Fuente: La República

“El malestar de las mayorías despierta las formas más extremas de discriminación, desprecio y odio, de parte de las minorías”.

 En las últimas décadas, el Perú ha seguido el mismo rumbo que Chile. Nuestro vecino del sur ha sido considerado como un ejemplo de buen alumno, al que hay que emular e imitar. Por lo mismo, cabe preguntarse si el vendaval que hoy sacude a Chile podría repetirse en algún momento en el Perú.

En lo que hay un acuerdo general es en que tal revuelta, como otras, resultan un efecto de la desigualdad, el abuso y la corrupción. Como alguien dijo, a los chilenos se les prometió el paraíso, pero se encontraron con que las puertas del paraíso estaban cerradas para la mayoría.

Hay que ubicar lo de Chile en el marco del siglo XXI. A diferencia del anterior, este siglo no nace signado tanto por la guerra o la pobreza, como por la desigualdad.

Así lo indican las cifras: hubo 65,000 muertos en batallas interestatales en 1950 frente a 20,000 en el 2017. El siglo XXI contrasta, hasta ahora, con el siglo XX, que fue el siglo de las guerras calientes más sangrientas y prolongadas; y de las guerras frías más destructivas.

La desigualdad es aderezada con la falta de movilidad social, el abuso y la corrupción. Todo junto lleva a la desconfianza generalizada en la democracia realmente existente. Cada vez menos gente cree en los políticos, sus discusiones y sus intercambios de agresiones. Y cada vez votan menos jóvenes, ahí donde el voto es voluntario.

Nunca había habido tan grave y extendido divorcio entre políticos y ciudadanos. Aunque desde Maquiavelo, y aún antes, desde la reforma agraria de los hermanos Graco, en la Roma del siglo II a. C., sabemos que el orden republicano solo puede fundarse sobre cierto límite a las desigualdades.

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