Fuente: Allin Kawsay

Una recomendación del profesor Wilfredo Brito

TÍA MARÍA Y EL HOMBRE DE LAS CAVERNAS
Por Hernán de la Cruz Enciso (*)

La suspensión de la licencia de construcción del proyecto Tía María ha originado un vendaval de opiniones. Ahora comprendemos, por todo lo que dicen, que en nuestro país manda el Hombre de las Cavernas, cuya vida giraba alrededor de las piedras. Piedras para la caza. Piedras para defender la cueva. Piedras raras para adornar el cuerpo semidesnudo. Piedras filudas para trozar carne y frutos. Piedras para atacar al enemigo. Con la gran diferencia de que el Hombre de las Cavernas del pasado era dueño de las piedras que usaba.
Jaime de Althaus es, todavía, un primitivo por decir que “los destructores del futuro del país lograron su propósito, suspender la licencia de Tía María”. Los llamados “destructores” del país son, más bien, los defensores del futuro del país.

El gerente general de la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía, Pablo de la Flor Belaúnde, un neandertal confeso por decir que la suspensión de la licencia es una mala señal para los inversionistas. ¿Saben a qué llaman inversionista en el Perú? A la transnacional que llega al país cargando papel, digamos dos mil millones de dólares, pero papel. Nos dicen que entrarán a los cerros a explotar oro, que nos darán trabajo, que pagarán impuestos, que construirán colegios y carreteras. Pero después de unos años de explotación, de los cerros sacarán cincuenta mil millones en oro. O sea, llegaron cargando papel, la mayor parte de ese papel se regresó a su país de origen en la compra de maquinarias, pero la empresa se fue de nuestro país llevándose cincuenta mil millones en valor tangible (oro). La pregunta es entonces: ¿dónde estaba el capital? ¿Dentro de nuestros cerros o trajo “el inversionista”? Pues dentro de nuestros cerros. ¿Cuánto de impuesto pagaron? La ley dice que deben pagar el 30% de impuesto a la renta (ojo, no existe impuesto llamado canon) pero sucede que estas empresas elevan sus costos de producción y muchas veces no pagan impuestos y a veces pagan muy poco con relación a lo que se llevan.

En otros casos “el inversionista” ni siquiera trae capital importante. Con algún dinero hace estudios en un cerro para determinar la cantidad y la calidad del mineral, y ya con reservas probadas lo vende en la bolsa de valores y, sin haber sacado una sola piedra, gana millones de dólares. A eso llamamos capital especulativo.

¿Y es verdad que las transnacionales traen desarrollo y sin su presencia el Perú se podría ir a la quiebra? Otra gran mentira. Se están llevando hierro de Marcona (Ica) a cinco dólares la tonelada, pagando medio dólar en impuestos. Esa tonelada de hierro, al convertirse en acero en China, con la tecnología de hace un siglo, cuesta más de quinientos dólares. Pero el acero no se queda como acero. Luego se convierte en cuchara, y ¿cuánto vale una tonelada de cuchara? Más de cinco mil dólares. Pero supongamos que esa tonelada de hierro se convierta en camioneta. ¿Cuánto cuesta una camioneta? Más de veinte mil dólares. ¿Y qué pasa si se convierte en computadora? Cien mil dólares la tonelada. Les pregunto ahora: nuestras materias primas que salieron del país dejando medio dólar por tonelada en impuestos, ¿dónde generaron más impuestos, ganancias y puestos de trabajo? En China, un país comunista. Es decir, nos están saqueando. Por eso no hay trabajo para la gente, solo cachuelos. Por eso no hay dinero para la educación y para el agro. Por eso hay pobreza total en todos los rincones. En algunos casos se llevan concentrado de cobre, que vale unos 1,500 dólares la tonelada, pero ¿cuánto de oro y otros metales se va en esa carga? El kilogramo de oro cuesta ahora más de ciento cincuenta mil soles. ¿Y qué quedó en las comunidades? Unos cuantos edificios, unas cuantas carreteras, una escuela y destrucción total. Ríos desaparecidos, pueblos borrados del mapa, destruida la estructura social de los pueblos. ¿Para qué queremos escuelas, carreteras, edificios, si después será un desierto? Gracias a la Constitución de Fujimori, en los últimos treinta años las transnacionales se han llevado del Perú más oro que los españoles en tres siglos. Los millones de Odebrecht destinados a la corrupción no son nada comparando con los miles de millones que las grandes mineras pagaron a la clase dirigente.

