Fuente: La República

“El padre presente, romantizado, afeitado al ras, es también una ilusión”.

En un mundo donde millones de varones que han procreado brillan por su ausencia, es curioso que la figura de la paternidad sea imaginada aún tan idílicamente.

Como mi padre fue de Sendero, que lo hayan desaparecido acaba siendo una especie de beneficio. Imagino alguna autoridad pedir una ley prohibiendo celebraciones familiares de los terroristas o sus parientes, vivos, muertos o por nacer y suspiro aliviado.

Pero mi caso, extremo, no deja de reflejar otros. La figura del patriarca, cabeza de hogar, orgulloso y viril, duro como una roca, es antigua y, a su vez, cárcel e ilusión.

Cárcel porque el varón pretende fundar su autoridad en una relación amenazante donde intercambia protección y provisión para “su” familia a cambio de obediencia y prestigio. Sin embargo esa autoridad no la puede ejercer porque en realidad es un ser débil, que no controla su destino y al que el mundo le recuerda a cada instante que es poca cosa. Ser varón es un proyecto condenado a la frustración. Y como broma cruel, el sistema que lo minimiza le exige que cumpla con ser un macho alfa.

El padre presente, romantizado, afeitado al ras, es también una ilusión. ¿Cuántas madres solteras se hacen cargo de sus familias? En este presente donde se viola y se abandona como jugando, ¿para qué mentirnos sobre esta “figura insustituible”? ¿No será mejor reconocer la diversidad de familias y valorar a quienes cumplen los roles de cuidado y crianza, independientemente de las identidades y celebrando el afecto