Fuente: Antropología de la Realidad Virtual

En la Bustina anterior aludi al libro de Maurizio Ferraris Dove sei? Ontología dei telefonino (Bompiani), que muestra cómo los teléfonos móviles están cambiando de manera radical nuestro modo de vivir, hasta e! punto de convertirse en un objeto «filosóficamente interesante». AI asumir las funciones de agenda de bolsillo y pequeño ordenador con conexión a Internet, e! móvil es cada vez menos un instrumento de comunicación oral y cada vez más un instrumento de escritura y lectura. Como tal se ha convertido en instrumento omnicomprensivo de registro (y veremos hasta qué punto, a un amigo de Derrida, palabras como escritura, registro e “inscripción” le pueden llamar la atención). Apasionantes, incluso para el lector no especialista, son las primeras cien páginas de “antropología” de! móvil. Hay una diferencia sustancial entre hablar por teléfono y hablar por el móvil. Por teléfono se podía preguntar si alguien estaba en casa, mientras que por el móvil (salvo en casos de robo) se sabe siempre quién responde, y si está disponible (lo que cambia nuestra situación de privacidad).

EI te!éfono fijo permitia saber dónde estaba la persona a quien llamábamos, mientras que ahora siempre queda el problema de dónde está (entre otras cosas, si responde “estoy detrás de ti”, pero está abonado a ..  una compañía de otro país, la respuesta está dando la vuelta a medio mundo). Yo no sé dónde está quien me responde, pero en cambio la compañía telefónica sabe dónde estamos ambos: de modo que la capacidad de sustraerse al control de los individuos va ligada a una total transparencia de nuestros movimientos respecto ai Gran Hermano (e! de Orwell, no e! de la te!evisión). Se pueden hacer diversas reflexiones pesimistas (paradójicas y, por tanto, atendibles) sobre el nuevo “homo cellularis”, Por ejemplo, cambia la dinámica misma de la interacción cara a cara entre Fulano y Mengano, que ya no es una relación entre dos, porque la conversación puede ser interrumpida por la inserción de Zutano en e! móvil, de modo que la interacción entre Fulano y Mengano se desarrolla sólo con interrupciones, o se corta. Así, el instrumento primario de conexión (de estar yo siempre presente para los demás, como los demás para mí) se convierte al mismo tiempo en instrumento de desconexión (Fulano está conectado con todos menos con Mengano). Entre las reflexiones optimistas me gusta la referencia a la tragedia de Zhivago, cuando, después de años, ve de nuevo a Lara desde el tranvía (recordáis la escena final de la película?), no consigue bajar a tiempo de alcanzarla, y muere. Si ambos hubiesen !levado un teléfono móvil hubiéramos tenido un final feliz? EI análisis de Ferraris oscila entre las posibilidades que el móvil abre y las castraciones a las que nos somete, ante todo la pérdida de la soledad, de la reflexión silenciosa sobre nosotros mismos, y la condena a una constante presencia del presente. No siempre la transformación coincide con la emancipación. Pero al llegar a la tercera parte del libro, Ferraris pasa del teléfono móvil a una discusión sobre los temas que le han apasionado cada vez más en los últimos años, entre e!los la polémica con sus maestros originarios -<1e Heidegger a Gadamer y Vatrimo–, contra la posmodernidad filosófica, contra la idea de que no hay hechos sino sólo interpretaciones, hasta llegar a su actual defensa sin reservas del conocimiento como “adaequatio”, o bien (pobre Rorty!) como “espejo de la Naturaleza”. Aunque naturalmente, con muchos matices críticos (lamento no poder seguir paso a paso la fundamentación de esa suerte de realismo que Ferraris llama “textualismo débil”). Cómo se llega desde el teléfono móvil al problema de la Verdad? Mediante una distinción entre objetos físicos (como una silla o el Mont Blanc), objetos ideales (como el teorema de Pitágoras) y objetos sociales (como la Constitución italiana o la obligación de pagar la consumición en el bar). Los primeros dos tipos de objetos existen al margen de nuestras Dónde estás? «El número solicitado no está disponible en este momento.’. Mensaje grabado Vodafone «~Dónde ha ido? ~Dónde está ahora? .. » Tolstoi, Guerra y paz “Pbile Mauritie, ton beltinon kai ton timiotaton he historia tes e-mailes he kat’akribeian … Pero, icómo sigue este manuscrito?”