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Una recomendación de Arturo Manique.

Presentación

LA HIPERESPECIALIZACIÓN –DE LA QUE, EN BUENA CUENTA, ES PRODUCTO-, LA FALTA DE COMPROMISO SOCIAL Y LA DESCONEXIÓN CON LAS DEMANDAS DE LA CIUDADANIA, HAN TORNADO IRRELEVANTE LA “CIENCIA POLÍTICA”.

Max Weber, en “El político y el científico”, entre otras cosas, cuestionó la viabilidad de una “ciencia política” que, por entonces, estaba en boga en Alemania, abocada precisamente a la política social. Él optó, más bien, por una distinción rigurosa entre la actitud científica y el comportamiento político. En este marco, una persona puede desempeñar ambos roles, pero observando siempre su comportamiento en el desempeño de uno y otro rol, sin confundirlos. La “colonización” de la política por la autodenominada “ciencia política” no estaba prevista en la argumentación de Weber. La planificación social, con apoyo de la ciencia social o la sociología, era tolerada, en el mejor de los casos, como “ciencia aplicada”, pero respetando la autonomía de los decidores políticos, que se rigen por distintos criterios. La autodenominada “ciencia política” surge como resultado de la hiperespecialización en el momento en que este paradigma científico, ya obsoleto, empezó a ser cuestionado. Los resultados están a la vista y este artículo describe bien lo ocurrido. (Arturo Manrique Guzmán)

 

Cómo la ciencia política se ha vuelto irrelevante. Por Michael C. Desch

Este artículo fue publicado el pasado 27 de febrero. En él, su autor – Michael C. Desch- denuncia la creciente irrelevancia de los estudios cuantitativos de la ciencia política y su inutilidad para los decisores públicos. Discursos como el de las ‘políticas públicas’ -nacidos en el corazón de la moderna ciencia política- se han vuelto vacíos, incomprensibles para los ciudadanos y para los políticos, cuando no una pantalla para ocultar intenciones inconfesables.


MICHAEL CHARLES DESCH, PROFESOR DE RELACIONES INTERNACIONALES EN LA UNIVERSITY OF NOTRE DAME

En un discurso pronunciado en 2008 ante la Association of American Universities, el antiguo presidente de Texas A&M University y por entonces Secretario de Defensa, Robert M. Gates, afirmaba que «debemos abrazar otra vez a los intelectuales y a las ideas». Al mismo tiempo recordaba el rol de las universidades durante la Guerra Fría como «centros vitales para la nueva investigación». El difunto Thomas Schelling habría estado de acuerdo con esta opinión. El economista de Harvard y Premio Nobel alguna vez habló de «una demanda sin precedentes para los resultados del trabajo teórico», y de que «a diferencia de cualquier otro país, los Estados Unidos han tenido un gobierno permeable no solo a las ideas académicas sino también a los académicos».

Los esfuerzos de Gates por achicar la brecha que separa a Beltway (el corazón urbano de Washington DC) y la torre de marfil se hicieron visibles en un momento en que tal distancia se hacía más grande. A decir verdad, esta brecha ha seguido creciendo en los últimos años. De acuerdo con una encuesta de Teaching, Research & International Policy Project -un trabajo regular de los estudiosos de las relaciones internacionales- muy pocos creen que no deberían contribuir de algún modo a la formulación de políticas. Sin embargo, una mayoría también reconoce que los enfoques más avanzados de las ciencias sociales académicas son precisamente aquellos que los policy-makers encuentran menos útiles. Una encuesta relacionada llevada a cabo entre los principales responsables de la toma de decisiones en materia de seguridad nacional confirmó que, en su mayor parte, las ciencias sociales académicas no proporcionan a los decisores públicos lo que quieren.

El problema, en pocas palabras, es que los académicos privilegian cada vez más el rigor sobre la relevancia. Esto se ha hecho notoriamente evidente en el subcampo de la seguridad internacional (la parte de la ciencia política que alguna vez logró equilibrar esas tensiones con mayor éxito), y que ahora ha penetrado totalmente a la ciencia política en su conjunto. Esta combinación sesgada de prioridades intelectuales -y la transición de nuestra disciplina hacia el culto de lo irrelevante- es el resultado no deseado de su profesionalización.

La importancia decreciente de la ciencia política se enfrenta a un optimismo generalizado y duradero sobre la compatibilidad entre la ciencia social rigurosa y la relevancia de las políticas que se remonta a la era progresiva y al amanecer de la moderna ciencia social norteamericana. Una de las más importantes figuras en el temprano desarrollo de la ciencia política, el profesor de la University of Chicago, Charles Merriam, personificó la ambivalencia entre los científicos políticos, caracterizada por el debate en torno a si la naturaleza del trabajo de aquellos es «la ciencia social como activismo o como técnica», tal como lo puso de manifiesto el académico de estudios norteamericanos Mark C. Smith. Más tarde, la tensión creciente entre el rigor y la relevancia conduciría a lo que David M. Ricci denominó la «tragedia de la ciencia política»«A medida de que la disciplina buscaba ser más científica, en parte para abordar mejor los males de la sociedad, se volvió en la práctica menos relevante».

