Fuente: Clarín

Una crítica política contra el reciente Nobel de Literatura, Peter Handke

Buen lector de la obra del premio Nobel austríaco Peter Handke, el autor condena la decisión de la Academia sueca, por subestimar la gravedad de su compromiso con el criminal Milosevic, responsable de la masacre en Bosnia.


Handke. La Academia defendió el premio 2019 ante la indignación de varios, entre ellos, Slavoj Žižek.

En mi vida anterior en Sarajevo, Bosnia y Herzegovina, leí los libros del escritor austríaco Peter Handke, quedé placenteramente desconcertado por sus obras de teatro y vi las películas de las que fue guionista. Me gustó mucho la vacuidad resplandeciente de su novela El miedo del arquero ante el tiro penal. Amé la belleza de la obra maestra de Wim Wenders Las alas del deseo, en la que colaboró Handke. A fines de los 80, yo estaba dedicado a la búsqueda de lo inteligente y lo cool. Handke parecía no solo inteligente y cool sino también un escritor que ampliaba las fronteras de la literatura.

Sin embargo, las cosas cambiaron para Handke y para mí en 1991, cuando Eslovenia y Croacia se separaron de Yugoslavia, de la que formaban parte. El Ejército Popular Yugoslavo, que respondía a Slobodan Milosevic, presidente de Serbia, libró una breve guerra en Eslovenia y luego una más larga y mucho más sangrienta en Croacia, arrasando ciudades y cometiendo atrocidades.

No queriendo permanecer en Yugoslavia, la mayoría de los habitantes de Bosnia y Herzegovina decidieron en un referéndum en 1991 declarar la independencia. Milosevic se abalanzó sobre las naciones que conformaban la federación. Su ambición nacionalista de crear una “Gran Serbia” demandó una operación genocida contra los musulmanes bosnios. Radovan Karadzic, uno de los representantes de Milosevic en Bosnia, llevó a cabo una campaña de “limpieza étnica” que incluyó violaciones y asesinatos, expulsiones masivas, campos de concentración y asedio.

En julio de 1995, los serbios entraron en Srebrenica, una ciudad del este de Bosnia que había sido declarada zona segura y que supuestamente estaba protegida por un batallón holandés bajo la bandera de Naciones Unidas. El general Ratko Mladic, comandante del Ejército Serbio Bosnio, estuvo allí para festejar la toma de Srebrenica. Declaró que era la victoria más reciente en la guerra de 500 años contra “los turcos” –término racista para designar a los musulmanes bosnios–. Días después, los soldados de Mladic asesinaron a unos 8.000 musulmanes bosnios y los enterraron en tumbas colectivas anónimas. No recuerdo cómo ni cuándo oí que Handke, cuya madre era de Eslovenia, había decidido que las verdaderas víctimas de la guerra en Yugoslavia eran los serbios y que los gobiernos y los periodistas occidentales mentían sobre ellos por odio. Puede que mi primera reacción fuera la incredulidad. Handke insistía en que el número de bosnios asesinados había sido muy exagerado y que los serbios estaban sufriendo como los judíos bajo los nazis. Poco después de que terminara la guerra en 1996, publicó un libro titulado Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina o Justicia para Serbia. Descubrió una especie de pureza que tenía 2.000 años de antigüedad en Serbia y la Republika Srpska (la entidad serbia étnicamente purificada de Bosnia, creada como parte de los Acuerdos de Paz de Dayton) y llegó a creer que la verdadera Europa pervivía solo allí.

A Milosevic le agradaba tanto Handke que le otorgó la Orden del Caballero Serbio por su compromiso con la causa serbia. Incluso después que enorme cantidad de pruebas de los crímenes serbios en Croacia y Bosnia (y después de 1999, en Kosovo) llevaron a que Milosevic y sus delegados fueran detenidos y procesados tras de la guerra, el apoyo de Handke al carnicero de los Balcanes siguió impertérrito.

