Fuente: La Repùblica

“La interpretación constitucional que favorece a la decisión tomada por Vizcarra solo se terminará de validar si él conduce al país de manera desprendida, humilde, juiciosa y acertada”.

El Perú ha ganado una batalla político-criminal que ha dejado varios muertos. Entre los muertos están los dos partidos hasta hace poco referentes históricos de la partidocracia peruana, no por méritos tanto como por longevidad y poder político. Pero tras la obstinación suicida de Keiko y el suicidio material de Alan, ambos grupos han quedado virtualmente liquidados. Que sus congresistas estén inmersos en procesos penales, o camino a estarlo, también ha abonado al desprestigio absoluto y extendido. Y aunque aún no quieran darse por vencidos, ya son muertos vivientes sin presidenta usurpadora, sin respaldo popular y con la justicia respirándoles en la nuca.

Esa debería ser una lección aprendida para quienes pretendan a futuro ejercer política, pero si algo nos ha enseñado la historia es que cada personajillo que accede al poder político se ha creído intocable. Desde Montesinos, pasando por Fujimori y su cúpula de gobierno (ministros, funcionarios, congresistas), Abimael Guzmán, Alan García, Keiko y los viejos y nuevos-ricos del congreso fujia-aprista, todos se creyeron intocables hasta que la realidad se les ha estrellado en la cara. Los ladrones que se meten de políticos siempre sucumben al hechizo del poder y se creen más astutos que los que cayeron (aun cuando esos tuvieron más poder que ellos). Lo bueno es que jamás podrán volver a la política sin que se les recuerden sus fechorías. En épocas de internet y penetración nacional cada vez mayor, la internet es una gran fuente de memoria infalible. Y la vamos a usar.

En esta guerra contra la kakistocracia hay dos personajes colectivos de los cuales enorgullecernos y en los que puede descansar nuestra esperanza de un país mejor. De un lado, esta guerra de tres años ha permitido a la población entrenarse más y mejor en el importante ejercicio de vigilancia de su democracia y su país, usando sus calles como último bastión de expresión. Esa renovada y transgeneracional consciencia y ejercicios ciudadanos también recuperan el concepto cívico y vital de la protesta que por años fue estigmatizada -convenidamente como ‘comunismo o terrorismo’- por los políticos sucios para callar a la ciudadanía.

Lo otro crucial en estos tres años es el pequeño pero sólido grupo de fiscales y periodistas que han hecho historia acompañando esta guerra contra la delincuencia política y sosteniéndola.

Todo ello nos da esperanzas de un país mejor. La ciudadanía ha quedado atenta y lista en permanente vigilancia y sin lealtades ciegas a ningún político; por eso estará observando a Vizcarra, quien a partir de ahora, gobernando sin Congreso y pudiendo legislar a sus anchas, tendrá que demostrar su talla. La controversia sobre la constitucionalidad del cierre del Congreso ha sido utilizada irresponsablemente por los liquidados solo porque no querían perder su inmunidad; pero la interpretación constitucional que favorece a la decisión tomada por Vizcarra solo se terminará de validar si él conduce al país de manera desprendida, humilde, juiciosa y acertada. Que el poder absoluto no lo haga caer en lo que Todorov llamó ‘la tentación del bien’, que lleva a quienes buscan erradicar injusticias a caer en acciones totalitarias. Estamos más que atentos a cada señal.

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