Fuente: LEISA, Revista de Agroecología

Hablar de seguridad alimentaria como una preocupación fundamental en los programas de política mundial es expresión explícita de la situación crítica que vive la humanidad en sus condiciones alimentarias.

El análisis y la política sobre seguridad alimentaria, según la Organización Mundial para la Agricultura y la Alimentación (FAO), deben contemplar los siguientes aspectos fundamentales: 1. disponibilidad de alimentos, es decir, la existencia de cantidad y calidad adecuada de alimentos para la nutrición de los seres humanos a diferentes escalas de organización social; 2. acceso, es decir, asegurar el derecho de los seres humanos a hacer uso de los alimentos disponibles. Ello significa que no es suficiente con que los alimentos estén disponibles sino que las personas puedan comerlos;

3. utilización, esta dimensión de la seguridad alimentaria tiene que ver con el contexto en el que se debe acceder a los alimentos; tener alimentos suficientes y acceso a estos no basta, se requiere que las condiciones de agua, salud y otros factores fundamentales para el bienestar alimentario estén garantizados; finalmente, 4. estabilidad, la seguridad alimentaria no puede considerarse como tal si los aspectos anteriores se garantizan para períodos discretos; es indispensable que estos derechos fundamentales se garanticen de manera sostenible, a largo plazo, mitigando a distintas escalas los riesgos sobre la disponibilidad, acceso y contexto de uso de los alimentos.

Aun cuando la producción de alimentos per capita ha aumentado marcadamente en los últimos 50 años (Godfray y otros, 2010), hoy en día cerca de 1.000 millones de seres humanos –de un total mundial de cerca de 7.200 millones– se encuentran en condiciones de subalimentación; es decir, no logran consumir el mínimo de alimentos necesarios para mantener una vida digna. Asimismo, cerca de 2.000 millones de personas padecen deficiencias en la ingesta de algún micronutriente fundamental (vitaminas, minerales, aminoácidos). Además, cerca de 1.400 millones de seres humanos padecen problemas de sobrepeso por la deficiente calidad de los alimentos que consumen, entre los cuales cerca de 500 millones son obesos (FAOSTAT, 2013). Así, paradójicamente, aunque en el mundo existen suficientes alimentos para nutrir de manera adecuada a la humanidad, más del 40% de las personas presentan algún problema relacionado con la alimentación.

La seguridad alimentaria es un sistema complejo

Frecuentemente se escucha en los medios masivos de comunicación que la seguridad alimentaria depende de la producción de alimentos, pero más bien debe verse como un sistema que involucra numerosos problemas relacionados entre sí. La producción de alimentos es uno de ellos, muy importante, pero también los son numerosos procesos sociales, económicos, políticos, tecnológicos que se involucran en las relaciones humanas después de la cosecha de productos alimenticios y en la cadena de interacciones que se establecen hasta el consumo o no consumo de estos (Gregory y otros, 2005, figura 1). En la actualidad existen suficientes alimentos para garantizar el abasto y consumo balanceado de nutrientes para todos los seres humanos; sin embargo, los grandes problemas de inequidad en la distribución de alimentos impiden que casi la mitad de la humanidad se alimente adecuadamente. Los países y las grandes corporaciones internacionales que producen masivamente alimentos son quienes principalmente lucran con la alimentación de la humanidad. La pobreza, el desempleo, la tenencia de la tierra, los precios en el mercado, son factores que también influyen en la inestabilidad de los sistemas de seguridad alimentaria (Godfray y otros, 2010).

Garantizar la alimentación adecuada de los seres humanos no es solo un problema de producción de alimentos, es ante todo un problema político, social y cultural asociado a la distribución, acceso, uso en condiciones desiguales e inestabilidad de estos factores. El ensamblaje de problemas ecológicos, sociales, económicos y políticos alrededor de los sistemas de seguridad alimentaria obligan a visualizarlos como problemas complejos en los que múltiples factores, fenómenos y procesos se encuentran en interacción y para atenderlos no es suficiente remitirlos a uno solo: la producción de alimentos. La complejidad no se refiere a lo “difícil” del problema sino a la multiplicidad de factores, cuya determinación es mutua, a distintas escalas espaciales y temporales. Es decir, lo que ocurre a un factor tiene consecuencias sobre otros. El de seguridad alimentaria es entonces un sistema complejo y como tal debe analizarse y atenderse. Hoy en día no solamente existen suficientes alimentos para abastecer a la humanidad sino que además se desperdician entre 30 y 40% de los alimentos que se producen en el mundo (Godfray y otros, 2010). Y esto es especialmente dramático en los países desarrollados, en los que diariamente se tira a la basura una elevada cantidad de alimentos. Antes que plantearse exorbitantes metas de productividad –la FAO estima que para 2050 deberán duplicarse los niveles actuales de la producción mundial de alimentos con respecto al presente–, es urgente resolver los problemas sociales, económicos y políticos que hoy impiden que los alimentos se distribuyan adecuada y equitativamente entre la población mundial o que se desperdicien absurdamente.

