Fuente: La República

El poder intoxica a niveles altamente adictivos. Va generando una sensación de omnipotencia.

Una parte considerable del aluvión de acusaciones de corrupción en nuestro país se debe a las delaciones premiadas provenientes de Brasil, como sabemos. Otra tajada importante de ese pastel proviene del trabajo de fiscales y jueces peruanos, así como periodistas. Todo esto está produciendo una situación inédita, que acaso supera a lo ocurrido a fines del siglo pasado y comienzos de éste, cuando comenzaron a salir a la luz las corruptelas del fujimontesinismo.

Cabe preguntarse entonces: ¿si los corruptos en los ámbitos político, judicial, estatal y empresarial ya sabían que esto podía suceder –varios, como Fujimori y Montesinos, continúan en prisión– por qué tropezaron de nuevo con la misma piedra?

Una probable explicación de esta “repetición de la historia” sería que las aguas parecían haberse amansado. Toledo, quien accedió al poder como abanderado de la lucha anticorrupción –pese a sus evidentes mentiras en el ámbito personal, como el rocambolesco episodio del Hotel Melody– sucumbió muy pronto, como sabemos ahora, a los cantos de sirena de las grandes coimas. Su esposa mostró desde un inicio su talante descarado con el asunto de los pagos del Banco Wiese, a cambio de supuestos informes que nunca existieron. Algo similar hizo Nadine Heredia con las empresas de Martín Belaúnde.

La lista es interminable: las conferencias de Alan García, la “muralla china” de PPK, la carretera interoceánica, la irrigación de Olmos, la línea amarilla, etcétera. Sin olvidar Comunicore, el modelo inventado por Castañeda que hoy los miraflorinos vemos con preocupación organizarse en nuestra comuna. El mismo elenco de la Municipalidad de Lima se ha instalado en el local del Parque Kennedy. El mudo se ha mudado, por interpósito alcalde.

Pero falta un ingrediente que complementa esta corrupción sistémica: el poder, como lo acaba de demostrar el tosco acoso en el que lo han pillado a Lescano, intoxica a niveles altamente adictivos. Gradualmente, va generando una sensación de omnipotencia que nadie encarna con mayor grandilocuencia que Alan García: “Nunca me atraparán en un acto de corrupción”.

La omnipotencia lleva muy pronto a una masiva percepción de impunidad, como lo demuestra la frase desafiante citada en el párrafo anterior. Lo demás ya lo hemos visto. Y lo volveremos a ver.

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