. Esta me decía, en septiembre de 1997, en un mensaje de e-mail, mi amigo Alfredo Ferrarin, a quien yo había sugerido la hipótesis de que “por e-mail”, una de las expresiones más recurrentes desde hace una década (“te lo mando por e-mail “, etc.), se podría leer como el título de un tratado aristotélico: Per i mail, o “sobre e! correo”, “en torno al correo”, “el correo.”, como el Peri hermeneias y el Peri psyches. Pera, (cómo continúa el pseudo tratado de Aristóteles? En 1999 comencé a dar una continuación a este manuscrito con un breve artículo sobre el e-mail, la escritura sobre papel! y esa escritura interna con la que se representa, desde Platón, nuestra mente.’ Años después, quizás haya conseguido llevarlo a término, al llegar a la conclusión de que, a pesar de las apariencias, el teléfono móvil es una máquina de escribir. (Cómo es eso posible? En enero de 2001, en Siracusa, paseaba con jacques Derrida y hablábamos de los teléfonos móviles. EI tema era filosófico, no técnico. Yo defendía.con una actitud dogmática que el móvil es una máquina estúpida y el ordenador una máquina inteligente, quizá porque pensaba que con el ordenador se pueden escribir ensayos inteligentes y con el móvil! mensajes estúpidos. Es evidente que me equivocaba, y no sólo porque con el ordenador se pueden escribir ensayos monumentalmente idiotas, sino sobre todo porque, como observaba Derrida, con el tiempo el móvil acabó reuniendo todas las funciones del ordenador, además de poseer una que el ordenador todavía no posee, la de acompañarnos en todo momento. Empezamos a hablar de ello y sobre la marcha proyectamos un coloquio en torno al teléfono móvil. Después, durante tres años, no se hizo nada con el asunto, como sucede con frecuencia cuando se piensa (sin duda el más equivocado de los pensamientos) que hay tiempo. Entretanto yo seguía avanzando por mi cuenta sobre la pista del peri mail?En agosto de 2004, el filósofo húngaro Kristóf Nyíri me propuso, durante el congreso anual wittgensteiniano de Kirchberg, un debate con Derrida en el encuentro «Seeing, Understanding, Learning in the Mobile Age» [«Ver, entender, aprender en la era dei móvil ..], que tuvo lugar en Budapest de 28 al 30 de abril de 2005. La idea de fondo era que el teléfono móvil-mobile en inglés- está comportando transformaciones no calculadas, que afectan a nuestros modos de ver, de 2. Entretanto, mis compromisos aumentaron: la dirección de un proyecto de investigación nacional sobre la ontología de la propiedad intelectual y sus transformaciones en la época de la informática (2002-2004); la definición, en cursos, seminarios y artículos, de la noción de “objetos sociales”; la colaboración sobre este tema con Barry Smith en el Ifomis de Lipsia y de Saarbrücken, con el apoyo de la Alexander von Humboldt-Stiftung (junio-agosto de 2004); la participación, en mayo de 2004, en el “Viaje Telecom Itália”, en Cosenza, donde por primera vez me planteé la cuestión deI “dónde estás?” (como problema teórico, bien entendido; con su dimensión práctica convivía desde hacía tiempo) entender y de aprender. Dado que la pregunta fundamental que se le hace a alguien cuando se habla por el móvil es «dónde estás?» -una pregunta absurda e impensable en la época del teléfono fijo- le sugeri a Kristóf que” dónde estás?” constituía también una Grundfrage filosófica o, dicho llanamente, un problema interesante: el móvil abre la perspectiva de una mobile ontology, una ontología móvil, y no sólo de una fiesta móvil, como parece sugerir, con vagas rerniniscencias hemingwayanas, la publicidad (vtcdo a tu alcance», etc.), Me comprometí a hablar de ello con Derrida, y lo hice; fue el tema de una de nuestras últimas conversaciones telefónicas. Le volví a llamar a primeros de octubre; en casa no contestaba; volví a intentarlo con el móvil, pero saltaba el contestador. La mañana del 9 de octubre un amigo me llamó al móvil: Jacques había muerto. De él no quedan sino escritos y registros, y sobre todo una reflexión sobre la escritura que, cuanto más tiempo transcurre, más parece captar la esencia de un presente que nos toca de cerca. En qué sentido? La pregunta «dónde estás?» capta la esencia de la transformación inducida por este instrumento, que no es sólo un teléfono fijo al que se le haya quitado eI hilo. De hecho, basta reflexionar un