Tomada de: Matheus Calderón

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Imagen: Matheus Calderón

Comento, medio en serio, medio en broma, que para muchos lo del violento atropello en la Javier Prado (imágenes crueles, repetidas hasta el hartazgo por los canales de televisión, de Melisa González Gagliuffi arrollando a tres jóvenes), debe haberse sentido como un nuevo Tarata.

Perdonarán la forzada, hasta grosera, comparación, pero hay algo de ella de la que podemos sacar provecho: el fantasma de la muerte, de una muerte violenta y que parece inmotivada, llegando a un espacio al mismo tiempo librado de esta muerte, al mismo tiempo al borde mismo de la violencia (hay una narración que muestra bastante bien la ansiedad en torno a esta violencia diaria en Nadie nos extrañará, del novel escritor Luis Francisco Palomino). Este espacio es, por supuesto, la avenida Javier Prado -el texto de Palomino se titula precisamente “Javier Prado, La Marina”- y no cualquiera tramo, sino el que atraviesa San Isidro.

No sé si exista un análisis de clase de la geografía demarcada por la avenida Javier Prado, pero me remito hacia algunas palabras del antropólogo pank Shane Greene, cuando analiza “el problema del pituco” en sus 7 interpretaciones de la realidad subterránea: “…la prominencia de Javier Prado como una frontera geográfica principal la convierte en el ícono más fácil de citar si uno desea simplificar las jerarquías espaciales de Lima: ‘este lado’ contra ‘ese lado’; ‘nosotros’ contra ‘aquellos'”. El espacio como marcador de jerarquías sociales.

Y en este espacio, en San Isidro, en la avenida Javier Prado, aparece la muerte, violenta e inmotivada, de Joseph Huashuayo y Cristian Buitrón Aguirre, que además llega por estar en el lugar equivocado -no es una metáfora, sino que literalmente se equivocaron de dirección de camino a un examen médico ocupacional. (Dirección equivocada, ¿no hay un cuento de Ribeyro -y los cuentos de Ribeyro no son poca cosa- con ese nombre?).

Hay una cuestión en todo esto tiene que ver, antes que con el hecho mismo (un-atropello-pasa-todos-los-días, dirán algunos), con el escenario en el que ocurrió el hecho, con la muerte de dos jóvenes de clase trabajadora muriendo atropellados en San Isidro por una conductora que conduce una camioneta mientras esperan por la dirección correcta que los dirija a un examen médico. Es cierto, como han señalado muchxs especialistas en diseño urbano, que las avenidas de Lima pareciesen armadas como un campo de guerra en muchos casos. Pero también hay algo más, algo excedente a las discusiones técnicas sobre el diseño urbano, incluso a las más politizadas. Este cuestión, este excedente (que aparece velado, suprimido, reprimido, dicho de otro modo, dicho vía eufemismos) es la cuestión de clase.

No quiero comentar sobre los temas jurídicos, que me son ajenos hasta cierto punto, y porque cada vez más me convenzo de que los que van a la cárcel serán siempre, estructuralmente, los proletarios del crimen, los pobres, los racializados, y que hay que evitar caer en la tentación punitivista-penitenciaria. Quiero centrarme en cierta fenomenología de la muerte, de la aparición de una muerte violenta e inmotivada, que parece atravesada también por la cuestión de clase, por no hablar de su economía visual -la casi nula difusión de fotografías de la conductora en las primeras horas de producido el accidente-.

Y mientras pienso en ello, aparece un texto de la periodista Patricia del Río que promete llevarnos en una dirección contraria, un texto que se podría resumir en la frase “podría pasarle a cualquiera”. Lo curioso es que el artículo escribe no ya desde la posición de un cualquiera, no desde la posición de los jóvenes que caminaban por la Javier Prado (¡yo creo que la mayoría de nosotros somos esos jóvenes, somos ese cualquiera!), sino de la conductora de una SUV (y no cualquiera podría costear una SUV, una vez más, lean a Palomino).

Y lo que hay luego es una operación de traducción (ya hemos hablado de un caso similar antes), de querer presentar el hecho como casual, como neutral. Como aséptico, incluso, porque nosotros no somos ese chofer de Orión, parece decir la articulista -¿por qué no lo son?, ¿no habría que tentar incluso una respuesta casi paródica que culpe al sistema?, “¡es que tenía que llegar al trabajo!” o algo así…

Pueden ponerle otro nombre si gustan, uno menos vetusto, uno que provoque menos angustia, pero lo que hay es solidaridad de clase. Una solidaridad de clase ansiosa, a la defensiva, muchas veces inconsciente, que acaba de enfrentarse a la muerte cara a cara, una ansiedad producida por una serie de factores que hacen querer decir, o gritar,: ¿no lo ven? La vida de Melisa González es peor que la vida de los padres de los muchachos muertos. Es su vida la que es un infierno, porque ella sigue viva.

No creo en la militancia de la culpa, no creo en hacer sentir culpable al otro como praxis libidinal o política, pero tampoco creo en estas falsas operaciones de traducción. Porque lo cierto es que no es casual. A veces, la más de las veces, no es Finlandia. A veces es simplemente Lima. Y una Lima muy específica. No “la fragilidad de la paz” del hogar que describe el personaje de Hernán Casciari, sino la violencia constante, una violencia que, por lo general, termina volcada en el menos privilegiado, en el que se detuvo a esperar, por error, en un espacio que no le corresponde.

(https://calderon094.wordpress.com/…/llamalo-como-quieras-p…/)