Fuente: El Comercio

“Gonzalo tenía una capacidad para interesarse por todo y para conversar con todos por igual”.

Gonzalo Portocarrero
“Gonzalo nunca hablaba desde un lugar determinado: nunca se atrincheró en su propia disciplina y, más bien, siempre combatió todo feudo disciplinario o toda defensa particularista”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

Gonzalo Portocarrero debía publicar hoy su columna quincenal, como venía haciendo desde hace mucho. Ahora que ya no está con nosotros, y en su homenaje, uno de sus mejores amigos le escribe a él.

La interdisciplinariedad no puede ser entendida como un simple “diálogo” de disciplinas sino como la deconstrucción de la propia disciplina a partir de los aportes y las perspectivas de todas las demás. Desde esa premisa, Gonzalo Portocarrero entendió siempre su propio trabajo como maestro universitario y como sociólogo. Para él, la sociología se enriquecía utilizando herramientas provenientes de la historia, de la filosofía, del psicoanálisis, de la literatura y de la teoría crítica contemporánea. Si hoy todos reconocemos el alto valor académico de sus ensayos, es justamente por su radical heterodoxia. A diferencia de lo que hoy suele suceder en algunos sectores de la universidad peruana, Gonzalo nunca hablaba desde un lugar determinado: nunca se atrincheró en su propia disciplina y, más bien, siempre combatió todo feudo disciplinario o toda defensa particularista.

Cuando regresé al Perú en el 2000, yo ya conocía a Gonzalo, pero recién en esa época comenzamos a hacernos verdaderos amigos y construir un profundo diálogo intelectual del que, sin duda, fui el más beneficiado. De manera incansable, armamos distintos grupos de lectura, participamos de varios eventos, organizamos muchos seminarios, escribimos artículos juntos y editamos varios libros. Gonzalo, por su parte, lideraba el grupo de los “zorros” (que tanto quiso) y desde ahí promovía el trabajo en equipo. Todo ello terminó por materializarse en la necesidad de construir una maestría de estudios interdisciplinarios. Recuerdo muchas reuniones al respecto y sobre todo discusiones en torno a cómo debería llamarse. Al principio, yo no estaba tan seguro de llamarla “Estudios culturales” porque intuía los prejuicios y estereotipos existentes (pensábamos en “Sociología de la cultura”, “Crítica cultural”), pero Gonzalo me dijo insistiendo: “Los estudios culturales son ya un campo internacionalmente establecido del que tenemos que ser parte. Será nuestra manera de dialogar con la academia contemporánea”.

Además de sociólogo, Gonzalo fue un agudísimo crítico de arte. Hoy recuerdo grandes conversas sobre los cuentos de Clarice Lispector, sobre muchas películas de cine, sobre artistas de la plástica actual, sobre la poesía peruana y sobre Ana Karenina que leímos juntos durante un verano. Muchas de estas imágenes servían para retar a distintas teorías sociales que, durante los últimos 20 años, leímos y discutimos juntos con mucha pasión. A mediados de los 2000, cuando esa práctica todavía no era común en la universidad, le propusimos a la Facultad de Letras dictar un curso sobre autores que partían del marxismo pero que lo reescribían o reinterpretaban a partir del postestructuralismo, las enseñanzas lacanianas o la reconsideración poscolonial. Juntos armamos un sílabo y tuvimos la suerte de que se matricularan alumnos brillantes. Con sorpresa, y con el pasar de las semanas, este curso se fue poblando no solo de nuevos alumnos interesados sino de colegas como nosotros. Muchos de los que estuvimos ahí no podremos olvidar jamás ese semestre.

El año pasado, cuando solía visitarlo en su casa, Gonzalo me comentaba desconcertado sobre el nuevo positivismo imperante en la academia actual. Juntos recordamos una notable frase de Mariátegui, autor que Gonzalo admiraba tanto: “El racionalismo no ha servido sino para desacreditar a la razón”. No quiero, en este caso, seguir contando hechos y, menos aun, puedo ahora simbolizar todo lo que Gonzalo nos deja. Pero sí me gustaría añadir su capacidad de interesarse por todo y para conversar con todos por igual. A Gonzalo Portocarrero lo recordaremos con todo el corazón: por su entrañable horizontalidad para ser intelectual, para ser maestro y gran amigo. La práctica de la horizontalidad es uno de sus grandes legados. La muerte es la muerte, es cierto; pero quizá haya algo que no muere. A través de tus libros, ten por seguro que seguiremos hablando de muchas cosas, “compañero del alma, compañero”. 

Nota del editor: una versión de este artículo fue publicada en “.Edu”, publicación interna de la PUCP, el 25 de marzo del 2019.

 

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