Tomado de: Rodrigo Núñez Carvallo

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uno
Alan García quiere conversar con algunos escritores y artistas, me contó Guillermo. Armando Villanueva me ha invitado a conocerlo. ¿No quieres venir? Una curiosidad malsana me hizo aceptar la oferta en el acto. Un escritor debe conocer el poder por dentro, me dije cuando me enfundé mi saco azul y partí con Guillermo en un taxi rumbo a Palacio.
En el camino recordé mis vínculos con el poder. A los seis años me cargó un futuro presidente en el aeropuerto de Limatambo porque le grité ¡Viva Belaunde! No sé cómo lo reconocí, aunque por aquella época ya leía periódicos. A Velasco jamás lo vi en vivo y en directo, pero fui parte de la multitudinaria procesión que llevó su cadáver rumbo al cementerio. A su sucesor, Morales Bermúdez lo fotografié entrando al hotel Crillón el mismo día que dio el golpe en Tacna y apagó la revolución. Al gris Fujimori nunca me interesó conocerlo, Paniagua estuvo muy poco tiempo de presidente y Toledo más allá de la marcha de los cuatro suyos y cierto arrojo, era un tipo despreciable. Pero de Alan me daba curiosidad el aura de caballo loco que lo acompañaba. Parecía un personaje shakesperiano y ahora lo vería tras su sorprendente vuelta a la presidencia. No hacía sino semanas que se había acomodado de nuevo la banda y el bastón de mando.
Entramos por la puerta lateral, dimos nuestros nombres y apenas si nos pidieron alguna identificación. Una anfitriona nos condujo por pasillos y salones de un espantoso mal gusto. El peor era uno de marmolina rosada donde se estacionaban dos calesas huachafísimas, como símbolo de nuestro pasado colonial y nuestra debilidad republicana. El pastiche se hizo yeso y pan de oro cuando aguaité el salón dorado tras una puerta semiabierta. Luego recuerdo haber cruzado unos fríos pasadizos rumbo a la residencia presidencial. Pero en lugar de conducirnos a un comedor palaciego, terminamos instalados en una salita desangelada y austera, donde solo cabían un par de sillones y unas cuantas sillas. Ni un florero ni una alfombra alumbraban el lugar. A lo más una mampara con unos visillos ajados, y unas cortinas quemadas por el tiempo. El anciano e histórico Armando Villanueva se irguió con dificultad para recibirnos y saludamos a los presentes: algunos intelectuales apristas, que no sé si los hay, un par de periodistas amigos y la figura magra y ágil de Yehude, que parecía conocer muy bien los entresijos de Palacio.
Llegaron los mozos con los primeros piscos sours. Elevamos las copas y Armando nos pidió que dispensáramos la tardanza del presidente, dada su apretada agenda. El murmullo del aburrimiento abrió paso a la exaltación alcohólica y los minutos corrieron raudos y caóticos. En algún momento opté por levantarme de la silla y escapar de la conversación que Armando Villanueva tenía con Guillermo, alrededor del cercano parentesco de mi amigo con Haya de la Torre. La genealogía ajena es muy aburrida pensé mientras miré por las ventanas que daban a un desolado patio interior. Llegó otra ronda de piscos y los ánimos se dispararon. Me acerqué a Yehude, por entonces gobernador regional de Lambayeque, y le pregunté por el motivo de su presencia con cierta desfachatez. Estoy coordinando con el presidente la firma del contrato de Olmos con Odebrecht, respondió. Desviaremos las aguas del rio Huancabamba hacia la costa y se irrigarán 40 mil hectáreas de tierras que hoy son estériles, explicó. Luego fue llamado por un ujier y desapareció. A través de la mampara por donde ingresó, algo pude divisar de la gran sala privada de la residencia que remataba en una escalera de mármol de tramos curvados.