Seguridad alimentaria y cambio global

Un tema de gran preocupación actual a escala mundial es el cambio climático, el cual se expresa en el aumento de la temperatura promedio de la superficie terrestre. Este aumento se ha documentado ampliamente por numerosos científicos y organismos internacionales como el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). No se trata de una suposición sino de una realidad en la que influye el aumento en la concentración atmosférica de los llamados gases de efecto invernadero –principalmente dióxido de carbono, metano, dióxido de azufre–. También está ampliamente demostrado que estos incrementos se encuentran asociados a actividades humanas, principalmente al desarrollo de la industria y a la industrialización de actividades productivas primarias (IPCC, 2007). Entre estas, el uso de combustibles fósiles (petróleo, gasolina, gas) ha acelerado un proceso iniciado por la Revolución Industrial con el alto consumo de carbón mineral. Finalmente se sabe que estos cambios están ocurriendo junto con otros procesos asociados como, por ejemplo, los cambios a escala planetaria en los ciclos del fósforo que determinan la eutrofización de ríos y lagos y que están relacionados con el uso a gran escala de fertilizantes químicos, y también el deterioro de la capa de ozono por influencia de diversos compuestos empleados masivamente en la vida urbana. Todos estos cambios, así como la pérdida de cobertura de bosques, selvas y pastizales –cerca de la mitad de la cobertura original a escala planetaria– y la extinción de numerosas especies, son todos aspectos del denominado “cambio global” (Vitousek, 1994) que es mucho más que el calentamiento de la superficie de la Tierra.

Cuando analizamos estos procesos a escala global, es importante considerar los grandes cambios sociales en el mundo: la pobreza aumenta año tras año en términos absolutos y la pérdida de la diversidad de culturas es un hecho altamente preocupante. Todo ello nos obliga a pensar, más allá del cambio climático, en un cambio global de los sistemas socioecológicos. No es entonces únicamente el cambio climático el que debe preocuparnos en relación con la seguridad alimentaria.  Es el riesgo socioecológico global el eje que debe articular la investigación, las políticas públicas y las acciones ciudadanas para atender el futuro de la alimentación mundial (figura 2).

Seguridad alimentaria y perspectiva agroecológica

El discurso de las grandes corporaciones productoras de alimentos –por ejemplo General Foods– o de semillas e insumos para la producción agrícola, como Monsanto y Dupont, es el de la inminente necesidad de acelerar la producción de   alimentos bajo un modelo de producción industrializado, con organismos genéticamente modificados e insumos químicos tales como herbicidas, insecticidas y fertilizantes. Diversos autores han estimado que en los últimos 50 años el proyecto de Revolución Verde logró la productividad de alimentos que hoy abastece a la humanidad a costa de elevar en 700% el uso de fertilizantes químicos. Desde luego el uso de otros insumos químicos y agua ha sido igualmente dramático.

Desde hace décadas la agroecología ha cuestionado este modelo de producción de alimentos, principalmente porque ha generado procesos alarmantes de contaminación atmosférica y de los cuerpos de agua, procesos de salinización de los suelos, de ampliación de la frontera agraria y de pérdida de cobertura forestal y biodiversidad en los últimos 60 años, más que nunca antes en la historia de la Tierra (Millennium Ecosystem Assessment, 2005; Branosky y otros, 2011). Asimismo, ha generado dependencia de insumos externos para la producción que motiva el endeudamiento de los campesinos obligados a migrar para obtener recursos monetarios y pagar tales insumos (Casas y otros, 1994). La consecuencia de estos fenómenos es incalculable y muchos de los procesos inaugurados son irreversibles. Hoy más que nunca es imperativo cuestionar si el modelo que ofrecen las grandes corporaciones modernizadoras de la agricultura es el camino adecuado. Desde nuestra perspectiva, lo único que prometen es aumentar el riesgo y la pérdida de ecosistemas a escala global. No es gratuito que la Comunidad Europea haya establecido barreras a la penetración de tecnologías como la del uso de semillas de organismos genéticamente modificados.