Cuando los científicos políticos buscan el rigor, lo combinan cada vez más con el uso de métodos particulares tales como las estadísticas o los modelos formales. La socióloga Leslie A. White capturó ese espíritu allá por 1943:

Por lo tanto, podemos medir la «cientificidad» de un estudio mediante la observación de hasta qué punto dicho estudio emplea las matemáticas; cuantas más matemáticas, más científico es el estudio. La física es la más madura de las ciencias, y también es la más matemática. La sociología, que es la menos madura de las ciencias, utiliza por el contrario muy pocas matemáticas. Para que la sociología sea científica, por lo tanto, debemos hacerla matemática.

A diferencia de la cientificidad, la relevancia se mide en términos de influencia; es decir, si el estudioso contribuye efectivamente a la adopción de decisiones políticas.

Esta tendencia creciente de adoptar métodos y modelos en su propio provecho, en vez de hacerlo porque pueden ayudarnos a dar respuestas a preguntas sustancialmente importantes, es, a mi juicio, un paso en falso de la ciencia política. La tendencia es en parte el resultado del trabajo (por otra parte) normal y productivo de la ciencia, pero está también reforzado por motivos menos legítimos, especialmente el interés particular de las organizaciones y las singularidades de nuestra cultura intelectual.

Mientras que el uso de estadísticas y de modelos formales no es por definición irrelevante, su eliminación de los enfoques cualitativos ha conseguido a través del tiempo que la disciplina se vuelva menos relevante para los responsables políticos. Muchas preguntas urgentes sobre políticas no son fácilmente contestables por las herramientas metodológicas preferidas por los científicos políticos. Está comprobado que los estudios de casos cualitativos a menudo producen la investigación que necesitan los responsables políticos, pero, sin embargo, la disciplina tiende a alejarse de ellos.

Además del creciente dogma entre muchos científicos políticos de que los académicos pueden lograr el rigor solo mediante el uso de un conjunto limitado de técnicas, otros factores contribuyen al culto actual de lo irrelevante. Por ejemplo, muchos científicos sociales evitan la relevancia de las políticas en base al argumento de que es incompatible con la objetividad científica. La objetividad, para ellos, significa que la investigación de las ciencias sociales debe estar «libre de valores», preocuparse solamente por establecer y analizar los hechos sobre lo que «es», evitando por tanto cualquier discusión sobre lo que «debería» ser. Ha surgido entonces un consenso en las ciencias sociales: la objetividad excluye el compromiso político porque este último está inextricablemente vinculado con cuestiones de valor.

Imitando a las ciencias naturales, las ciencias sociales han tendido a asimilar cada vez más la «ciencia» con la investigación pura o con el conocimiento por sí mismo.

Los politólogos Jeffry Frieden y David Lake afirman que «solo cuando las relaciones internacionales llevan a la ciencia a la discusión, tiene algo de valor duradero para ofrecer, más allá de una opinión informada». Otros, como Andrew Bennett y John Ikenberry, siguen siendo optimistas en torno a que la búsqueda de la investigación pura producirá sin embargo conocimiento aplicado a través de un proceso de goteo no especificado. Pero su confianza está basada más en la fe que en cualquier evidencia acerca de que la investigación básica se transmite a los policy-makers de una manera fluida.

La preocupación que produce el que las ciencias sociales se hayan desconectado de los asuntos prácticos no es nueva. Libros como Knowledge for What (1939), de Robert Staughton Lynd, y Flight From Reality in the Human Siences (2005), de Ian Shapiro, han hecho sonar la alarma. Sin embargo, dejados a su suerte, los profesores tienden a resolver las tensiones entre el rigor y la relevancia favoreciendo al primero. En un libro influyente sobre diseño de investigación, Gary King, Robert Keohane y Sidney Verba afirman que «un tema propuesto que no se puede refinar en un proyecto de investigación específico que permita una inferencia causal o descriptiva válida debe modificarse en el camino o abandonarse». Cuando se enfrentan a tensiones entre las demandas de la ciencia y la «mera relevancia» (en palabras de John Gerring), los científicos políticos tienden a inclinarse ante las demandas del método en lugar de penetrar en la importancia de la pregunta en sí. ¿Por qué?

Una de las razones -como argumentó Emile Durkheim- es que la división del trabajo es un hecho fundamental de la vida moderna porque es una forma eficiente de acometer una variedad de tareas complejas. Esta creciente especialización hace avanzar a la ciencia a través de investigaciones más profundas centradas en preguntas cada vez más estrechas.

Este progreso, sin embargo, se ha conseguido a costa del aislamiento de varias especialidades entre sí y respecto de la sociedad en su conjunto. Friedrich Nietzsche escribió: «Un especialista en ciencias no se parece en nada a un obrero de una fábrica que dedica toda su vida a girar un tornillo o una manija particular en un determinado instrumento o máquina, en cuya ocupación adquiere la habilidad más consumada». El resultado es la hiperfragmentación del conocimiento, que es lo que ahora dificulta, incluso a los estudiosos de diferentes disciplinas, entender a las otras. Desde luego, dificulta mucho más la comprensión por parte de los policy-makers y del público. Nos hemos convertido en aquellos obreros fabriles nietszcheanos, martillando en nuestras correspondientes partes, mientras que nuestra fábrica en su conjunto produce cada vez menos y menos uso para la sociedad.

