Fuente: Rebelión
Tomado de: Diagonal

La desigualdad en la sociedad de la información
Dos cumbres y un abismo
Por Gonzalo Abril Curto

Durante la década de la ‘sociedad de la información’, los noventa, se produjeron la expansión de las tecnologías informáticas, la generalización del ordenador como ‘metamedio’ que regula el funcionamiento de los demás medios electrónicos e impresos, la extensión a gran escala de la tecnored y la digitalización generalizada de la ‘exomemoria’ (Antonio Gª Gutiérrez) por medio de bases de datos. Se concibieron entonces esperanzas utópicas sobre el desarrollo de una inteligencia colectiva global, la democratización del conocimiento y de las formas de agrupación societal y política.

Un balance crítico de las dos cumbres de la Sociedad de la Información (SI), Ginebra 2003 y Túnez 2005, no autoriza hoy tanto optimismo. La sociedad civil ha sido un sujeto relevante de las cumbres, pero los Estados y los intereses privados (las multinacionales de la tecnología y del software, los grandes grupos mediáticos y multimedia, fuertemente monopolizados durante los últimos 15 años) son quienes han venido decidiendo el rumbo de la SI.

De los documentos de la I Cumbre se extraen conclusiones desalentadoras, por no hablar de su indigesta terminología: “ciberestrategias exhaustivas”, “optimizar la conectividad”, “parámetros objetivos”, “entorno habilitador”… Un lenguaje tan característico de la racionalización neoliberal y tan cercano a las jergas totalitarias que supone por sí mismo una agresión al potencial cognitivo y ético del lenguaje común.

Quizá se debería hablar de ‘sociedades de la información’, en plural, para salvaguardar la apertura a distintas prácticas y contextualizaciones de la información. Sin embargo, se ha impuesto la forma singular y mayúscula. Y en el Plan de Acción se subrayaba el modelo único con trazos de darwinismo social. Frente a una Declaración de los Pueblos Indígenas que reivindicó los derechos humanos y comunicativos, la diversidad cultural y la protección de los conocimientos, innovaciones y prácticas colectivas de los pueblos indígenas, vinculados también a la diversidad biológica, en el Plan resplandecía la mera lógica neoliberal del multiculturalismo, que sirve para despojar a la diferencia cultural de su potencia política.

Se proponía también diseñar tecnologías e interfaces informáticas sin texto “para atenuar los problemas que plantea el analfabetismo”, sugiriendo la postergación de las políticas educativas y culturales que han sido centrales en los proyectos ilustrados de modernización. Sin duda la alfabetización digital- audiovisual ha de ser una aspiración complementaria de la alfabetización lecto-escritural, pero no un sucedáneo. En general se prima la adquisición de equipamiento digital para asegurar el bien abstracto de la ‘conectividad’ sobre objetivos concretos de desarrollo de la libertad y del conocimiento. La mera promoción del ordenador –como el portátil a manivela que se le rompió a Kofi Annan en las manos, durante la II Cumbre– puede ser sólo marketing de las multinacionales de la informática. El fomento del hardware no tendría que ser prioritario sobre la difusión del software, ni la adquisición de equipos informáticos más importante que la de estrategias de conocimiento y aprendizaje, o de metodologías de cooperación. “Conectividad” no debe tomarse como sinónimo de comunicación ni de conocimiento, ni mucho menos de democracia. Pues podemos estar tanto peor comunicados cuanto mejor conectados.

Otro desiderátum de la I Cumbre era el de “aplicar estrategias de gobierno electrónico” en la administración y la gestión pública. Pero hablar de “gobierno electrónico”, es decir, calificar la forma de gobierno por la infrastructura técnica, es como hablar de “gobierno a vapor” para referirse al Estado victoriano. Una vez más se pone ideológicamente en primer plano el orden técnico-instrumental en menoscabo de la praxis política. Y el que nuevas prácticas tecnológicas y comunicativas pudieran servir no sólo para sanear sino eventualmente para modificar el marco actual de los procesos y de las instituciones políticas, ni se plantea.

Se alienta “a los medios de comunicación de prensa y radiodifusión (…) a que sigan desempeñando un papel importante en la SI”. Como si la mayoría de los medios masivos estuvieran hoy sirviendo a otra cosa que la desinformación, la exclusión, la simpleza, la “regresividad de la conciencia” (Blanca Muñoz) y el enquistamiento de la razón democrática en categorías huecas o en dictámenes nihilistas en los que coinciden, por hablar de nuestras latitudes mediáticas, la carca COPE con la progre PRISA.

En la I Cumbre, los países ricos insistieron en la criminalización de la copia y del compartimiento libre en la Red, como señaló DIAGONAL. En lugar de combatir, según su objetivo proclamado, la escandalosa brecha digital (el 15% de la población mundial dispone del 85% de todos los recursos de telecomunicación), los más poderosos se asocian para fortalecer el propietarismo y defender los intereses de las grandes empresas tecnológicas, como escribía Marcelo D’Elia Branco en este mismo periódico. El colonialismo digital parece superponerse a las restantes y muy vigentes formas de colonialidad del poder.

En fin, la SI conecta todo lo que sirve a la razón instrumental, pero desconectando a la vez lo que la estorba (Jesús M. Barbero). Basta con mirar a las alambradas cruentas de nuestra frontera africana para verificarlo.

Pero la ilusión de una completa ausencia de obstáculos, alentada por algunos críticos de la SI, tampoco es inocua: se está produciendo una especie de “fetichismo de la información” –como lo llama Gisela de Marco– que hace creíble la posibilidad de traducir todos los procesos culturales y sociales en términos de transmisión de información y que sacraliza ésta como un bien depurado, transparente y pacíficamente compartible. Me parece acertado decir de la información lo mismo que Woody Allen dictamina sobre el sexo, a saber, que sólo es sucio cuando se hace bien: la información sólo es buena cuando es turbia, híbrida, atravesada por la polisemia y por el ruido de las diferencias, polifónica, compleja. Siempre incompleta, ya que compartida, como la verdad. El modelo tecnopolístico de la información propugna, contrariamente, el cierre, la fluidez, la reversibilidad, la rapidez, la inocuidad, los atributos que permiten funcionalizar el conocimiento, la comunicación y el trato humano como ‘prestaciones’ tecnológicas y, por tanto, como mercancías.

Y no conviene confundir el marketin tecnológico, aun tuneado de humanitarismo, con el proyecto del universalismo ético y político.

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Gonzalo Abril es catedrático en la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid.

Diagonal

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