Fuente: Rodirgo Nuñez Carvallo

Un relato de verano

El doctor Porras no estaba de buen semblante y le faltaba el aire. Se notaba el esfuerzo que hacía para mantenerse en pie, y por momentos apretaba las mandíbulas como si estuviera soportando un dolor muy agudo. Apenas terminó la clase salimos detrás de él, y esta vez no se formó el circulo de siempre en el patio de Letras. Vamos por favor, le dijo a Ñique. El doctor no se siente bien, anunció el chofer, llevándolo del hombro y cargando el maletín y algunos libros al mismo tiempo. Abre por favor la puerta y acompáñame, me pidió. Ni bien entró al enorme cadillac de la cancillería, el doctor se desvaneció.

Lo llevamos en el acto a la Maison de Santé junto al Palacio de Justicia, que era la clínica más cercana. Oxígeno, gritó un doctor en la emergencia y la camilla entró prontamente a la sala de reanimación. Es un ataque cardíaco, confirmó el diagnóstico médico, cuando horas más tarde el edecán del presidente Prado fue a preguntar por su estado. No puede recibir visitas y quedará internado hasta nuevo aviso.
Me senté en el pasadizo a dejar pasar las horas. Todo mi mundo estaba por venirse abajo. Al anochecer se presentaron Pablo Macera y Carlos Araníbar preguntando por la salud del doctor. ¿Es cierto que ha tenido un infarto cardíaco? Me limité a afirmar con la cabeza. Macera se agarraba la cabeza. La política lo va a matar, sentenció con dramatismo.
A la semana recién se permitieron visitas y entré a su habitación. El doctor estaba demacrado en su cama hospitalaria y su hermana Virginia estaba a su lado atendiéndolo. Las enfermeras iban y venían. Porras me saludó con afecto y estaba lúcido. El gabinete renunció, fue lo primero que me dijo. El doctor respiró aliviado como si le hubieran quitado un peso de encima. Allí mismo me confesó que corrían rumores de que Pedro Beltrán Espantoso, el director de La Prensa, prominente agroexportador y principal crítico del presidente iba a ser primer ministro. Por fin podría volver a su casa para descansar, terminar algunas investigaciones y conversar con sus amigos.
dos
Por fin lo dieron de alta. Nosotros seguíamos yendo a fichar libros pero el doctor permanecía en sus aposentos atendido por Teodosia, la cocinera cajamarquina, hasta que una tarde se levantó y enfundado en una bata nos fue saludando a todos con un paso medido y una mano temblorosa. Luego se sentó despaciosamente en una silla del comedor y comentó: No me he librado aun de la cancillería, pues anoche el presidente Manuel Prado me llamó pidiéndome que no abandone el gabinete y esta mañana el flamante primer ministro me ha reiterado el pedido. Y aunque le expliqué que estoy muy enfermó Pedro Beltrán me ha confirmado en el cargo. El ministerio se trasladará a su casa, no hay ninguna necesidad de que usted asista a Torre Tagle, señaló con una extrema cortesía que no me atreví a contrariar, apuntó Porras. Una desgracia, agregó con un destello de ironía. Mañana no habrá ambiente para el estudio, vendrán a casa a tomarme el juramento de rigor. Pero vuelvan como siempre a partir del lunes. Sin embargo, antes de despedirme Porras me pidió que al día siguiente lo ayudara a mecanografiar su discurso.
Dos días después el presidente Prado, y Pedro Beltrán se presentaron en la casa de Colina para investir a Porras con el fajín ministerial. La ceremonia fue en el comedor y hubo discursos, champagne y bocaditos que Ñique compró a última hora en El buen gusto. La verdad es que no sé por qué aceptó. Tal vez fue la emulación de su tío Melitón que era como su segundo padre y que lo metió a trabajar en relaciones exteriores. No encuentro otra explicación.
No te he visto desde que dejamos el colegio La Recoleta, fue lo primero que le dijo Pedro Beltrán tras el brindis de honor. Casi cincuenta años. ¿Y cuál será tu receta para sacarnos de la inflación y el déficit fiscal? Ajustarnos el cinturón, replicó Beltrán. El presidente Prado me ha dado carta libre para restablecer los equilibrios macroeconómicos. ¿A propósito, como van tus negociaciones con John Foster Dulles, el secretario de estado norteamericano? Los algodoneros como yo estamos fritos con las cuotas de exportación. Pésimas. No te preocupes, yo me encargaré de arreglar el asunto. Haré volar la noticia de que los rusos quieren comprarnos azúcar, algodón y zinc y vas a ver como Estados Unidos retrocede. Luego Beltrán le pidió recibir en su casa a un joven periodista muy aficionado a la historia. Se llama Enrique Chirinos Soto, agregó. Puede ser un funcionario de enlace entre nosotros. Porras aceptó de buena gana.
