Fuente: La República

“La victoria es para mí y para nosotras por haber tenido la fortaleza de darle pelea al sistema patriarcal, capitalista o corrupto…”.

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El viernes último concluyó el proceso por abuso sexual y psicológico que inicié contra Luis Enrique Mendoza Chávez en Ohio University hace un año y dos meses. Ha sido un proceso muy largo y extenuante. Y es imposible aun saber cuál será el veredicto pero una cosa es clara e irreversible: la victoria está en dar la batalla.

La audiencia duró dos días completos con testigos, interrogatorios, lágrimas, rabia de escuchar el cinismo de su parte, risas cuando mis testigos ponían en su lugar al malcriado abogado defensor que se consiguió (defensor de violadores de niños https://bit.ly/34dThc5) pero sobre todo mucha tensión acumulada por llevar a cuestas y durante doce meses una investigación que debió durar 2 o 3 meses a lo sumo, según las propias normas de la universidad. Mendoza se las arregló para alargar la investigación todo lo que pudo pidiendo nuevas fechas o solicitando traductor oficial del inglés al español entre otras estratagemas dilatorias del proceso. Además de dejar que Mendoza alargara la investigación, el investigador del caso cometió una serie de irregularidades que yo tuve que denunciar ante las autoridades de la universidad, que felizmente tuvieron a bien remover a ese investigador del caso y reemplazarlo con una señora profesional.

Decir que el proceso duró un año parece poca cosa para quienes nunca han tenido que pasar una experiencia como esta, pero un año de llevar a cuestas y sobre los hombros una denuncia sobre abuso psicológico y sexual significa llevar semanas tras semanas, meses tras meses un pedazo de la mente con estos pensamientos y preocupaciones incrustadas es demasiado. No solo es el doloroso proceso de tratar de comprender cómo es que una llegó a convertirse en víctima de un depredador, sino tener que estar revisitando memorias, recolectando información, releyendo correos que no quieres volver a leer, reescuchando audios que ya quieres olvidar, mirando fotos que te devuelven a un pasado que parecía feliz pero que encubrían y terminó en dolor, pena, vergüenza. El estado de estrés emocional permanente en todo este año me llevó a complicaciones académicas nunca antes sufridas como la pérdida de concentración y de capacidad cognitiva temporales; durante las cuales me costaba entender un párrafo si no lo leía más de 3 o 4 veces. Me retrasó muchísimas veces en tareas y entregas de materiales, me obligó a tener que contarle a algunos profesores lo que me pasó para que comprendieran mi situación y pudieran ser flexibles. Pero además me ocasionó una depresión del sistema inmunológicodebido al cual me aparecieron una serie de dolencia médicas de las que aún no me recupero del todo ni física ni económicamente. Por un año casi he debido vivir en permanente hipervigilancia para no encontrarme con el sujeto ni de manera casual, porque pese a que una magistrada me otorgó una protección judicial-policial a mi y a mi hija para que él no se acercara a más de 500 pies, tuvo la osadía de desafiarme un día en el campus universitario desacelerando el paso para pasar a mi costado. Fui yo quien tuvo que desviarse del camino. Hubo otra ocasión en la que apareció a metros de la puerta de entrada del evento público donde yo daría mi testimonio luego que afiches con mi foto, lugar y hora circularan por toda la ciudad.

Athens City es una ciudad muy progresista pero la universidad es pública y recibe fondos federales y responde a la legislación federal que obliga a universidades públicas a cumplir ciertas normas como el Title IX, bajo el que pude hacer mi denuncia. Desafortunadamente para las víctimas, las estadísticas muestras que más de la mitad de las veces los victimarios no son expulsados o no reciben sanción (Ver documental CNN, The Hunting Ground https://bit.ly/2ZvgcB2). Las universidades como Ohio University, que están a la cabeza de los rankings de abusos sexuales (https://bit.ly/32f1zOY), intentan bajar sus estadísticas para que sus matrículas no sufran. Si en Perú el machismo y la corrupción son un obstáculo para que las mujeres encuentren justicia, acá termina siéndolo el capitalismo. Sin embargo, y más allá del resultado de esta denuncia que me atreví a hacer tras largos meses de confusión y de terapia para dejar la vergüenza, el miedo y la humillación por haber sido violada por tu propia pareja, la victoria está en dar la batalla. Más allá del resultado, y de este amargo episodio de mi vida, más allá del sufrimiento y los obstáculos, de las amenazas y el temor, la victoria es para mi y para nosotras por haber tenido la fortaleza de darle pelea al sistema patriarcal, capitalista o corrupto dentro de sus propias estructuras. Cada denuncia es un nuevo golpe para derribarlo. Esa es nuestra guerra y la única forma de procurar que este mundo nuestro se encamine al cambio que las mujeres tan necesitamos, por el bien de todas y también de todos. Por eso, dar batalla ya es una victoria. La victoria está en la lucha.

 

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