Me volví a sentar al lado de Armando Villanueva que ya frisaba los noventa años y no era ni la sombra del recio dirigente aprista de otras épocas. La circulación cerebral le fallaba y las ideas huían de su pesada cabeza. Hemos llegado por segunda vez al poder con un Alan modernizado y hará la segunda revolución democrática, dijo con gratitud. Es la hora de los trabajadores manuales e intelectuales, proclamaba. De un antimperialismo de nuevo cuño. Pasaba de tema en tema, más pendiente de la anécdota y el tópico que de la reflexión. Guillermo intentó ordenar la conversación, pero se dio por vencido. En verdad el presidente le había cedido un pedazo de palacio para que el viejo líder se entretuviera y no molestara.
dos
Al cabo volvió Yehude y otra vez me acerqué quedando detenido en sus ojos de aguilucho. Eran negros como su terno y tenían un brillo raro al final de la mirada, que se confundía con una sonrisa ingenua. Allí me contó que su padre era un comerciante palestino de religión cristiana llegado al Perú en los años treinta y que se afincó en Chiclayo. Iba de pueblo en pueblo con sus telas en el hombro y su maleta a cuadros. Mi madre tenía orígenes ecuatorianos, y era muy católica. En el colegio Manuel Pardo fui monaguillo de chico, y luego entré a la Universidad donde estudié veterinaria, pero me ganó el activismo entre los docentes y la militancia en Patria Roja.
Recordé entonces que Yehude había sido presidente del frente de defensa de Lambayeque. Era la época de Izquierda Unida y en las elecciones de 1985 fue elegido diputado. Aun no tenía cuarenta años y su carrera política parecía despegar. Sin embargo Lima y el poder lo radicalizaron, me contó Orestes, un amigo suyo.
En 1985 llegó a Palacio el primer Alan García y erróneamente Barrantes le entregó el espacio político de la centroizquierda al desistir de la segunda vuelta. En los meses siguientes Sendero y el MRTA se terminaron de fagocitar lo que quedaba de la alianza izquierdista. Un típico pan con pescado, me explica Orestes. Yehude entonces proclamaba a sus amigos que había que unirse a la lucha armada, y pronto comenzó a tejer relaciones con los grupos alzados. Con Sendero tuvo algunos remilgos de último momento, pero con el MRTA convino en crear un organismo de fachada llamado Patria Libre, y tomó la dirección de la revista Cambio. Desde allí ensalzó las acciones guerrilleras, los golpes de efecto del MRTA, y actuó como vocero de la organización, escudándose en la libertad de opinión.
Patria Libre tenía su local en un segundo piso de la avenida Grau de Lima y allí mismo estaba la redacción del semanario, refirió el viejo amigo de Yehude. Por entonces se sucedieron una serie de asesinatos en la cúspide del MRTA, y no precisamente a manos de la policía. Las luchas intestinas salieron a la luz cuando Andres Sosa Chanamé, camarada Madero, fue asesinado de un balazo en la nuca en un microbús que recorría Villa El Salvador. En el bolsillo del occiso se encontró una carta en que acusaba a Victor Polay, Miguel Rincón y Yehude de cualquier cosa que le pudiera suceder.
Las cosas cambiaron rápidamente con el autogolpe de Fujimori. La revista fue cerrada y Yehude fue apresado el 10 de junio de 1992 acusado de apología del terrorismo. Una larga noche cayó sobre su vida. ¿Fue una mortal ingenuidad? No lo creo, me dice Orestes. Yehude era un hombre de ambiciones, le encantaba el protagonismo y se sentía un predestinado, un mesías. Sin embargo su formación doctrinaria era escasa.
tres
El presidente Garcia me ha dicho que este será un gobierno distinto y yo le creo, me dijo Yehude que mantenía el pisco sour intacto. Odebrecht es una empresa magnífica y se encargará de este proyecto lambayecano largamente postergado. ¿Te cambió la cárcel? le pregunté con impertinencia. No se la deseo a nadie pero es una gran escuela, sentenció frenando la sonrisa perpetua que sus carrillos dibujaban. La soledad y el tiempo muerto son los problemas principales para enfrentar un nuevo día. Pero dios y el recuerdo de mi mujer y de mis hijos fueron la fuerza impulsora que me mantuvieron de pie.
El hombre estuvo más de ocho años preso en Castro y Castro, y se me viene la imagen imborrable de un noticiero de la época. Yehude recibiendo a Fujimori en el penal, y pronunciando un discurso en una visita propagandística, seguramente orquestada por Montesinos. El reo se deshizo en amabilidades hacia el dictador, se abrazó con él y le dio las gracias por el encierro. Las cámaras lo mostraron como un niño vencido por el castigo, que buscaba a toda costa la reconciliación con sus tiránicos padres.