poco sobre ello para descubrir que eI móvil sirve para escribir mucho más que para hablar (piénsese en la eclosión de los sms); se convierte en una especie de ordenador (en realidad los dos instrumentos se han unificado ya); incluso se transforma en una tarjeta de crédito con la que pagar la cuenta en el supermercado o hacer un ingreso para las victimas dei tsunami..En este sentido, preguntarse qué es un móvil, qué tipo de objeto es (eso es lo que significa “ontologia”), resulta filosóficarnente interesante, sobre todo por un motivo que argumentaré por extenso en la primera parte de este libro: con el móvil no asistimos a un triunfo de la oralidad, sino de la escritura e incluso dei ideograma, del escribir a fin de cuentas, que no reproduce la voz, sino que dibuja cosas y pensamientos. EI problema de la inscripción y su papel en la construcción de la realidad social pasa a primer plano, si bien de un modo paradójico, por causa de un teléfono, de una máquina para hablar a distancia, que, sin embargo, como teléfono móvil, parece convertirse en algo dei todo distinto. Hasta aquí, se dirá, todo está claro, incluso demasiado: la técnica depara sorpresas inesperadas. Pero, qué es esta historia de la realidad social?  Qué tiene que ver con el móvil? No quisiera que el lector pensase que la construcción de la realidad social a la que aludo consiste en cruzar cuatro palabras, fijar una cita o incluso comentar perezosamente la fiesta del día anterior, como en aquella larga llamada telefónica en la que consiste la vieja novela de Alberto Arbasino, Lo contrario. Pueden estar seguros de que no se trata de eso, aunque sólo sea porque, como es fácilmente comprensible, por mucho que se puedan alargar los mensajes, por mucho que el short message servicepueda convertirse en un lms, en un long message service, es improbable que en un momento u otro recibamos en el móvil la Recherche de Proust; es más cómodo leerla en casa.’ No, la realidad social no es esto; sin embargo, sí tiene que ver con la escritura. Buscad en los bolsillos, abrid la cartera.* Encontraréis billetes de tranvía o de tren, tal vez recibos del taxi; tiquets del bar y del supermercado; otros recibos, del banco y de la tarjeta de crédito. Y después, al volver a casa, mirad en vuestros cajones, revolved entre lo que, también sin pensar demasiado en ello y sin embargo con tanta exactitud, llamamos “papeles”: encontraréis otras inscripciones y 3. Aunque en ]apón y Corea las novelas se mandan por entregas vía sms. Pero éste es otro asunto, del que hablaremos más tarde, y que tal vez aprovecha la ventaja de la escritura ideográfica. ,. Eu el original italiano “porrafogli”, lo cual da sentido al comentario posterior, eliminado en nuestra traducción: “lo que con tanta precisión, y sin embargo sin pensar demasiado en ello, llamamos asf porta [ogli”, (N. de la t.). registros, pólizas, recibos, escrituras de compra-venta, postales y cartas. De conservarlo todo, tendríamos la más perfecta reconstrucción de nuestra vida social, la pública (pólizas) y la privada (cartas). Si además consideramos que hay edificios enteros (correos, ministerios, bancos, bibliotecas…) cuya razón de ser es atesorar estas inscripciones, parece bastante evidente la función de la escritura en la construcción de la realidad social. Ahora bien, fijémonos también en algo más. Desde hace veinte afios, un porcentaje cada vez más importante de estas inscripciones se encuentra almacenado en los ordenadores (pensemos en los tremendos archivos de e-mail que cada uno de nosotros guarda y descubriremos con preocupación que hemos escrito en cinco años más cartas de las que había redactado Leibniz en toda su vida), o en papeles que tienen una memoria a pequefia escala, como, por ejemplo, los billetes del metro de Nueva York, que son una modesta tarjeta de crédito … Pues bien, no sería difícil vaticinar que, antes de lo que ahora podemos imaginar, todas estas inscripciones acabarán por centralizarse en eI móvil, que quedará transformado así en cartera, carnet de identidad, billete de tren: el móvil se lo traga todo. Exagero? iAcaso me erijo improvisadamente en Julio Verne del móvil? ia fanfarroneo porque estuve una vez de paso en Nueva York? Ni por asomo. Ya es así en eI pago de los ferrocarriles estatales: la reserva nos llega ai móvil y el