Fuente: El Parónimo

MARIANA MAZZUCATO: El debate moderno sobre el valor de las cosas.

 
por Francisco J. Lucero Bravo
Sociólogo, Magíster en Política y Gobierno
fjlucerob@gmail.com
A continuación realizaremos una síntesis del interesante libro “El valor de las cosas. Quién produce y quién gana en la economía global” de la economista italiana, Mariana Mazzucato.

Foto: Mariana Mazzucato
Sin duda se trata de una obra que remece el discurso económico, en términos de refrescar un debate histórico que la disciplina económica ya daba por superado. Es innegable la preponderancia que tiene el discurso económico en el diseño de políticas públicas, estableciendo desde su óptica las bases de los modelos de desarrollo que decide implementar un país en el largo plazo. Desde ahí emanan presupuestos públicos, reformas legislativas y fórmulas de lidiar con la contingencia global. Por lo mismo, todo debate público y político debiese prestar atención a los debates que sientan las bases de las teorías económicas que respaldan o contradicen los modelos en curso.

Mariana Mazzucato revive el debate de la economía clásica que versa sobre el cómo las cosas adquieren o se les atribuye un valor determinado, para luego ser transadas en el mercado. Según Mazzucato, el concepto de valor se ha dejado de discutir por los economistas, con lo cual una visión se ha impuesto sobre otras adquiriendo un carácter casi axiomático. Tampoco es que por no discutirlo hoy en día, el tema esté zanjado o sea entendido cabalmente por la amplia mayoría, ni mucho menos, al contrario, impera un profundo desconocimiento y desorientación en aquello que constituye una piedra fundacional del mercado: el valor de las cosas.
La superación del debate del valor entre otras discusiones propias de la economía clásica, se debió la modernización de la economía como disciplina científica. Uno de los factores que ha incidido profundamente en esto, es la matematización de la economía, que a su vez, en el marco de un dilatado y extendido discurso positivista, ha dotado a la disciplina del estatus preponderante que guarda entre las ciencias sociales. La econometría y sus modelos matemáticos han contribuido a que la economía se perciba como una ciencia dura entre las blandas y sus portavoces guarden un lugar privilegiado en el discurso académico y político.
El segundo factor que ha contribuido a la modernización de la disciplina económica es paulatina existencia de datos, como resultado de una creciente capacidad contable y administrativa del Estado. Con sistemas de registros más ágiles y eficientes, la economía se ha nutrido de lo insumos suficientes para hacer correr sus modelos econométricos y consolidar su posición en la sociedad. Así, aparecen instituciones supranacionales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), junto con organismos de asesoramiento y colaboración a los estados, tales como el Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), constituidas en su mayoría por expertos consultores que provienen de esta disciplina.
Mazzucato se cuestionará entonces, algo que muchos de los economistas hoy en día han obviado, pero no así los economistas clásicos como Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx, quienes discutieron extensamente sobre el valor de las cosas en el mercado. Estos pensadores sí se refería en sus escritos a la cuestión del valor desde un punto de vista técnico, conceptual y analítico.
Para Ricardo, quien plantea la teoría del valor-trabajo, lo que genera valor propiamente tal es el trabajo. La cantidad de horas que se destina a la producción de un bien o servicios, es la que determina el costo que se debe asignar a ese trabajado bajo la forma de sueldos (capital variable). Desde este punto de vista, el costo asociado a los sueldos viene determinado por el trabajo aportado en la producción de bienes y servicios, y es este costo el que finalmente se transfiere al producto mismo en la transacción. Esto lo retomará Marx más adelante.
En el caso de Adam Smith, el concepto de valor estará determinado principalmente por la división del trabajo (donde se cita el icónico ejemplo de la fábrica de alfileres).
Así, los clásicos ofrecen dos fórmulas para resolver la generación del valor: el costo asociado al trabajo necesario para producir un bien y la organización del proceso productivo para llegar a un producto final. Hasta cierto punto estas perspectivas no son excluyentes y pueden ser incluso complementarias. De esta manera, por ejemplo, el valor de un auto responde a al trabajo de quienes construyen sus partes y las ensamblan, como también a la distribución de estas tareas en un proceso de producción determinado. A esta discusión se sumaron los otras corrientes clásicas como los fisiócratas quienes asociaban el valor a la renta de la tierra, como único capital productivo. De esto se deriva que existen sectores más productivos que otros, como lo era el sector manufacturero para Marx, lo que deriva de un contexto histórico donde la revolución industrial estaba en pleno.