Sin embargo Yehude tuvo suerte en medio de la desgracia. Se encontró con el padre Hubert Lanssiers que era capellán del presidio y este se convirtió en su guía espiritual. Usted se equivocó de cabo a rabo, le dijo la primera vez que lo abordó en el patio el cura belga. Usted actuó como un niño iluminado, cuando ya no era un niño ni estaba iluminado. Usted abjuró de la palabra y la política, y justificó la violencia. Colaboró con unos asesinos y de ello debe responsabilizarse. Por lo demás su pensamiento es totalitario, como dice Hannah Arendt. Yehude no supo qué responder y bajó los ojos. No sabía si de vergüenza o de ignorancia. Los caprichos del ego te han conducido a estas rejas, tu yo te ha traicionado, le dijo Lanssiers que había combatido contra los nazis en Francia y trabajó de misionero en Japón, en Vietnam y en Camboya.
Durante semanas enteras conversaron en la sala de visitas y en el patio, a las horas más inverosímiles. No debiste arrodillarte ante Fujimori, lo criticó Lanssiers apenas trabaron amistad. Jamás uno debe humillarse, le espetó el cura. No hay delitos de conciencia, se justificó Yehude, y yo quería salir pronto. Es cierto, pero debes reconocer que tienes una grave responsabilidad ética y política como compañero de ruta del MRTA y propagandista del terror. Fue mi desesperación, padre. No lo creo, replicó el belga. Tu formación política ha sido pobre, y tu soberbia excelsa, lo cual es una terrible combinación. Yehude lloraba atorado por las culpas. Incluso tienes una acusación por asesinato, añadió el cura. En serio que soy inocente, padre. Se lo podría repetir en confesión. La verdad que no soy un cura formalista: lo importante es tu transformación interior, no tus palabras. Usted es un santo, dijo Yehude. Ni creas, no quisiera serlo tampoco porque sería muy aburrido, añadió Lanssiers humeando sus incas como un tren de sierra.
¿Y cómo combatías la tristeza? Iba a misa, hablaba con dios, y leía. Lanssiers nos proporcionaba libros que tenía en su oficina. Había de todo, desde vidas de santos, hasta novelas y mucha poesía. Lanssiers los renovaba periódicamente para que siempre existieran novedades. No miento. En mi pabellón casi todos caminábamos con un libro en el sobaco.
cuatro
En 1996 Lanssiers fue nombrado encargado de la comisión de indultos y derechos de gracia, por el mismo Fujimori. Estoy recibiendo los expedientes de varias cárceles, tienen que hablar con sus abogados, anunció en el patio. Fujimori se niega a una amnistía para los inocentes, pero a través de un indulto se abre un resquicio para que algunos puedan reinsertarse y hacer una nueva vida. En sus casi tres años de labor, Lanssiers llevó la lista de posibles indultados a manos del presidente, pero este se opuso tenazmente a mi liberación. De nada te sirvió abrazarlo en la tele, dijo con sorna el padre cuando me comunicó la negativa.
Se me comenzó a agotar la paciencia. Los días pasaban oscuros y sombríos, y la esperanza de salir y reencontrarme con mi familia se marchitaba una y otra vez. Lanssiers movió cielos y tierras pero todo fue en vano. Tuve que esperar al gobierno de transición de Paniagua para que se me indultara. Por fin estaba de nuevo en la calle. ¿Y qué harás ahora? preguntó Lanssiers. Volveré a la política, padre, usted ha provocado en mí una revolución interior y no pienso cometer los mismos errores del pasado. Postularé al gobierno regional de Lambayeque. ¿Y los recursos? Mi familia tiene plata y un cuñado se ha ofrecido a ayudarme en la campaña. Yehude arrasó en las elecciones regionales. Su figura esmirriada y sus maneras campechanas vinieron a renovar la política. A nadie le importó su pasado. En verdad parecía que la cárcel lo había redimido.
cinco
No sabes la pena que me dio la partida de Lanssiers, me he quedado como huérfano de padre, sin guía, sin faro. Nunca conocí a alguien tan inteligente, tan sincero, tan culto. No parecía cura, confiesa Yehude. Era un filósofo en todo el sentido de la palabra. Una mueca de tristeza aparece en su sonrisa eterna. No pierdas la conexión con tu pueblo, fue lo último que me dijo poco antes de su muerte ocurrida en marzo de este año.
