Fuente: Noticias SER.Pe


Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

El 3 de octubre de 1968, el general Juan Velasco Alvarado dio un golpe de estado contra el entonces presidente Fernando Belaúnde Terry, dando inicio al Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas. Este proceso, llamado por algunos académicos una “revolución peculiar” (Cfr. Hobsbawn 1971, Aguirre-Drinot 2017), tuvo un impacto profundo en la vida política del país, promoviendo numerosos cambios como la reforma educativa o la nacionalización del petróleo. La más significativa de las leyes declaradas por Velasco fue el Decreto Ley 17776 de la Reforma Agraria, del 24 de junio de 1969.

Algunos años antes, en 1962, la Junta Militar presentó un proyecto de Reforma Agraria en respuesta al movimiento campesino liderado por el líder trotskista Hugo Blanco en La Convención y Lares. Asimismo, en el segundo año de su primer gobierno, Belaúnde aprobó la Ley 15037, una mediatizada Reforma Agraria. De acuerdo con Matos Mar esta ley “la ley no significó una auténtica transformación de la estructura agraria, sino una medida política de concesión frente a la enorme presión campesina que se dejaba sentir a nivel nacional”. En contraste con ambas leyes precedentes, el gobierno de Velasco ejecutó su propia reforma siguiendo un plan de revolución nacional, que consistía en un cambio radical basado en “la transformación de las estructuras económicas, sociales y culturales del país”, como indica el primer párrafo del DL 17776.

La Reforma Agraria de Velasco consistió en la expropiación de haciendas en favor de los campesinos que trabajaban en ellas. Cabe resaltar que la hacienda fue un espacio necropolítico donde la vida de sus trabajadores era administrada por los gamonales. Como un ejemplo de las condiciones inhumanas de trabajo en las haciendas peruanas quisiera mencionar el testimonio de Juan H. Pevez, un líder campesino de Ica. En mayo de 1920, Pevez denunció las numerosas torturas sufridas por los campesinos en las haciendas iqueñas. En colaboración con otros líderes, Pevez propuso: “Eliminar los elementos de tortura que usaban cuando no realizaban los trabajos de la hacienda a satisfacción de los patrones. Los hacendados contaban con elementos de tortura como el cepo, la barra, el tortor y otros elementos terribles aparte de palos, látigos”. Debido a estos crímenes impunes, para Pevez la hacienda representaba “un estado pequeño dentro del Estado grande que era el Perú” (119), enfatizando así el poder de los hacendados para controlar y exterminar los cuerpos campesinos. Tales abusos fueron comunes en numerosas regiones del país hasta la Reforma Agraria velasquista. Por lo tanto, es importante señalar que Velasco liquidó un régimen de violencia colonial, promoviendo la reivindicación de las poblaciones campesinas/indígenas. Tal reforma no fue “por tanto, una ley de despojo, sino una ley de justicia”, tal como resaltó el propio Velasco en su mensaje de promulgación en 1969.

El gobierno militar confirió la propiedad de las tierras expropiadas a los trabajadores de la hacienda. Su objetivo fue incentivar la producción rural de acuerdo a su proyecto de modernización nacional. Con la Reforma se buscaba aumentar “la producción y la productividad del sector agropecuario” (Artículo 1, DL 17716). Con este objetivo, el gobierno creó cooperativas que introdujeron al campesinado dentro de una economía que se quería moderna, restringiendo su participación socio-política. La cooperativa significó la transformación de las haciendas en organizaciones productivas bajo el control del gobierno revolucionario. Además, esta reforma solo benefició a un específico sector del campesinado. Por ejemplo, quienes trabajaban en las haciendas y se integraron al sistema cooperativista, recibieron más préstamos y porciones de tierra para cultivar que los colonos o los simples comuneros de las comunidades indígenas adyacentes. En palabras de Cinthia McClintock: “Aunque la Reforma peruana hirió a los hacendados severamente, esta ayudó solo a un 10 o 15 por ciento del campesinado nacional, especialmente a aquellos de las haciendas costeñas y andinas que se convirtieron en CAPs y SAIS”. Siguiendo a Caballero y Álvarez en Aspectos cuantitativos de la reforma agraria (1980), las CAPs eran las cooperativas agrarias de producción, mientras que las SAIS se referían a las sociedades agrícolas de interés social, las cuales acumularon principales cantidad de tierras y préstamos.