Milosevic lo convocó como testigo en su juicio en La Haya, pero Handke cortésmente rechazó el ofrecimiento, aunque asistió al juicio más de una vez. Tras la muerte de Milosevic, en 2006, Handke habló en su funeral ante un público de 20.000 patriotas dolientes. En Belgrado, a Handke se lo considera “el amigo que los serbios no tuvieron que comprar”. Fuera de las tierras de pureza serbia y la cabeza de Handke, la responsabilidad de Milosevic y sus subordinados se determinó fuera de toda duda: Karadzic y Mladic fueron sentenciados a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra y genocidio.

Uno podría pensar que esos crímenes ahora se han convertido en historia innegable, pero los bosnios aprendieron a los golpes que “¡Nunca más!” en general quiere decir “¡Nunca más hasta la próxima vez!” A menudo nos encontramos con personas que no saben, no se preocupan por saber o niegan lo que ocurrió en Bosnia y de quién fue la responsabilidad.

Cualquier sobreviviente de un genocidio nos dirá que no creer o desestimar su experiencia es una continuación del genocidio. El negador del genocidio es un apologista del próximo genocidio. Los delirios de Handke quizá podrían estar relacionados con su estética literaria, su desconfianza del lenguaje y la capacidad de este para representar la verdad, lo que en última instancia lleva a la postura de que todo es igualmente verdadero o falso. Pero aun cuando se pudiera explicar el descarrío moral de Handke por su escepticismo intelectual o su sentimentalización acrítica de los Balcanes, enraizada en su historia familiar, es difícil entender qué podría haberlo llevado a venerar a un monstruo como Milosevic. Un gris apparatchik cuya ambición estaba a la par de su crueldad, Milosevic dependía de la maquinaria opresiva de su servicio secreto y los paramilitares. Convirtió a Serbia en una cleptocracia adicta a la guerra, arruinó su economía, perdió todas las guerras que libró y fue depuesto por su propio pueblo en 2000. Para Handke, fue “un hombre algo trágico” que hizo lo que cualquiera habría hecho en su cargo.

No he podido leer la obra de Handke desde que se dedicó a la causa perdida de Milosevic y Serbia. Por ser bosnio, no soy tan europeo como los sabios suecos del Comité del Nobel que le otorgaron el Premio Nobel de Literatura. La política de Handke invalidó irreversiblemente su estética, su veneración de Milosevic invalidó su ética. En el entierro de Milosevic, dijo: “El mundo, el así llamado mundo, sabe todo sobre Yugoslavia, Serbia. El mundo, el así llamado mundo, sabe todo sobre Slobodan Milosevic. El así llamado mundo sabe la verdad…”.

Evidentemente, no saber la verdad sobre Milosevic y el genocidio no fue un problema para el Comité del Nobel, al que Alfred Nobel le encomendó recompensar a “la persona que haya producido en el campo de la literatura la obra más sobresaliente en una dirección ideal”. Quizá el Comité del Nobel está tan comprometido con la preservación de la civilización occidental que para él una página de Handke vale un millar de vidas musulmanas. O podría ser que, en los salones de Estocolmo, el angustiado arquero de Handke sea más real que una mujer de Srebrenica. La elección de Handke implica un concepto de la literatura a salvo de las infelicidades de la historia y las realidades de la vida y la muerte humanas. La guerra y el genocidio, Milosevic y Srebrenica, el valor de las palabras y acciones de un escritor en este momento de la historia podrían ser de interés para la plebe sometida al asesinato y el desplazamiento, pero no para quienes pueden apreciar “el ingenio lingüístico”. Para ellos el genocidio va y viene, pero la literatura es para siempre. En medio de una epidemia mundial de islamofobia y nacionalismo blanco, el Premio Nobel de Handke ha validado una estética despreocupada de la decencia. Handke es el Bob Dylan de los apologistas del genocidio. El Comité del Nobel nos ha demostrado que sabe poco de literatura y de su verdadero lugar en este así llamado mundo.

© The New York Times.
Traducción: Elisa Carnelli

*Escritor de origen bosnio. Enseña en Princeton y es autor, entre otros, de “El libro de mis vidas”.

 

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