Fuente: La República

Gonzalo nunca llegó a reconciliarse con el sentimiento de sentirse privilegiado en un país donde tanta gente no tiene ninguna oportunidad. Canalizó ese conflicto con un compromiso con los de abajo.

Los elogios a la inteligencia, lucidez e integridad de Gonzalo Portocarrero vertidos en las redes sociales por su partida sólo son superados por los elogios a su cualidad fundamental: era un hombre bueno.

Alberto Flores Galindo y Gonzalo Portocarrero eran un año menores que yo, pero fueron mis profesores. Al terminar la universidad opté por la militancia política y se produjo un desfase con mis coetáneos que marcharon al extranjero para seguir estudios de posgrado. Conocí a Tito y Gonzalo cuando entré a estudiar el posgrado de Sociología y ellos retornaban de Europa, luego de haber obtenido sus doctorados. Gonzalo fue mi profesor en un seminario sobre El capital de Carlos Marx y pude disfrutar su sólida formación intelectual durante ese semestre.

Gonzalo era profundamente riguroso en sus empresas intelectuales y cuando lo conocí estaba dedicado a estudiar la economía marxista. No se quedó en Marx y profundizó sobre temas altamente especializados, como la teoría de los ciclos económicos y las curvas de Kalecki. Tampoco se quedó en el marxismo y continuó buscando permanentemente, abordando nuevos temas desde nuevas perspectivas. La cultura se convirtió en un tema fundamental en su obra, presente en sus estudios sobre las clases medias limeñas, el racismo, la corrupción, las mentalidades. Y por supuesto en la fundación del posgrado de Estudios Culturales que él organizó y dirigió en la Universidad Católica.

Un texto que considero clave dentro de su evolución intelectual es el ensayo Castigo sin culpa; culpa sin castigo, publicado en 1986. Éste texto fue resultado de un esfuerzo por tender puentes entre el marxismo y el psicoanálisis. En Castigo sin culpa… Gonzalo, partiendo de una reflexión sobre el trauma de la captura de Atahualpa en Cajamarca y el fin del mundo prehispánico autónomo, abordó explícitamente una cuestión que creo que atraviesa toda su producción en adelante: la culpa.

La producción de Gonzalo tiene una impronta introspectiva que se fue acentuando con el tiempo. En él la culpa tiene una dimensión eminentemente social, como lo evidencia un ensayo en que rememoró una experiencia infantil profundamente significativa. En el colegio particular religioso donde estudiaba, un profesor les habló de la abolición de la esclavitud decretada por Ramón Castilla, abordando la inicua condición social de los esclavos. La exposición perturbó profundamente a un auditorio formado por niños, casi adolescentes, rubios, provenientes del estrato social privilegiado del país y la forma cómo canalizaron su desasosiego fue dándole una tunda a un compañero de estudios mulato. Gonzalo nunca llegó a reconciliarse con el sentimiento de sentirse privilegiado en un país donde tanta gente no tiene ninguna oportunidad. Canalizó creativamente ese conflicto a través de un compromiso firme y permanente con los de abajo, los ninguneados, los ofendidos.

Sus estudios sobre “la sociología del mal”, la violencia y la corrupción, Abimael Guzmán y Vladimiro Montesinos merecerían más espacio. Me quedo con la producción libérrima recogida en su libro Oído en el silencio. Ensayos de crítica cultural, donde recoge textos sorprendentes e incitantes, varios de ellos elaborados para su blog. “Un blog es como un huertito en el ciberespacio”, escribió.

Si un autor vive mientras tiene lectores, a Gonzalo Portocarrero le espera una larga vida. Personalmente lo tendré siempre presente no como un santo de juicios infalibles, por encima del bien y del mal, sino como ese amigo de una inmensa humanidad, con el que seguiré conversando siempre.

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