Mientras –a partir de la minería– países como la China avanzan hacia la tecnología 5G, nosotros, los dueños de los minerales, de la mano del Hombre de las Cavernas (sin visión de futuro y sin conciencia de Patria) avanzamos hacia la generación de los taparrabos. No hacemos ni aguja en el Perú a pesar de que tenemos más de cien universidades que fabrican ingenieros. Solo sacamos piedras y más piedras, porque el gobierno y el Congreso están llenos del Hombre de las Cavernas, sin creatividad. Porque nuestros empresarios de la Confiep son eso: el Hombre de las Cavernas. Algo más: el Perú no vende ni siquiera piedras. El que extrae las piedras y las vende son las transnacionales y a cambio dejan al país un pequeño donativo con el nombre de impuestos. Chile sí vende piedras porque es la empresa estatal la que explota los yacimientos.
El camino en la minería es la tecnología. Si nos industrializamos no sería necesario desaparecer centenares de cerros ni afectar tantos valles. Con cinco cerros tendríamos para llenar el mundo de productos derivados de los minerales y exportaríamos conocimientos y valor agregado. Y habría trabajo para cincuenta millones de personas.

¿TÍA MARÍA ES VIABLE?

Escuchemos mejor a los especialistas. Según el ingeniero Luis Armando Siveroni, el proyecto dejará sin agua al valle del Tambo: “La empresa dice que para la operación del proyecto desalinizará el agua del mar. Pero eso no es cierto. Han diseñado un sistema de galerías filtrantes para captar agua a seis metros de profundidad. El río Tambo viaja al mar en tres niveles. El primer nivel es la correntía superficial que va al mar. Subterráneamente también viaja al mar y empuja a las aguas subterráneas del mar hacia adentro. Ese choque de las aguas saladas con las aguas dulces se llama umbral osmótico, que se encuentra a cien metros de la playa. El agua dulce, por la presión que lleva al bajar de la parte alta, empuja a las aguas marinas cien metros adentro. ¿Y Southern dónde está proyectando captar agua? En la playa. ¿Qué agua está agarrando a seis metros de profundidad? El agua dulce del río que no va a necesitar desalinización, por eso Southern no ha presentado el detalle de la planta desalinizadora”.
Afectará al agro: “Perforarán hoyos de 16 metros de profundidad y lo van a rellenar con anfo que, al explosionar, va a generar una onda sísmica de cuatro mil metros por segundo (un terremoto), unos doscientos disparos diarios. ¿Qué genera esta explosión? En cinco años el tajo de Tía María (en forma de embudo) va estar cincuenta metros bajo el nivel del río. La pared que va a separar el río del tajo se va a rajar con tantas explosiones, como se ha rajado en Cuajone y Tintaya. Entonces el río se va a desfondar hacia el tajo y va a dejar sin agua al valle del Tambo. Otro impacto: la explosión del anfo genera gases nitrosos a mil quinientos grados de temperatura. El valle del Tambo tiene una característica: la humedad relativa de la atmósfera está entre 85 y 95 por ciento todo el año. La Southern ha presentado ese gráfico de humedad relativa en el Estudio de Impacto Ambiental. Cuando empiecen a salir los gases calientes a mil quinientos grados, la niebla del valle, producto de la transpiración de las plantas, se va a secar. Y las plantas van a entrar en estrés de marchitez, van a expulsar agua desesperadamente y no habrá equilibrio en la atmósfera y, como consecuencia, la producción del agro va a bajar. Ahora se produce veinte toneladas de papa por hectárea pero empezará a producir cinco, cuatro, nada”.
Nube ácida: “Se va usar ácido sulfúrico en la planta de lixiviación para cien mil toneladas al día. De acuerdo a los estudios, el 14% del ácido sulfúrico que se utiliza en la lixiviación se evapora. Southern dice que el ácido sulfúrico no se va evaporar y no va a generar nube ácida porque el ácido sulfúrico hierve a los 300 grados y la temperatura del valle es de 30 grados máximo. Falso. No se trata del fenómeno de la ebullición. El mar no hierve pero se evapora. Se trata del fenómeno de tensión superficial. Eso va a generar nube ácida. De las 730 mil toneladas de ácido sulfúrico que Southern va usar al año, 73,000 toneladas van a estar en la atmósfera”.
Ahora vamos a las estadísticas. Según el economista Juan Aste Daffós, en los distritos de Cocachacra, Mejía y Deán Valdivia hay 3,528 agricultores y más de 20 mil trabajadores rurales que producen ajo, cebolla, arroz, azúcar, papa, páprika, alcachofa y otros. Si a ellos sumamos cuatro personas por familia, estamos hablando de cien mil personas que dependen directamente de la agricultura. Si además tomamos en cuenta a la cantidad de personas que se alimentan en Puno, Arequipa, Moquegua y Tacna gracias al valle del Tambo, estamos hablando de medio millón de personas. ¿Cuánto dejará Tía María, según Aste? Unos 35 millones de dólares al año para Arequipa por concepto de canon. A Cocachacra le tocaría aproximadamente treinta millones de soles. O sea, casi nada a un costo muy alto, dejando daños irreversibles.
Por eso Aldo Mariátegui es un troglodita por comentar que no deberían “comprar ni un grano de arroz que provenga del valle del Tambo”. Los agricultores del Tambo no nos necesitan, suficiente tienen para vivir con lo que producen, pero, ¿el sur del país podría vivir sin los productos del valle del Tambo?
Sobre Tía María hay dos posiciones visibles. Unos dicen que la empresa no debe entrar sin el consentimiento de la población. El Hombre de las Cavernas (Jaime de Althaus, Pablo de la Flor Belaúnde, Aldo Mariátegui y otros) dice que sin el proyecto Tía María se viene la hecatombe para el país. Ni lo uno ni lo otro. Si lo vemos a la luz del tiempo (unos 200 años), el proyecto no es sostenible, por tanto, aun con el consentimiento de la población, Tía María es inviable.

