Fuente: El Comercio

“Su cuerpo, muy delgado, daba cuenta de la batalla que nos haría perder a uno de los intelectuales de excelencia”.

Gonzalo Portocarrero

“El tratamiento de la enfermedad que lo aquejaba lo hacía llevar un sombrero para cubrir su cabeza del sol del mediodía, que ya hacía meses que había sido despojada de sus cabellos”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

Hace algo más de un año, Gonzalo y yo nos reunimos para almorzar y gozar de una conversación largamente postergada. Me sorprendía que hubiese llevado a la práctica la idea de organizar un grupo de estudio, teniendo como base el libro “Dioses y hombres de Huarochirí”. Como lo comprobé asistiendo a algunas de las sesiones, los reunidos (una veintena o más) proveníamos de diferentes carreras universitarias, de diferentes ocupaciones laborales, de diferentes edades, y de diferentes intereses con respecto a los mitos andinos. Por ello, el conocimiento de los congregados era, por decirlo de manera simple, muy irregular.

“Dioses y hombres de Huarochirí” no es un libro fácil. Para empezar, el original está escrito en quechua, y data de finales del siglo XVI o comienzos del XVII. No se conoce a su autor. Un extirpador de idolatrías lo tenía en su biblioteca, y posiblemente alentó y financió su redacción, para conocer de cerca las herejías y supersticiones que se adjudicaban a los indígenas.

De cualquier manera, el de hace un año fue un almuerzo para reencontrarme con Gonzalo antes que uno para hablar sobre el grupo de estudio, que se autotitulaba Los Zorros, en recuerdo de José María Arguedas. Las sesiones tenían como espacio de reunión la casa generosa de Rafael Tapia, amigo y admirador de Portocarrero. Rafael fue responsable del Fondo Editorial del Congreso del Perú, en una época de feliz recuerdo para los intelectuales. Por razones incomprensibles se le removió del cargo y pasó a otra dependencia del Congreso.

Gonzalo me habló largamente sobre la aventura de este grupo de estudio, “que surgió más por una necesidad que por una idea rectora”. Su quehacer corresponde a lo que escribió alguna vez: el Perú es un país que quiere ser nación, pero la propuesta del criollismo que nació con la independencia no basta. Y cito su libro para confirmar mis recuerdos: “El reclamo de privilegios mina la vigencia de la igualdad. Y la solidaridad está también interferida por el racismo”.

El tratamiento de la enfermedad que lo aquejaba lo hacía llevar un sombrero para cubrir su cabeza del sol del mediodía, que ya hacía meses que había sido despojada de sus cabellos. Su cuerpo, muy delgado, daba cuenta de la batalla que nos haría perder a uno de los intelectuales de excelencia. Aun así su mente, criterios y palabras me sonaron lúcidas y de claridad absoluta, lo que me explicaba su capacidad de liderar estudiantes y colegas, desde mucho tiempo atrás.

No me sorprendió que “La urgencia por decir ‘nosotros’” estuviera presidido por una cita de Javier Heraud, otro amigo que se fue muy pronto, siguiendo un sueño imposible. Me suenan muy apropiados los versos elegidos por Gonzalo para anunciar las ideas que inspiraron sus libros: “Porque mi patria es hermosa […] yo hablo y la defiendo con mi vida”.

Alguna vez me llamó Alberto Flores Galindo para proponerme que llevase a un evento los temas de psicoanálisis e historia que empezábamos a trabajar con Max Hernández, Moisés Lemlij y Alberto Péndola, bajo la protección de María Rostworowski. No quise hacerlo porque recién asomábamos a esa experiencia interdisciplinaria y no quería pisar un terreno que me parecía todavía frágil. Alberto se divirtió con mis vacilaciones, y me dijo que solo cabían audacias intelectuales o nos quedaríamos en fuera de juego, bromeando sobre mi afición al fútbol. Los dos nos reímos.

Ahora que la muerte de Gonzalo trae de nuevo el recuerdo de Flores Galindo, el grupo de Los Zorros ha probado que el caminar solitario de las ciencias humanas no existe, y que el diálogo interdisciplinario es la opción de supervivencia y sabiduría.

Como no podría ser de otra manera, también hablamos de Sendero Luminoso, aunque en ese tema, él fue quien preguntó más, a pesar de que ha escrito un libro sobre el tema, y yo apenas concluí un corto informe, que fue parte del trabajo de la Comisión Vargas Llosa. Pero coincidimos en apreciar que uno de los mejores análisis fue hecho por otro de nuestros amigos, también desaparecido, Carlos Iván Degregori. Todavía es válida su propuesta de que la guerra interna era el producto del encuentro de una élite universitaria provinciana con una base social juvenil –también provinciana–. Dicha élite usaría las concepciones jerárquicas y autoritarias del gamonalismo, pero sus miembros buscarían en el marxismo-leninismo la explicación del mundo presente y del futuro. El impacto en los jóvenes salidos del colegio, al que apenas tuvieron acceso sus padres campesinos a quienes no seguirían en sus tareas como medio de vida pero cuya supervivencia laboral en el mundo urbano era casi imposible, los llevó a la ilusa alternativa que ofrecía Sendero. Gonzalo tuvo algunas críticas a lo desarrollado por Degregori, pero ambos reconocimos la importancia de su trabajo.

Otra preocupación que vino a la mesa fue el descontrol de la educación escolar, sobre lo que también Gonzalo tiene otro libro. Nos dolía la pérdida de organización de los cada vez más disminuidos cursos de ciencias sociales, literatura o cualquier otro conocimiento que se apartase de las “ciencias duras” en primaria y secundaria. La sola mención de este calificativo nos indica el espacio al que se ha reducido la necesidad de pensar en nosotros (para decirlo a la manera de Gonzalo). Lo veo en los cursos del primer ciclo de pregrado, en la universidad. Si en mis clases pregunto por Cervantes o por Palma, lo único que veo en las caras de los alumnos es un total desconcierto.

Releo lo que acabo de escribir y reparo en que no solo he pensado en Gonzalo y en lamentar su muerte, sino que he traído a mi memoria también a otros tres colegas y amigos que ya se han ido, y que extrañaremos por todo lo que nos dieron. Mi abuela diría que Dios los tiene en su gloria. Yo preferiría que todavía nos acompañen en nuestro purgatorio.

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