revisor sabe no sólo dónde estamos (asiento 55), sino también nuestro nombre. Por lo tanto, gracias a su capacidad de apropiarse de inscripciones, el móvil se convierte en un gran constructor de realidad social, y éste es el punto teórico sobre el que quisiera llamar la atención del lector. .Volvamos por un momento a la crônica de este libro o, SI se prefiere, a la novela de este ensayo. En Kirchberg vi por primera vez al filósofo americano John Searle. Mientras escuchaba su conferencia, pensaba que treinta afios antes había entablado una furibunda disputa con Derrida, al cuestionar su tesis de fondo: eI papel decisivo de la escritura en la construcción de la realidad social. Y, mientras seguía escuchándolo, recordé que diez años antes Searle había escrito un libro sobre la realidad social en el que intentaba captar lo que definía corno «una inmensa ontología invisible», el tejido de normas, regias, instituciones que -siempre según la tesis de Searle- surge sobre la realidad física: algo intangible y que sin embargo nos toca de cerca. Esta teoría presenta muchos valores, pero adolece de un defecto fundamental: creer que la esencia de la realidad social depende de manera decisiva de las muchas moléculas de un trozo de papel que puede convertirse, por ejemplo, en talón bancario, y no de las pocas moléculas de la firma dei interventor, que le da validez. En definitiva, la idea de Searle consiste en que un hombre puede ser presidente del consejo o profesor o marido, un trozo de papel puede ser talón bancario o cuenta dei restaurante, etc.: en definitiva, la realidad social se construye sobre la realidad física. En efecto, así es en principio. Pero qué hace que un cuerpo humano o un trozo de papel puedan sufrir semejante metamorfosis? iLas muchas moléculas del objeto físico o las pocas de la tinta necesaria para la escritura? Para todo lo que he dicho, vale la segunda opción: las escasas moléculas de la escritura, en un carnet de identidad o en una nómina; muy raras veces en la piel, y cuando sucede, como en Auschwitz o en  la colonia penitenciaria de Kafka, no indica nada bueno. Esto es exactamente lo que defendía Derrida y lo que Searle se negaba con firmeza a tornar en consideración. Sin darse cuenta de que si Moisés se hubiese limitado a bajar del monte con unas tablas de piedra, por decirlo así, “en blanco”, es poco probable que el objeto físico “tablas” se hubiera convertido en el objeto social “diez mandamientos”. En Kirchberg, en definitiva, tuve esta iluminación, por débil que haya sido: si no se torna la inscripción corno terna central, es imposible resolver el enigma. de la ontología social” es decir, responder a la pregunta: que hay entre la tierra de los objetos físicos y el cielo de los objetos ideales? Qué hay entre las sillas y los teoremas? No es una pregunta trivial, pues desde Hamlet’ sabemos que en medio de esas cosas existen más cosas de las que sueñan nuestras filosofías: obligaciones, promesas, apuestas, bautizos y funerales, bodas y divorcios, premios Nobel y años de cárcel… Más o menos, toda la felicidad e infelicidad de nuestras vidas. Pero no quiero alargarme demasiado con el relato de ocasiones fallidas, de escrituras, lecturas, encuentros y llamadas telefónicas, que concluyó con un móvil que sonaba en el vacio. Poco le importa ai lector qué tenía yo en mente cuando pensaba en un pseudo tratado aristotélico o qué se me pasó por la cabeza en Siracusa o en Kirchberg. Lo que Importa es que en el teléfono móvil -que en los años transcurridos entre el e-mail de Ferrarin y la conferencia de Searle se había convertido en un formidable instrumento de escritura- estaba el quid de la cuestión. En la primera parte de este libro propongo una teoría de la escritura. EI teléfono móvil está por todas partes, nos une con un hilo invisible -puesto que no tiene hilos- y al mismo tiempo, a diferencia del teléfono fijo, desplaza la presencia. Pero lo más importante es que en las teclas del móvil hay letras, no sólo números, y éstas no tienen tan sólo una función mnemotécnica, como en ciertos teléfonos de disco antiguos, sino que convierten aI móvil a todos los efectos en una máquina de escribir. iAcaso es la culminación de la modernidad? En cierto sentido sí, pero sólo hasta cierto punto.

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