La distinción entre sectores productivos que generan valor aquellos que no lo hacen (o lo hacen en menor medida) se conoce como límite de producción. Un consenso entre los economistas clásicos es que la renta en sí, no es es una forma de generación de valor sino de extracción. Quienes profitan de la renta, no aportar a producir nuevos bienes con trabajo o nuevos modelos de organización, sino que extraen una parte del valor de productos generados por otros sectores como el manufacturero o el agrícola. Otro consenso entre los clásicos (del cual Mazucatto distanciará en su propia perspectiva) es que el gobierno no es productivo en sí mismo.
Una vez que aparece la teoría marginalista, se comienza a confundir precio con valor. Se sostiene desde esta perspectiva que todo aquello que es transable en el mercado mediante un precio produce valor. Para la teoría marginalista, que se encuentra detrás de muchos modelos de desarrollo neoliberal implementados en Latinoamérica y gran parte del mundo, plantea las cosas al tener un precio y transarse en el mercado a ese precio, automáticamente adquieren un valor porque de lo contrario no se ofrecerían ni demandarían como lo hacen. Para los marginalistas el precio determina el valor, mientras que para los clásicos es el valor el que determina el precio.
La gran diferencia entre el planteamiento de los clásicos que establece un límite de producción y la teoría neoclásico de la escuela marginalista donde este límite desaparece, es que los primeros proponen un criterio objetivo para determinar el valor de las cosas, el cual los segundos reemplazarán por un criterio subjetivo del valor basado en las preferencias y la escasez. La teoría neoclásica le entrega mayor importancia al individuo orientado por la satisfacción de sus deseos y el ejercicio de criterios racionales en sus decisiones de consumo. Este supuesto es que trasladará a gran parte de sus modelos matemáticos a los largo del siglo XX. Mientras los clásicos se valen de su pensamiento y escasa información para hacer sus reflexiones abstractas y complejas, los neoclásicos harán un uso exhaustivo de las matemáticas y los datos para respaldar sus planteamientos específicos y especializados. En gran parte, el auge del capital y el mercado financiero a comienzos del siglo pasado contribuyeron a que este segundo enfoque ganara terreno con respecto su predecesor. Esto descarta, en gran medida, una conclusión apresurada de afirmar que la teoría neoclásica se impuso por méritos estrictamente académicos.
Cuando medimos la riqueza y el producto nacional (PIB), integramos un conjunto de datos -como la autora plantea- muchas veces no necesariamente producen valor, sino que lo extraen. El razonamiento detrás de la teoría marginalista no se cuestiona si los productos que se transan a un precio determinado en el mercado, aportan riqueza a la economía en su conjunto o si contribuyen al bienestar colectivo. Esto retoma la cuestión del límite de producción planteada por los clásicos, principalmente separando los sectores productivos que generan valor de las rentas, como una forma de extracción de valor a través de plusvalías, regalías, obligaciones, dividendos, entre otras.
Lo anterior queda más claro si pensamos en la construcción, arriendo y uso de una casa. Mientras el proceso de construcción emplea fuerza de trabajo para crear un bien inmueble que antes no existía, destinado a ser habitado por alguien que requiere de un lugar para vivir aportaría riqueza y bienestar, la compra de este inmueble o un conjunto de ellos para especular con su precio, manteniéndolo deshabitado para elevar su precio, no necesariamente contribuye a crear más valor de este bien inmueble, sino más bien lo extrae.
Muchos agentes corredores de carteras que operan en el mercado financiero, atribuyen sus elevados salarios al los riesgos que corren con sus operaciones. También, escudan su valor en la generación de liquidez disponible para la inversión en empresas que sí son productivas en un sentido clásico (que hasta cierto punto es innegable, solo que no siempre es así). De esta forma, la extracción de valor se fundamente como una “recompensa” por la labor que realizan para la economía en su conjunto, de acuerdo a quienes se la atribuyen.
Solo es posible confundir generación de valor con extracción de valor, porque existe una teoría que confunde precio con valor. Este precio/valor determinado por la ley de oferta y demanda, descansa aún en el supuesto de mercados de competencia perfecta y agentes económicos plenamente informados. Estos supuestos han sido fuertemente golpeados por la evidencia empírica que acusa la presencia de monopolios y oligopolios que acuerdan los precios unilateralmente por sobre su valor justo; y asimetrías de información que crean situaciones de selección adversa y riesgo moral, entre otras tantas fallas de mercado. Claramente, no todo es culpa de mercados imperfectos, puesto que la teoría de la public choice (elección pública) denuncia la existencia de fallas de gobierno como la corrupción y la captación de rentas. Esto nos lleva a retomar el segundo punto de disenso entre los clásicos derivado de la pregunta de si el Estado genera valor o no.