Enfrentando estas circunstancias, la Confederación Campesina del Perú y su secretario general, Manuel Llamohja, plantearon duras críticas a Velasco, enfatizando el carácter autoritario de la reforma. En relación a este tema tenemos que recordar la creación del Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (SINAMOS) en 1971. Esta institución se encargó de diseminar la ideología nacionalista del estado, imponiendo su poder en el país, cooptando partidarios y simpatizantes. SINAMOS evidenció el interés por mantener la hegemonía de las Fuerzas Armadas. No es una coincidencia que fuera llamado “la aplanadora” en alusión a su radical campaña de adoctrinamiento, ignorando otras posiciones políticas. De acuerdo a Heilman, SINAMOS organizó la participación campesina en el proceso de la Reforma Agraria. Considerando estos factores, ¿cuál fue realmente el rol de los campesinos en este contexto? Para Hobsbawn, por ejemplo, los campesinos fueron sujetos pasivos dentro del proceso de revolución militar. No hay que olvidar además que entre 1962 y 1965 (según los datos de Béjar en 1973), los militares reprimieron numerosas guerrillas dirigidas por líderes socialistas en colaboración con los campesinos. En este sentido, la Reforma Agraria de 1969 trató de prevenir nuevas revueltas en los Andes, demostrando la capacidad militar para controlar insurgencias campesinas, tal como señalaron Bourque y Scott Palmer. Por lo tanto, el campesinado era visto como un grupo a ser dominado por las Fuerzas Armadas. Por ejemplo, planeando reducir las actividades políticas campesinas, el gobierno revolucionario declaró el Decreto Ley 19400 que buscó reemplazar las organizaciones campesinas por ligas y federaciones agrarias de corte nacionalista (Cfr. Heilman 2016: 134).

Manuel Llamohja escribió furiosos manifiestos contra las políticas agrarias del velascato, exigiendo “una verdadera reforma agraria de carácter antifeudal y anti-imperialista”. Asimismo, él declaró que los militares “hicieron reformas en sus respectivos países con la intención de calmar a las masas que luchan por su tierra y su liberación de los grupos de explotación capitalista” (en Heilman 2017: 152). Según este líder, la ley de reforma agraria velasquista proyectó reducir las luchas campesinas por la tierra, introduciendo cooperativas para controlar cualquier forma de violencia y desorganización. De hecho, dentro de las cooperativas “los representantes de los gamonales y el estado sobrepasaban a los representantes de los campesinos (Llamohja 2017: 134). De esta manera, solo el estado tenía autoridad para administrar los territorios campesinos. Llamohja también rechazó la ley de compensación, también llamada “la deuda agraria”, basada en la obligación campesina de indemnizar económicamente a los hacendados expropiados. Bourque y Scott Palmer comentan que esta ley exigía que los cooperativistas debían pagar por la expropiación de las haciendas a sus primeros dueños. En este sentido, mientras la ley agraria planeó que las tierras sean más prósperas y productivas, para muchos campesinos esta ley fue una amenaza para sus estilos de vida y sus modos de hacer política.

Sin embargo, en otros casos, los campesinos reelaboraron las leyes de Velasco de acuerdo a sus propias prioridades. Por ejemplo, Saturnino Huillca adoptó el discurso del velasquismo para obtener beneficios específicos para su comunidad en Cusco. A diferencia de Llamohja, Huillca se convirtió en un ícono del éxito de la Reforma Agraria, publicando un testimonio en el cual declaraba su admiración por Velasco. En el libro Huillca: habla un campesino peruano, en colaboración con Hugo Neira, él afirma: “Juan Velasco Alvarado es un hombre que hace crear una esperanza a nuestro corazones”. Luego, en referencia a la implementación de las cooperativas, señala: “Va a ser una institución de provecho para los campesinos. Es de mucho valor” (117). Finalmente, Huillca participó en Kuntur Wachana, una película dirigida por Federico García Hurtado que idealizaba al campesinado desde la perspectiva del Gobierno Revolucionario. El caso de Huillca ejemplifica cómo Velasco buscó incorporar y controlar la tradición histórica de los movimientos campesinos. Captando líderes campesinos dentro de sus líneas, el gobierno buscaba minimizar la influencia de los partidos de izquierda en los Andes peruanos. Así las cosas, podemos afirmar que una confrontación entre Velasco y la izquierda terminó por mermar las voces de los campesinos e indígenas. Es por esto que la tierra pasó a ser un modelo de productividad o un centro de revolución comunista, perdiendo sus valores ancestrales. Al respecto, el trabajo de Marisol de la Cadena en Earth Beings (2015) resulta fundamental para entender los desencuentros entre los actores involucrados en el proceso de Reforma Agraria. En un segmento de este libro, De la Cadena narra cómo para el líder campesino Mariano Turpo la tierra era un pariente y parte de sí mismo, mientras que para las autoridades se trataba solo de una porción de suelo entregada a los campesinos.