Al poco tiempo la casa se había convertido en el ministerio de relaciones exteriores. Los estudiantes quedamos reducidos al cuartito del fondo junto a la cocina, donde nos turnábamos para leer y escribir, mientras Carlos García Bedoya compartía la biblioteca con funcionarios de la cancillería que gozaban de toda la confianza del doctor. Por su parte, la sala estaba llena de secretarias, y Porras despachaba en el comedor aunque recibía a sus amigos en su recámara.
tres
Una de las primeras medidas del nuevo premier fue devaluar bruscamente el sol para garantizar las ganancias de los exportadores. En tal escenario la International Petroleum Company anunció que no pagaría impuestos si no se elevaban también los precios de la gasolina para el mercado interno. Beltrán aceptó las demandas de la empresa, y llegó a un soterrado acuerdo: los yacimientos de La Brea y Pariñas se convertirían en una concesión, lo que significaba extender 50 años más su ilegal explotación, sin que el país recibiera nada a cambio. El Comercio abrió su portada con la noticia del “arreglo” con la International Petroleum: Grave atentado contra el interés nacional. Porras alejó el periódico que leía durante el desayuno y se puso a reflexionar en voz alta: Tal vez no he debido aceptar, dijo Porras. Luego se vistió de calle y le pidió a Ñique que sacara el cadillac de la cochera.
En el camino nos fue explicando el asunto de la Brea y Pariñas. El problema es viejo. Desde que los Helguero fraguaron los títulos de la antigua hacienda La Brea, allá por 1889, para vendérselos a la London Pacific Petroleum, y esta a su vez los transfirió en arriendo a la IPC, subsidiaria de la poderosa Standard Oil, han ocurrido muchas cosas raras y tramposas. A principios de los veinte, la IPC hizo intervenir al Gobierno de EE.UU para que no le cobraran los impuestos y regalías devengados. Sin embargo, el laudo arbitral de 1922 aceptado por Leguía fue una mala solución pero no se puede desconocer porque sería una ruptura del orden jurídico internacional. Y eso no nos conviene pues los ecuatorianos podrían hacer lo mismo con el Protocolo de Río de Janeiro de 1941. ¿Quieren que nuestras fronteras estén en cuestión? Desconozcan entonces el laudo arbitral de París de 1922… Siempre hay que mirar a las espaldas sentenció al bajar en la Plaza de la Inquisición, para asistir a una estación de preguntas de una comisión parlamentaria.
Sorpresivamente la Cámara de Diputados aprobó un pedido para interpelar al canciller. El doctor estaba nervioso. El Frente de Defensa del Petróleo ganaba cada vez más influencia sobre la opinión pública y exigía la nacionalización de los yacimientos de la Brea y Pariñas. La bancada pradista dirigida por el menudo Javier Ortiz de Zevallos, hizo una reunión en su casa para limar asperezas entre la aguerrida minoría y la mayoría congresal.
El peligro de una censura se cernía sobre Porras y este permanecía esquinado escuchando las intervenciones de gobiernistas y opositores con la mirada ida. Los minutos se alargaban. El diputado Benavides Correa llevaba hablando ya media hora en la sala de la amplia residencia, cuando el canciller lo interrumpió tajante: ¡No habrá interpelación! sentenció. Un largo y desconcertante silencio es extendió entre los asistentes y luego vinieron los murmullos. Benavides Correa reaccionó: Doctor Porras, está usted en un error, la interpelación ya está acordada.
Raúl Porras retomando el uso de la palabra, afirmó con decisión: He dicho que no habrá interpelación, porque a mí se me ha hecho creer que este decreto que alarga la concesión a la International Petroleum era indispensable para restituir el equilibrio en la industria petrolera y que sólo significaba un ligero aumento de precios. Pero veo que es otra cosa y estoy en desacuerdo. Yo renuncio esta misma tarde. Voy a replantear mi posición frente a este decreto y si el gabinete no la acepta me apartaré inmediatamente, pero no habrá interpelación.
Pedro Beltrán recibió a Porras con una mirada torcida en la siguiente reunión del gabinete. Mi decreto no será modificado, anunció. Prado trató de morigerar los ánimos y como siempre dejó que las olas se aquietaran sin casi hacer nada. La oposición consiguió las firmas para la interpelación y Porras se encaminó al patíbulo con una actitud estoica. Me acuerdo que lo comentó. No renunciaré aún, no le daré el gusto a Pedro Beltrán Espantoso, que no por casualidad hace honor a su segundo apellido, dijo con su peculiar sarcasmo.
Porras debió soportar un verdadero cargamontón durante la interpelación, pero logró neutralizar a sus detractores. Frente a los valientes alegatos de Alfonso Montesinos y Benavides Correa que pedían la nacionalización de los campos petrolíferos detentados por la IPC, dio la clave para una solución: En lugar de desconocer tratados como el laudo arbitral de Paris de 1922, busquemos mejor un atajo legal. La solución está en manos de ustedes, señaló mirando toda la extensión del hemiciclo. La situación de La Brea y Pariñas puede perfectamente ser definida por una ley que dicte el propio Congreso. Los opositores se miraron con cara de sorpresa.