Para Mazzucato, no solo es importante preguntarnos si el Estado genera valor sino también si el mercado financiero a través de sus complejos instrumentos lo hace y si la industria y regulación de la innovación mediante la protección de patentes y derechos lo hace.
En el caso del mercado financiero, éste solo logra atribuirse la calidad de generador de valor cuando canaliza recursos hacia sectores que lo hacen. La inversión necesaria para generar valor debe considerar plazos que van más allá de la fugacidad que define a gran parte de las transacciones financieras. En la medida en que esta inversión paciente históricamente ha derivado del Estado y no del capital privado, es aquel quien debiese llevarse el crédito de esta inversión cuando logra resultados como el internet, el GPS o los microprocesadores. El capital privado generalmente aparece cuando estos desarrollos tecnológicos ya han madurado y se atribuye el mérito a través de onerosas rentas de lo que es resultado de años e incluso décadas de investigación experimental, formación de expertos e inyección estable de recursos a través capital de riesgo.
En el mercado financiero, además, encontramos en que capitales de inversión se apropian de las acciones de una empresas y hacen caer el valor de sus acciones mediante la desvalorización de la empresa (despidos, reducción de insumos, recorte de gastos, etc.) transfiriendo ese saldo a sus accionistas. O bien, realizan recompras que elevan artifialmente el valor de las acciones, beneficiando a sus acreedores en desmedro de quienes son los principales interesados en el éxito de la empresa: sus fundadores y sus trabajadores.
Al contrario de la temporalidad que define los proyectos y misiones lideradas por el Estado, las transacciones en el mercado financiero obtienen alta rentabilidad con arriesgadas maniobras de corto plazo que especulan con la volatilidad de los precios de las acciones. A tratarse de operaciones de capital caliente, que entran y salen a un ritmo y volumen impredecible, no se logra la estabilidad financiera suficiente para crear certidumbre en la inversión y permitir la eventual maduración de nuevas formas de riqueza. Este tema ha sido mayormente desarrollado por la autora, en su anterior best-seller, “El Estado emprendedor” (2011).
 
Para ilustrar como el Estado opera como prestamista de último recurso, Mazucatto cita el ejemplo de los préstamos que el gobierno de Estados Unidos concedió a dos empresas que intentaban posicionarse en el mercado global. Por un lado estaba Solyndra dedicada a la fabricación de paneles fotovoltaicos y, por el otro, Tesla (a cargo de Elon Musk) dedicada a automóviles eléctricos. El resultado fue desastroso para la primera empresa representando millonarias pérdidas para el Estado, mientras que es reconocido el éxito de Elon Musk, quien efectivamente pudo devolver el préstamo al gobierno. Mientras el primer caso significó enormes pérdidas para el Estado, el segundo solo significó una devolución de un fondo inicial y algo más en intereses.
El ejemplo deja dos lecciones importantes. La primera es que el Estado efectivamente se encuentra detrás del éxito de importantes sectores tecnológicos. La segunda es que ninguno de los dos casos significó una buena inversión para el gobierno de Estados Unidos, como si estuviera apostando a perder. En lugar de proceder como lo hizo, Mazucatto sostiene que el Estado debe revaluar su rol como generador de valor, en términos de proveer infraestructura, regulación, inversión paciente, formación de capital humano e investigación básica, entre otros aspectos. En lugar de prestar y cobrar solo cual es posible hacerlo (porque la empresa tuvo éxito), asumiendo los costos de la larga lista de fracasos detrás del progreso, el Estado debiese haber solicitado participación en las acciones de estas empresas para así tener una fuente de ingresos con la cual solventar sus elevados costos como prestamista de último recurso. De esta manera los contribuyentes no tendrían que llevarse todos el peso de los fracasos, aliviando en parte su carga fiscal con entradas provenientes de aquellos proyectos que resultan ser enormemente rentables.
La idea en torno a la posible capacidad del Estado para generar valor choca contra la realidad, cuando quienes bregan por un Estado mínimo, acorde a la concepción neoclásica, reducen el margen de maniobra del Estado a través conocidas recetas neoliberales tales como la privatización de empresas públicas, la desregulación del mercado financiero, reducción del gasto público, entre otras. De esta manera, con un Estado maniatado que cede el control de empresas eficientes y se queda con malos negocios que erosionan su credibilidad, se crea una suerte de profecía autocumplida: el Estado es ineficiente porque se le reduce al punto de serlo y se reduce porque es ineficiente.