Con el objetivo de reforzar el poder de su retórica nacionalista sobre el campesinado, el gobierno revolucionario usó un intenso sistema de propaganda. Como recuerdan Aguirre y Drinot, en el libro The peculiar revolution (2017), este proceso incluyó “medios escritos, radiales y televisivos, afiches, canciones y festivales”. El artista peruano Jesús Ruiz Durand fue uno de los principales responsables por la estética de aquellos afiches, y que es conocida como “Pop achorado”. El sentido de lo achorado consistió en la representación de los campesinos como sujetos con energía y orgullo de su indigenidad. El artista ha indicado que su interés fue retratar a los campesinos más allá de los estereotipos de subalternos. No obstante, este tipo de representación siguió exotizando a las minorías de acuerdo a las políticas militares, tratando de integrar la multiplicidad social campesina dentro de un único bloque. En otras palabras, la representación visual del velasquismo es un ejemplo de una traducción colonial que subsume los cuerpos campesinos/indígenas, reduciendo su autonomía al convertirlos en símbolos revolucionarios. En este punto, la difusión de Túpac Amaru como ícono fue crucial para fortalecer el proyecto velasquista de integración nacional. De esta manera, el gobierno militar configuró una imagen de un indio/campesino permitido solo en ciertos niveles, con límites específicos de inclusión, prosiguiendo así anteriores representaciones como las del indigenismo de Augusto B. Leguía en la década del veinte. Si podemos hablar de un indigenismo velasquista,  este mantuvo una posición autoritaria y paternalista sobre los campesinos, considerando que ellos necesitaban la asistencia de representantes nacionales (desde burócratas hasta intelectuales) para trabajar sus tierras y ser incluidos en la nación.

La relación jerárquica entre los campesinos y el gobierno militar se puede apreciar claramente en la sustitución de “Indio” por “Campesino”. Velasco propusó este cambio como una forma de inclusión. Si “Indio” ha sido un sinónimo de pobre y subalterno en la historia peruana (como han apuntado Carlos Iván Degregori y Carmen Salazar-Soler), por su parte “campesino” buscaba reconocer los derechos del trabajador de la tierra. Sin embargo, el tránsito entre una y otra designación involucraba la reducción de una tradición india (política, ritual, cultural) en nombre de un proyecto de modernización que convertía a aquellos indios en trabajadores al servició del progreso de la nación. Sin negar su valor al acabar con el sistema necropolítico de las haciendas, no pueden soslayarse sus proyectos de homogenización del campesinado, sus leyes que buscaban controlar y reducir las organizaciones políticas campesinas.  Se hace, pues, necesario ahondar en la propia perspectiva, en el lugar de enunciación de los propios líderes campesinos/indígenas más allá de las idealizaciones letradas de la Reforma Agraria. En este punto, el testimonio de Manuel Llamohja, en colaboración con Jaymie Patricia Heilman, Now Peru is Mine (2016), es una lectura indispensable para dejar de pensar el proceso de Reforma Agraria a partir de un heroizado Velasco.

Seguir hablando de la reforma agraria solo desde una perspectiva nacional o letrada no hace sino develar nuestra mentalidad colonial, que nos impide comprender y escuchar las voces campesinas/indígenas que hablan por sí mismas, sin necesidad de ventrílocuos exotistas. Es urgente un proceso a la reforma más allá del entusiasmo o los rechazos grandilocuentes, del victimismo o las repeticiones de frases populistas. Solo así podremos recuperar la agencia política de los sujetos campesinos/indígenas que confrontaron, adaptaron, negociaron con las políticas reformistas iniciadas en 1969 y que siguieron impactando el mundo agrario en las siguientes décadas.

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