¿Y LOS PRINCIPIOS DEL CONSENSO DE GINEBRA?

Para el Hombre de las Cavernas, no existen derechos de los otros. A la hora de imponer sus proyectos de megaminería proclaman el libre mercado y la globalización, pero no respetan los principios del Consenso de Ginebra. Ni el Convenio 169 OIT (1989), ni los demás: Declaración de Viena y Programa para la Promoción de los Derechos Humanos (1993), Declaración de Río sobre el Medio Ambiente (ONU 1992), Declaración de Deberes y Responsabilidades Humanas (UNESCO 1998), Declaración de los Derechos Humanos de los Pueblos Indígenas (ONU 2007), Declaración sobre Minorías Nacionales, Étnicas y Religiosas (ONU 1992), Convención sobre Biodiversidad (ONU 1993), Declaración sobre Promoción y Protección de los Derechos Humanos (ONU 1999), Protocolo de Nagoya sobre Recursos Genéticos (2014), Carta Andina de Derechos Humanos (2002), Declaración Universal sobre Diversidad Cultural (UNESCO 2001) y Declaración de los Derechos Humanos de los Pueblos Indígenas (ONU 2007). Por todo esto las transnacionales y el Estado peruano tendrán que marchar a los tribunales internacionales.

¿ADÓNDE NOS LLEVARÁ EL HOMBRE DE LAS CAVERNAS?
Cada vez que hay elecciones, el Hombre de las Cavernas habla de izquierda, derecha, centro, que son caminos. ¿Pero caminos hacia dónde? A ninguna parte porque como país no tenemos norte, un objetivo histórico, un proyecto histórico. Y lo peor es que perdimos un siglo discutiendo sobre las ideas de Haya de la Torre y Mariátegui. La teoría de Haya se diseñó a partir del miedo a “un poderoso” (imperio) y no a partir de “nuestras fortalezas”. Por ese camino a lo mucho se llegó a crear una clase media pero no se construyó Patria. Mariátegui envenenó a nuestros ayllus con la “lucha de clases”, haciéndonos pelear entre peruanos, cuando el Perú se desarrolló durante miles de años con la “cooperación de clases”.
No siempre fuimos el hazmerreír de Latinoamérica. La Historia nos habla de otra cosa, pero en algún momento perdimos el norte. Cuando observo más allá de los quinientos años, no puedo sino sentir gratitud por aquellos hombres que nos legaron la papa y el maíz que alimentan a todos los pobladores del mundo y nos dejaron los ductos de avanzada ingeniería que riegan, todavía, los graderíos levantados piedra sobre piedra en precipicios perpendiculares. Ahí están –para hablarnos de la arquitectura convertida en arte– Machu Picchu y Sacsaywamán y los caminos que surcan desde Colombia hasta Chile y Argentina, incólumes a pesar del tiempo. Miro el Perú de hace quinientos años, y solo encuentro una sociedad de constructores.
Eso no sucede con los siguientes trescientos años. El espíritu se me subleva porque veo guerras de resistencia de los verdaderos propietarios del país y agresión y expoliación de parte de los invasores, quienes echaron abajo un sistema de coexistencia (Allin Kawsay) que costó diez mil años en perfeccionarse. Obligaron a los nativos a odiar el pasado y desde ese día el Perú es un pueblo sin personalidad. Después de ríos de sangre, llegó un tiempo al que llaman emancipación, con San Martín y Bolívar como los libertadores, pero el Perú saltó de una dependencia a otra, tanto económica y política como tecnológica, militar y artística. Se pasó el siglo XIX sin horizonte definido, saltando de una improvisación a otra, observando o participando en la guerra de los caudillos, para terminar destruido por Inglaterra, que para disimular utilizó a nuestros primos del sur: Chile.
