y las que solo dan algunos privilegios que al final se pagan. Esto es, creo, el reto organizativo más importante hoy. La decisión de cuál estrategia adoptar. Se trata de comprender que hay reformas y reformas. Hay reformas que te cooptan, y hay otras reformas que amplían tu capacidad de luchar.

 

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