Fuente: Telos
Revista Fundación Telefónica

POR LUIS GABINO ALZATI

La música es uno de los instrumentos predilectos de los cárteles mexicanos para difundir sus acciones, relatos musicales que se convierten en contenidos virales en redes sociales y mensajería instantánea. Así rompen el cerco informativo que durante años ha impuesto el discurso oficial del gobierno federal en los medios de comunicación industriales y convencionales.

 


[ ILUSTRACIÓN: VÍCTOR COYOTE ]

México era un paraíso. El horizonte de prosperidad y abundancia se nubló a causa del miedo y la desazón que la violencia generada por los cárteles de la delincuencia organizada esparció como una peste que contaminó la raíz de la sociedad y la está minando lentamente.

Y aunque la creencia de que el narcotráfico siempre ha existido en México —ese “siempre” se refiere a principios de siglo XX, cuando el gobierno consideró ilegal el consumo de sustancias como la marihuana—, sus estragos no habían provocado una crisis social como la que se ha experimentado en los últimos 30 años con cientos de miles de muertos, miles de desaparecidos, pueblos fantasmas y un país sembrado con cuerpos enterrados en fosas clandestinas, entre otros resultados.

Los mexicanos nos acostumbramos a convivir con la violencia, pero no solo eso, también nos habituamos a consumirla a través de las noticias y de las producciones culturales como son: música, literatura, cine y series de televisión.

Ostentación y consumo desmedido

Para entender mejor el efecto que el narcotráfico y el crimen organizado tienen en la sociedad a través de los medios de comunicación, es necesario precisar qué se entiende por “narcocultura”. De acuerdo con la investigadora de El Colegio de la Frontera Norte, de México, Sayak Valencia, “la narcocultura es una forma de vida y socialización cotidiana que cuenta con elementos de distribución de sentido y pertenencia basados en una indumentaria abigarrada y costosa, un género musical popular (“narcocorrido”), un subgénero cinematográfico (videohome), unas prácticas de hiperconsumo ostentoso y un estatus social característicos” (Valencia, 2016).

En este sentido, el investigador Edgar Morín Martínez en su libro La maña (Morin, 2016), refiere: “Narco es un término muy corto para todo lo que implica. Lo mismo sustantivo o adjetivo calificativo, su presencia es cada vez más visible, a ratos híper-visible por la intervención de los medios de comunicación masiva y la propaganda gubernamental hecha spot…”.

Con su masificación y banalización, el estilo de vida de los narcos parece haber llegado para quedarse. Y con ellos una subcultura que nos inundó con términos y conceptos como narco; narcocorridos, sicario; matón; levantón, decapitación, cártel, buchón(a); capo; capisa; ondeado; loquear; perico; periquear; alinear o coquear; caspa del diablo; soda; doña blanca; harina o talco; yerba; mota; motero; mariguanero(a); gallo; goma; dormilona, dormidera, chiva, caldo y caldear; pasta, cachimba; cuero de rana; billete verde; pacas; kilos; lavado; blanquear; coronar; traficar; poner dedo o sapear (de sapo o delator); descabezamiento; torturación; pechera y empecherado (que usa chaleco antibalas); cuerno; fierro; papa (granada); piso; darle piso; frío; enfriar; tumbar (matar); plomear; topar; topón; topada.

El narcocorrido, entendido como las canciones que narran las historias de vida de traficantes y sus grupos delincuenciales, se convirtió en la versión popular de las noticias

La investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana en Ciudad de México, Gloria María Cervantes, maestra en Ciencias del Lenguaje y coordinadora del grupo de investigación Discursos Sociales y Comunicación, sostiene que no se trata solo de términos, sino de un nuevo discurso que emerge del imaginario de la gente y que se ha modificado a partir de las experiencias derivadas de la violencia vinculada al crimen organizado.

La narcocultura es reflejo de una cultura de consumo promovida tanto en medios de comunicación industriales como en internet, donde el estilo de vida de los narcotraficantes se difunde a través de canciones y vídeos que exponen sus elementos simbólicos: armas, autos y camionetas de lujo, joyas, alcohol, fiesta, mujeres trofeo y dinero.

Como el reflejo en un espejo, la industria cultural ha recreado esta realidad con resultados exitosos en términos de rentabilidad económica y elevadas audiencias multinacionales que se aproximan a esta problemática a través de la narrativa impuesta por las empresas del espectáculo que producen series, novelas y películas sobre el narcotráfico. Basados muchas veces en acontecimientos reales, estos contenidos han contribuido a facilitar el acceso de la población a la visión del mundo desde la perspectiva de la industria criminal.

La historia del narco ha fascinado a los creadores: guionistas, escritores, actores y músicos, se han volcado en recrear la vida y hazañas de estos personajes. Su discurso se ha convertido en una versión aceptada por el público que contrasta o complementa dicha información con la que plasman los medios en las noticias, donde el narcotráfico ha tenido un papel preponderante.

Control y censura oficial en medios

Por otro lado, para impedir que los grupos delincuenciales y cárteles impusieran su agenda, en los medios de comunicación se impulsó El Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia en México: un intento fallido de autorregulación, que buscaba controlar la información que se publicaba con respecto a las acciones violentas llenando páginas y portales con partes oficiales. El corazón de dicho documento consigna que México vive una situación de violencia sin precedentes que ha rebasado al Estado y por lo tanto los medios de comunicación deben asumir un papel central en la regulación de los contenidos informativos para evitar hacer proselitismo de hechos violentos del crimen organizado.

En la Etnografía de medios: la retórica de la guerra contra el crimen organizado en la prensa nacional, El Universal, La Jornada y Reforma de 2008 a 20121, escrita por María Alejandra Dorado Vinay y coordinada por Fernando Escalante del Colegio de México, se expone la manera en que el Estado convirtió el combate a los grupos delincuenciales en su principal tema de agenda pública. Se trató de encauzar dicha agenda centrándose en las acciones del gobierno federal y en la captura o abatimiento de los principales objetivos —líderes criminales— no en ocultar el hecho de que México vivía un derramamiento de sangre.

La respuesta de los medios de comunicación a la barbarie fue pobre y limitada, puesto que, como señala Dorado: “La prensa mexicana construye la realidad social en una condición histórica de falta de iniciativa para generar sus propias estrategias informativas y, sobre todo, sus propias narrativas”, lo cual resultó decisivo para la forma en que se construyó la narrativa de la guerra contra el crimen organizado durante el sexenio antepasado.

Esta “falta de iniciativa” fue aprovechada por el gobierno federal para delinear su propia narrativa del combate a los criminales. En los medios hegemónicos, y principalmente en los asentados en la capital del país, prevaleció la versión oficial y monopólica de la federación. Los medios de comunicación estatales, y de manera específica los medios regionales, no han escapado a la influencia del crimen organizado que los utilizó para promover y difundir las notas que convenían a sus intereses. Esto ha sido documentado ampliamente por periodistas de todo el país.

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