Otro de los distintivos de la profesión es el «corporativismo», que Samuel Huntington definió como «un sentido de unidad orgánica y conciencia de sí mismos como un grupo aparte de los laicos». Las universidades, como la mayoría de las otras organizaciones complejas, buscan autonomía, reducción de la incertidumbre y más recursos. Cuando esos objetivos entran en conflicto, las organizaciones casi siempre prefieren la autonomía. El deseo de permanecer independiente, por encima de la lucha política, refuerza la irrelevancia.

El interés organizacional también alienta a los académicos a separarse de los no especialistas mediante el uso de una jerga y otros modos de discurso que son incomprensibles para el público. Los sofisticados métodos de las ciencias sociales, a menudo acompañados por un lenguaje abstracto, oponen una barrera de entrada ideal para los no profesionales porque requieren una inversión considerable en tiempo y esfuerzo para aprender. Hablar dentro del gremio ayuda a que la universidad sea más distinta y, por lo tanto, independiente del resto de la sociedad. Uno no tiene que ser tan cínico como George Bernard Shaw, quien dijo que «todas las profesiones son conspiraciones contra los laicos», para creer que el alejamiento científico social de la relevancia es fomentado por el interés egoísta de la disciplina.

El mecanismo clave a través del cual la ciencia social se ha vuelto homogénea y, a menudo, menos interesada por los temas que generan mayor preocupación, es la revisión externa por expertos. Lee Sigelman, antiguo editor de la American Political Science Review, reunió datos que muestran que la relevancia política de los artículos publicados en la APSR disminuyó precipitadamente después de la introducción de la revisión por pares. Lamentó que a principios de la década de los sesenta la prescripción hubiera desaparecido casi por completo de la Review. Si «hablar de verdad al poder» y contribuir directamente al diálogo público sobre los méritos y desventajas de varios cursos de acción todavía se contaba entre las funciones de profesión, nadie lo habría podido saber con solo hojear su revista.

No estoy argumentando que los estudios cuantitativos sean irrelevantes por definición. Aun así, la creciente tendencia a equiparar el rigor con técnicas particulares impone costos reales al resto de la sociedad, así como a la disciplina. Como sociedad, nos encontramos en problemas cuando carecemos de perspectivas académicas relevantes para las políticas. De hecho, hay casos (la guerra en Vietnam, la reciente guerra de Irak) en los cuales, si el consenso mayoritario de los académicos hubiera influido en la política, el interés nacional del país se habría servido mejor. Las ciencias sociales tienen un papel que desempeñar en los debates políticos más importantes, independientemente de si se utiliza la metodología más científica.

Una mayor atención a la relevancia de las políticas también produce una mejor erudición académica. Para empezar, conduce a una teorización más realista; pero también ayuda a los científicos sociales a centrarse en las cosas que la actuación humana puede cambiar, lo que garantiza una mayor diversidad de las variables y, a su vez, facilita la comprensión de sus relaciones. Un compromiso más profundo y regular entre la torre de marfil y el Beltway será mutuamente beneficioso para ambos.

Una mayor relevancia también forma parte del interés de nuestra disciplina, ya que hasta la ciencia social más rigurosa será juzgada en última instancia por lo que sea capaz de decirnos sobre aquellas cosas que afectan la vida de un gran número de personas. Un artículo publicado en Science a fines de la década de 1960 advertía ya que «en la medida en que la comunidad de investigadores desdeñe el trabajo en las principales misiones nacionales o se comporte de manera egoísta y autosuficiente en los trabajos orientados a la misión, el antiintelectualismo aumentará su influencia sobre el destino de la ciencia norteamericana». Más recientemente, las reservas del Congreso sobre el financiamiento de la National Science Foundation para la ciencia política han destacado los costos directos que para la disciplina supone el no poder justificarse por sí misma en términos de un impacto social más amplio.

Por último, pero no menos importante, debemos reconocer la obligación ética de la ciencia política de abordar los problemas que preocupan al resto de la sociedad. Robert Putnam, de Harvard, se pronunció con elocuencia sobre este tema en su discurso presidencial de la Asociación Americana de Ciencia Política, pronunciado en 2002: «Pienso que atender las preocupaciones de nuestros conciudadanos no es solo un complemento opcional de la profesión del científico político, sino una obligación tan fundamental como nuestra búsqueda de la verdad científica».

Ya es hora de que el resto de la disciplina siga su ejemplo.

Fuente: Michael C. Desch es profesor de relaciones internacionales en la University of Notre Dame. Este ensayo es una adaptación de su nuevo libro Cult of the Irrelevant: The Waning Influence of Social Science on National Security (Princeton University Press). Traducción libre de Luis Caro Figueroa para Iruya.com.

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