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Nuestra forma de pensar no es tan libre como podríamos esperar. Por ejemplo, si a una persona le pedimos que imagine un color y nos lo diga, difícilmente podremos acertar su respuesta. Pero, si le pedimos que nos diga un color que le venga a la mente tras escuchar la palabra cielo, muy probablemente la respuesta sea azul.

El conjunto de neuronas que codifican el concepto de cielo y el que codifican el color azul comparten muchas conexiones, por tanto, si estimulas una de estas áreas, es muy fácil que los impulsos eléctricos pasen por las conexiones y estimulen la otra área. Estas dos áreas han sido ligadas debido a que en la vida cotidiana ambos conceptos se nombran o perciben, con frecuencia, de forma conjunta. Mantener estos dos conceptos ligados dependerá de la frecuencia con la que las conexiones se usen, liberando moléculas que desencadenan una respuesta fisiológica que promueve el mantenimiento de estas conexiones en concreto. Si dejan de usarse, con el tiempo las conexiones se pierden, cayendo en el olvido o en un cambio en la forma de pensar, aunque los conceptos en concreto puedan mantenerse, ya que continúan siendo usados en otros procesos.

El aumento en los niveles de conexión entre dos grupos neuronales que codifican conceptos, se produce por la liberación de factores de crecimiento neuronal. Estas sustancias se producen debido un uso elevado de las conexiones, o en ciertas áreas, debido a factores genéticos que predisponen la conectividad. El primer caso, por ejemplo, estaría relacionado con los eventos traumáticos, los cuales quedan muy fijados en nuestros recuerdos para evitar que vuelvan a ocurrir e impregnan gran parte del cerebro, a veces provocando que cualquier estímulo de la vida cotidiana nos recuerde al suceso traumático.

El cerebro humano es una herramienta para mantener al cuerpo y, en última medida, a sus genes, que están sujetos a las leyes de la evolución. Su arquitectura básica está diseñada por las largas épocas prehistóricas, donde se forjó la personalidad humana profunda, desde nuestra agresividad natural a la preferencia por ciertos colores. Durante milenios, los humanos formaron tribus dentro de las cuales existía la cooperación, pero entre las cuales la rivalidad era un fenómeno muy común. Un comportamiento agresivo entre tribus era altamente ventajoso evolutivamente, adaptando al cerebro para este fin. Esto lleva, por ejemplo, a que estemos más capacitados para detectar diferencias entre culturas que similitudes, o a que tengamos una afinidad por formar grupos sociales con gente que piensa como nosotros. Así pues, podemos decir que, genéticamente, tenemos una especie de predisposición a ser racistas o poco tolerantes con culturas diferentes, especialmente en sociedades o épocas donde no gobierna el estado de bienestar. La concepción de que una idea o forma de pensar es buena o mala se decide en nuestra mente, generalmente, sin ser corroborada por algún sistema físico externo no ligado al pensamiento humano.

Que creamos que nuestra forma de pensar es la mejor, depende de una complicada interacción de estímulos neuronales, los cuales retroalimentan algunos puntos de vista y silencian otros hasta obtener la sensación de que todo cuadra. Es un proceso similar al de pensar en azul tras escuchar la palabra cielo, pero increíblemente más complejo. Sin embargo, la calificación de que una idea es buena es muy subjetiva, similar a un autoconvencimiento involuntario. ¿Importa que nuestra idea sea mejor que las demás?, realmente no. Lo que importa es que nuestro cerebro crea que es la mejor. De esta forma existen creencias en fenómenos que no son reales, como pueden ser los fenómenos religiosos o espirituales, fáciles de desmentir con simples análisis físicos ajenos a las mentes humanas. En caso de conflictos políticos graves, nuestro cerebro muy fácilmente procesa la información como lo hacía en épocas de guerras tribales, ya que en gran parte está diseñado para tal fin.

La estimulación de estas redes neuronales retroalimenta a otras, impregnando a todo el cerebro y cambiando nuestra personalidad, entrando en un bucle en el que justificamos actos como la venganza, el asesinato o la superioridad de ciertas formas de ver el mundo. Fisiológicamente, el cerebro tiene avidez por estimular estas regiones mentales y cualquier idea que las estimule, mientras más o menos encaje en nuestra mente, muy fácilmente se quedará grabada en ella.  Las áreas cerebrales que promueven el odio y la venganza nos predisponen a un mal social, incluso sabiendo que reprimiéndolas y creando pactos obtendríamos una mejora social. Las promesas de un mundo mejor fácilmente arraigan en nuestro cerebro, aun sabiendo que si las analizamos fríamente parecen muy poco probables.

La aparente realidad es una interpretación cerebral y la verosimilitud de una idea es un estado mental. Antes de modificar nuestra existencia en base a una idea, deberíamos de preguntarnos si la aparente verosimilitud de esta idea se debe a un engaño de nuestra mente o puede ser comprobada por sistemas físicos independientes a nuestra forma de pensar.

Ideas nacionalistas, violentas o de confrontación

Las ideas que nuestro cerebro interpreta como más verosímiles se almacenaran mejor en nuestra mente, desencadenando una serie de procesos mentales que con frecuencia nos llevaran a comunicarlas a otras personas. La verosimilitud de una idea, desgraciadamente, no se obtiene analizándola con datos físicos externos a las mentes humanas, sino con frecuencia se obtiene por simple razonamiento con conocimientos previos, sin necesidad de que estos sean fieles a la realidad física del mundo exterior. Lamentablemente, nuestro cerebro no es igualmente exigente a la hora de testear la verosimilitud de todas las ideas, y es mucho más laxo por ejemplo en las ideas que nos gustaría que fueran reales, las que nos ofrecen un mundo mejor, o las que estimulan áreas cerebrales “primitivas”.

Nuestra especie ha evolucionado para tener una arquitectura cerebral que favorece la violencia y la formación de grupos con formas de pensar similares. Estas características fueron imprescindibles para mantener vivos a los humanos durante miles de años en tiempos prehistóricos, donde las tribus de reducido tamaño eran las principales unidades sociales. La escasez de recursos, con frecuencia, confrontaba tribus, y no es raro pensar que las que incluyeran ideas más “nacionalistas, violentas y conflictivas”, tuvieran más victorias que las otras. La evolución ha diseñado cerebros con una predisposición a conflictos bélicos y nuestra historia está llena de ellos.

De la misma forma que una idea puede ser desmentida al compararla con datos físicos ajenos a nuestra mente, que al fin y al cabo modifican la circulación de los impulsos neuronales que crean la idea, una predisposición a las guerras puede ser mitigada por mentes llenas de conocimientos, capaces de atenuar fisiológicamente las redes neuronales genéticamente fijadas que nos lleva a la necesidad de vengarnos, asesinar o despreciar a quien es diferente a nosotros.

Nuestra mente, en épocas de malestar social, está deseosa de recibir ideas populistas y bélicas, pero una mente llena de conocimientos es menos susceptible a dejarse llevar por nuestros pensamientos más primitivos genéticamente fijados.

 

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