Eran casi las tres de la tarde cuando Alan entró exultante a la reunión. Estaba visiblemente bajado de peso, por exigencias de la campaña, y vestía bluyines, una casaca de cuero negro, que le quedaba un poco corta, y una camisa amarillo patito. Dio un saludo general desde la altura de sus dos metros y se sentó a mi lado. Un mozo le sirvió un catedral que casi no consumió. Yehude le seguía los pasos y se integró a la conversación. Vamos a firmar por fin Olmos, sentencio Alan, la obra que el gran Sutton imaginó para irrigar las vastas pampas del norte. Queremos una revolución productiva y atraeremos todo tipo de inversiones. Tenemos que crecer un 6 o 7 por ciento al año si queremos alcanzar en Chile en una década. Luego le preguntó a Guillermo por las minas de su padre, y cosa curiosa también inquirió por el mío. Está muy bien Estuardo a sus casi cien años. El otro día me lo topé en una recepción y no usa bastón como tú, Armando. Villanueva rio condescendientemente.
La conversación saltaba sin orientación alguna y no hizo ningún planteamiento sobre política cultural. Enseguida habló de Luis Alberto Sánchez y de su libro Abraham Valdelomar y la Belle Époque. Debería reeditarse, es lo mejor que escribió, exclamó mirando a Rafael Tapia que trabajaba en el Fondo Editorial del Congreso y que estaba medio escondido en la última silla. En un momento llamó a los gritos a Pilar Nores, su mujer, quien ingresó con diligencia y el presidente se ufanó de su belleza y de lo bien que lucía el conjunto melón de chaqueta y pantalón. Es toda una modelo. En verdad, Pilar se mostraba más bonita que en las fotos y Alan era un gran histrión. El presidente estaba visiblemente acelerado e incluso se prestó a recitar algunos versos del conde de Lemos.
Ya la ciudad está dormida,
yo solo cruzo su silencio
y tengo miedo que despierte
al suave roce de mis pasos lentos
Dicho lo cual se retiró sigilosamente abrazado de su mujer. Ha sido un gusto, buenas tardes.
seis
Tras la intempestiva despedida de Alan todos nos miramos desconcertados. ¿Y ahora? Ya nos íbamos a despedir, cuando un mozo nos invitó a pasar a almorzar. Pero no era en el comedor de la residencia sino en una habitación oscura y estrecha que parecía el refectorio del servicio de Palacio. Allí tuvimos que esperar unos minutos para que nos sirvieran un magro pescado en salsa blanca y el arroz frío. ¿Y Yehude se fue? me preguntó un perdido Armando Villanueva. Se escabulló a almorzar con Alan y con Pilar, me murmuró Guillermo. A los postres, el anciano Villanueva me pidió que lo acompañara a los servicios higiénicos, es una emergencia, me confió. Mi próstata no funciona bien. Le abrí paso en dirección al baño y se arrimó al urinario. Noté en ese momento que se había meado en los pantalones. Solo me quedó hacerme el desentendido y siguió perorando sobre el encargo que le había dado Alan: convocar a los intelectuales para explicarles los alcances del segundo gobierno aprista de la historia.
epílogo
Lo que vino después ya es historia conocida. Tras los escandalosos petroaudios, Yehude renunció al gobierno regional de Lambayeque y aceptó el cargo de primer ministro. Sabía en lo que se metía. Había que lavarle la cara a un presidente que se había convertido en ideólogo del despojo. En los extraviados artículos que publicó en el diario El Comercio, bajo el título de El perro del hortelano, propugnaba rematar las tierras y los recursos naturales de las comunidades y pueblos ancestrales, porque eso atraería las inversiones de mineras, multinacionales del petróleo, y grandes empresas dedicadas a la agroindustria,. El resultado fue nefasto. Los pueblos de la Amazonía se levantaron en la Curva del Diablo y Yehude avaló la matanza. Nunca estuvo más lejos el lejano subversivo de su propio pueblo. Luego fundó un vientre de alquiler, llamado Partido Humanista para tentar suerte en futuras elecciones, con magros resultados y hace unos días nos enteramos de que su nombre aparece en la planilla negra de Odebrecht, bajo el seudónimo compartido de Sipán, por coimas recibidas durante la construcción de la irrigación de Olmos. La codicia es hermana de la ambición. Y ahora que lo pienso, el padre Lanssiers debe estar revolcándose en su tumba al enterarse de las trapacerías de su descarriada oveja.

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