Fuente: La República

“En esas condiciones de desventaja psicológica, social y política para las mujeres, la meritocracia es una farsa”.

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Cuando personas como Federico Salazar se oponen a acciones afirmativas como la paridad, diciendo que se debe elegir por mérito y no por género, lo que la estructura masculina cultural dominante les hace imposible notar es que, precisamente, llevamos años eligiendo por género, el masculino; y que acciones de discriminación positiva como la exigencia de paridad lo que buscan es acabar con la vergüenza de seguir perpetuando esa discriminación por género.

Existe, de un lado, la discriminación por género-mujer al acceso de puestos de poder, y de otro, el sesgo psicológico-social-estructural de las sociedades para elegir mujeres para esos puestos de poder, así como de las mujeres para perseguir esos puestos. Ambos sesgos están conectados porque las mujeres históricamente no han tenido acceso al poder como los hombres y eso ha ido configurando una psicología social en la que las mujeres no son reconocidas ni vistas como merecedoras u ocupadoras de esos poderes. No porque no tengan las capacidades, sino porque no han ejercido mayormente esos poderes y por tanto las sociedades crecieron habituadas a la figura del hombre en esos puestos de poder. Las mujeres, las niñas, las jóvenes, difícilmente se aplicaban o siquiera proyectaban a alcanzar esos puestos porque los paradigmas generacionales heredados del poder aseguraban a los hombres en esos lugares. Cuando ha habido mujeres que han logrado sobresalir pese a esos paradigmas discriminadores han sido personas extra extraordinarias, por encima de la media ordinaria de cualquier hombre o mujer. Lo cual no significa que el resto que no llegó no tenga capacidades para hacerlo, como tampoco significa que todos los hombres que ocupan esos puestos tengan las capacidades para ejercerlos bien. Solo significa que en una estructura social de hegemonía masculina, mujeres excepcionales han podido retar la estructura discriminadora mientras hombres excepcionales, no excepcionales así como mediocres acceden con mayor facilidad a esos puestos que las mujeres.

Cuando Salazar dice que la paridad es una trampa porque obliga a los ciudadanos a elegir por género y a ser discriminados por género y no como ‘personas’, la trampa está en que la realidad difiere abismalmente de la idealización del concepto de representación que Salazar pone en el término ‘persona’ o ‘ser humano’. Ciertamente la Constitución define los derechos de las personas asumiéndose que en ese concepto de personas estamos todos y todas representados, pero en la realidad no es así. Cualquier estadística histórica o actual del poder público o privado, lo constata. El problema está en que esa persona universal (incluyente) a la que apela Salazar, en la realidad no es incluyente. En la realidad de las estructuras de poder político-social el término ‘persona’ ha sido representado ancestral y mayormente por un solo género: el masculino. Y las relaciones reales de poder, que de ello se han derivado durante centurias, son las que han degenerado en la exigencia femenina de equidad al acceso real de las esferas de poder y de equidad en la psiquis social que aún está hegemonizada por la masculinidad como símbolo y representante del poder. En esas condiciones de desventaja psicológica, social y política para las mujeres, la meritocracia es una farsa. Y como veremos en la siguiente columna, las leyes o acciones afirmativas como la paridad, articuladas con políticas públicas, son herramientas moldeadoras de un mensaje social de reconocimiento y justicia que inciden eventualmente en las preferencias y psicología de esa sociedad.

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