En la medida en que contextos como el de la Guerra Fría, en que Estados Unidos se permitía elevar el gasto público en sectores estratégicos asociados a la carrera espacial y la industria armamentista, se crean las condiciones para gestar desarrollos tecnológicos que cambiaron la historia en un par de décadas. Lo propio ocurrió en la primera mitad del siglo XX con la implementación de las medidas keynesianas que promovían la inversión pública para sostener la demanda agregada y el pleno empleo. Esto a falta de inversión privada producto de las bajas expectativas de crecimiento en periodos críticos considerando las dos guerras mundiales y la gran depresión de los 30’s. Solo en los 70 – 80’s con el tatcherismo en Reino Unido y el reaganismo en Estados Unidos, el monetarismo comienza a desplazar al keynesianismo y el Estado inversor, por Bancos Centrales autónomos y fórmulas pro mercado bajo las consignas de liberalización, desregulación y privatización.
De este modo comienza una era en que se desestima el rol del Estado en la generación de valor y se sobreestima el rol del mercado financiero y la industria de la innovación en la creación de riqueza. Se desconoce entonces que muchas de las transacciones en el mercado financiero no generan valor nuevo, simplemente extraen el valor previamente creado, como ocurre en la industria farmacéutica donde el capital privado solo aparece cuando existen productos comercializables luego de fuertes subsidios al sector por parte del Estado. Crean monopolios que elevan los precios muy por sobre los que determinaría una mercado eficiente.
Habiendo abordado lo que ocurre a nivel del mercado financiero en la creación del valor, concentrémonos ahora en la industria de la innovación.
Así como es innegable la importancia del mercado financiero en la provisión de liquidez y canalizar capital hacia la inversión, (con todos los pormenores anteriormente señalados), también es innegable el papel que cumple la innovación en la creación de valor. Si la innovación deriva en productos y servicios que satisfacen necesidades de la población, efectivamente hay creación de valor. Pero también es posible que nombre de la innovación se creen mercados que retienen y extraen valor, como el que resulta muchas veces de las protecciones monopólicas de explotación y comercialización derivados de las patentes.
En principio, el espíritu de las patentes es crear una protección inicial del producto o proceso innovador que luego de un determinado periodo que permite que sus inversionistas se vean recompensados, se establecerán permisos de liberación de la innovación para facilitar su difusión en el mercado. Básicamente, las patentes fueron creadas como incentivos a la innovación cuyo fin último es la divulgación de la tecnología que permitirá hacer crecer a la economía en su conjunto. No obstante, tanto en el sector farmacéutico como en tantos otros, existen lobbies que buscan promover la extensión de los periodos de protección para continuar captando rentas monopólicas. Resultado de estos son un sin número de leyes, cláusulas de acuerdos multilaterales, reformas legislativas, etc. De hecho, existen casos en que se han ganado negociaciones que extienden los derechos de autor hasta más 80 años en algunos casos.
Además, en tanto que la innovación es el resultado de una serie de investigaciones científicas y capital de riesgo, es ilógico que se restrinja mediante derechos de protección los resultados de estas investigaciones que nutren el proceso de aprendizaje conducente a la innovación. Pero precisamente esto es lo que ocurrió. El negocio de las patentes, licencias, diseños industriales, derechos de autor y marcas registradas alcanzó tal nivel que el conocimiento necesario para innovar se encuentra en gran parte protegido y, por tanto, no disponible para los interesados. La trampa de esto es que si se protegen los insumos para innovar se termina desincentivando la innovación lo cual exactamente lo contrario para lo que las patentes se crearon inicialmente.
 
La innovación -nos dice Mazzucato- es resultado de un esfuerzo colectivo entre diferentes actores involucrados y generalmente se da en un contexto de incertidumbre. Ese carácter colectivo e incierto de la innovación es el que precisamente se ve obstaculizado por una gran parte de la industria de la innovación, de modo que la etapa de exclusividad se termina imponiendo por sobre la etapa de difusión de la innovación.
De esta manera, las respuestas a las triple pregunta sobre la capacidad de crear valor del Estado, el mercado financiero y la industria de la innovación, lleva al a conclusión que mientras el primero está subestimado en su capacidad de crear el valor, los siguientes dos ámbitos están claramente sobrestimados. Mientras no se lidie con esta situación seguirá imperando una socialización de los riesgos y una privatización de las recompensas.
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