Tampoco es gratuito que Monsanto y Dupont vean en los países del Tercer Mundo la posibilidad de cumplir sus metas modernizadoras, pues el Primer Mundo ya se los impidió. Romper con los modelos modernizadores irracionales es una necesidad imperante. Ni Monsanto ni Dupont buscan resolver el problema del hambre en el mundo, lo que buscan es asegurar un proceso que engorde sus propias ganancias. Los países de América Latina, especialmente los de Mesoamérica y la región andina tienen suficiente historia y cultura agrícola para enfrentar sus retos de producción. Todos ellos son países de origen de la agricultura en el mundo y donde los cultivos más importantes de la región –maíz, quinua, papa, amaranto, kiwicha y cerca de 300 especies más– se diversificaron por los procesos locales de domesticación.

La domesticación es un proceso vivo. Los campesinos continúan practicando la selección artificial que diversifica continuamente las variedades de estos cultivos. Tal diversificación y los sistemas de producción en los que se maneja son el principal seguro para construir el futuro de nuestros países. Esta diversidad de variedades cultivadas son los denominados recursos genéticos. Cada variedad responde a condiciones ecológicas particulares, a tecnologías específicas y a atributos valorados por la gente: color, textura y sus características en platillos particulares, etc. Esta gran diversidad, que es parte del seguro ante las eventualidades del cambio climático, así como ante otras condiciones de incertidumbre global, se expresa en México con 61 razas de maíz y en el Perú en 54 variedades de maíz y más de 4.000 variedades de papa.

Hoy en día existe una amplia gama de técnicas de manejo agrícola que resumen la creatividad de varios siglos de experiencia de nuestros pueblos. Los sistemas agroforestales tradicionales son predominantes en los paisajes. Son capaces de reunir elementos forestales y domesticados en sistemas integrados (figura 3). No solamente permiten asegurar servicios ecosistémicos que los monocultivos intensivos anulan, también garantizan una importante diversidad de productos que proveen a las familias campesinas de recursos para reproducir su forma de vivir. Estos sistemas agroforestales tienen alta capacidad para conciliar las necesidades de producir satisfactores para la vida humana, al mismo tiempo que permiten el mantenimiento de la biodiversidad y la agrobiodiversidad (Perfecto y Vandermeer, 2008)

Hay mucho por hacer para lograr que estos sistemas logren los niveles de productividad que nuestros pueblos necesitan para alcanzar la soberanía alimentaria, pero las acciones de investigación y mejoramiento productivo desde las organizaciones civiles, las organizaciones de productores y los gobiernos a distintas escalas tienen en estos sistemas un importante desafío para construir un futuro más seguro que el de la apuesta industrializada.

Alejandro Casas

Investigador titular, Centro de Investigaciones en Ecosistemas, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)
acasas@cieco.unam.mx
Ana Isabel Moreno Calles
Profesora investigadora, Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM, Unidad Morelia, Michoacán
nakaricitla@gmail.com

Referencias

  • Barnosky y otros, 2011. Has the Earth’s sixth mass extinction already arrived? Nature 471: 51-57.
  • Casas, A.; Viveros, J. L. y Caballero, J., 1994. Etnobotánica mixteca: sociedad, cultura y recursos naturales en la Montaña de Guerrero. México: INI/CONACULTA.
  • FAOSTAT, 2013. FAO Statstical Yearbook 2013. World Food and Agriculture.
  • Godfray y otros, 2010. Food Security: The Challenge of Feeding 9 Billion People. Science 327: 812-818.
  • Gregory, P. J.; Ingram, J. S. I., y Brklacich, M., 2005. Climate change and food security. Philosophical Transactions of the Royal Society of London. Biological Sciences 360: 2139-2148.
  • Millennium Ecosystem Assessment (2005). Ecosystems and human well-being: synthesis. Washington, DC: Island Press.
  • Moreno Calles, A. I.; Toledo, V. M., y Casas, A., 2013. Los sistemas agroforestales tradicionales de México: una aproximación biocultural. Botanical Sciences 91(4): 375-398.
  • Perfecto, I., Vandermeer, J., 2008. Biodiversity conservation in tropical agroecosystems – A new conservation paradigm. Annals of the New York Academy of Science, 1134:173-200.
  • Vitousek, P. M., 1994. Beyond Global Warming: Ecology and Global Change. Ecology 75: 1862-1876.

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