Miremos ahora al Perú de hace cien años. Mientras Alemania y Francia se volvían potencia económica después de quedar en ruinas en las dos guerras mundiales; mientras Vietnam le ganaba la guerra a Estados Unidos y la India surgía como una potencia tecnológica, cerramos el siglo con una absurda guerra de peruanos contra peruanos (Sendero y MRTA), con el resultado trágico de miles de muertos y la destrucción de buena parte de la infraestructura del país. Todo un siglo tratamos de imitar, por un lado, a la China y a la Rusia comunistas, y por el otro, intentamos parecernos a Francia y Estados Unidos. Hasta que llegamos a la hora actual, peleando por la supervivencia de la Patria, después de que, en nombre de trabajo, honradez y tecnología, Fujimori nos convirtió en un sabroso bocadito de las mafias internacionales.
El Perú sigue estacionado en la Colonia. Desde el diseño de las ciudades y los pueblos hasta la visión de Estado y sociedad, su configuración es colonial, donde los centros administrativos (burocracia) son el corazón y el motor (o la lepra) de la célula geográfica. Al Perú no ha llegado ni la modernidad, ni la ciencia, ni la técnica ni el mercado: hay imitaciones burdas en todos los aspectos, chatarra en vez de tecnología, improvisación en vez de planificación, caudillos de papel en vez de clase dirigente, un estatuto de ocupación en vez de Carta Magna, dependencia en vez de soberanía y guachimanes con uniforme en vez de ejército.
El Perú es uno de los países más ricos del mundo en reservas naturales, pero no tiene Proyecto Histórico, por lo que su vida política es una redundancia que empieza cada cinco años en una danza absurda con el tiempo breve; y lo más trágico es que la clase dirigente, el Hombre de las Cavernas, escogió primero el camino (izquierda, derecha o centro) sin tener todavía el punto de llegada, de modo que vamos a ninguna parte, o damos círculos aleatorios alrededor de la nada… Para algunos, el horizonte como país es un crecimiento económico de 5% anual; para otros, obras y más obras, desde carreteras hasta escuelas y puentes. Hay quienes sostienen que el norte debe ser la “estabilidad”, vale decir, que en los próximos cinco años nadie mueva una sola piedra o que solo haya reformas. Otros están preocupados de que, en este barco, que navega a merced de la tempestad, la mesa no se mueva de su sitio y la sopa no se desparrame, aunque la nave se esté hundiendo.
Todos los países que han alcanzado cierto nivel de desarrollo han seguido al pie de la letra un largo proceso sobre la base de un proyecto histórico. Precisamos, urgente, de un Proyecto Histórico Nacional, tarea de las nuevas generaciones. Si seguimos haciendo caso al Hombre de las Cavernas (De Althaus, De la Flor Belaúnde, Mariátegui y otros), corremos el riesgo de terminar como el África. O peor.

(*) Escritor y periodista.

 

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