Al final Prado le perdonó su osadía y la mayoría parlamentaria de la que formaba parte le dio un voto de confianza. La tranquilidad volvió a la faz del doctor Porras cuando Ñique lo recogió en la plaza de Inquisición, pero no se sentía bien. Su mal avanzaba. He consultado con mi cardiólogo y me ha dicho que mis coronarias están reventadas. Pronto me moriré, dijo con resignación y mi paso por el ministerio lamentablemente no ha estado a la altura de las circunstancias. Desde entonces el doctor comenzó a ir a Torre Tagle todos los días, desoyendo los consejos del doctor Mispireta.
cuatro
El primero de enero de 1959, Fidel Castro y sus barbados muchachos habían entrado finalmente a La Habana y derrocado al dictador Fulgencio Bautista. Meses después el régimen de los jóvenes revolucionarios comenzó a tener graves diferencias con la administración de Eisenhower. La reforma agraria afectó plantaciones norteamericanas y la firma Texaco fue expropiada por no querer refinar petróleo de origen soviético. En represalia Estados Unidos anuncio el cese de las importaciones de azúcar de la isla y el secretario de estado Foster Dulles inicio una ofensiva internacional para sancionar a Cuba por atentar contra los intereses norteamericanos. Beltrán se sumó rápidamente a la campaña. Cuba no debe ser una moneda de cambio para lograr la eliminación de las cuotas al azúcar y al algodón, clamó el doctor Porras. Beltrán lo miró de medio lado con una velada sonrisa.
Al regreso de la reunión del gabinete, el doctor cavilaba sobre su escritorio. No tengo nada que perder, sentenció. No permitiré que Foster Dulles quiera utilizar a la OEA para castigar a Cuba. Los gringos se creen los dueños del continente, exclamó contrariado. Están haciendo trizas el principio de no intervención, que es el único principio inalienable que rige las relaciones interamericanas. Convocaré a una reunión de cancilleres para tratar el tema, concluyó.
A la mañana siguiente le dictó a Carlos García Bedoya una serie de cartas dirigidas a los cancilleres del continente. ¿Apoyaremos a un régimen comunista, doctor Porras? inquirió Chirinos Soto. No es tema que le competa, dijo Porras con evidente mal humor. Desde entonces impidió que el feo personaje, de tortuosa mirada y verbo sibilino entrara a su despacho.
Una noche de domingo tras tomar lonche en La Tiendecita Blanca, Porras me hizo un pedido inusual: ¡Acompáñeme! ¿Dónde, doctor? Menos pregunta dios, replicó Porras con una sonrisa burlona, mientras intentaba sacar del garaje su viejo automóvil Ford del 38, al que llamaba el bombín, no sé por qué. Me acuerdo perfectamente de esa noche porque fue una de las pocas veces que lo vi conduciendo. El doctor era medio cegatón y un cauto nerviosismo se apoderó de mi cuando enrumbamos por la avenida Arequipa. Manejaba con la cabeza ladeada para usar su mejor ojo, pero no dejaba de apretar el acelerador como si temiera que alguien lo persiguiera. El embajador de Cuba quiere hablar conmigo, me confesó en el camino como quien hace una travesura. Tú no sabes nada ni has visto nada.
Llegamos a la casa de Genaro Carnero Checa, y nos abrieron el garaje apenas el doctor hizo rugir el motor. Luego pasamos a una casa llena de libros y de adornos mexicanos y me dejaron en la sala mientras el embajador cubano y el dueño de casa se llevaban al doctor a la cocina. Seguramente hablaron de la siguiente reunión de cancilleres de San José de Costa Rica. Los cubanos querían evitar la expulsión de su país de la OEA y estaban buscando aliados. Sabían que Porras era un gran jurista y querían sondear su opinión. Por lo menos eso era lo que imaginaba yo.
En el camino de regreso, Porras comentó: Si dejamos que expulsen a Cuba, perderemos toda autonomía frente a Estados Unidos. Es un asunto de independencia y soberanía. Washington ha salido demasiado ganancioso después de la segunda guerra y hay que enfrentar cualquier intento de intervencionismo. Eso nos dice una mirada histórica.
cinco
Por esos días le recrudeció la afección cardiaca y debió guardar cama algunos días. Una semana más tarde recibió una llamada telefónica del secretario de la cancillería. El presidente Prado ha comisionado a Guillermo Hoyos Osores para presidir la delegación peruana a la conferencia de cancilleres americanos en San José de Costa Rica. Ni hablar, iré aunque me muera en el camino, dijo Porras con la respiración agitada. Primero la patria grande que la vida propia, ironizó, y esa misma tarde acudió a la cancillería para preparar su viaje.
Los teletipos de Torre Tagle no paraban de sonar con aquel sonido efímero de las noticias graves. El teléfono de su despacho no cesaba de sonar pero el canciller dio la orden de no contestar. No quería hablar con nadie. Casi al amanecer la limusina cadillac se estacionó junto a un DC-6 en la pista de Limatambo. En medio de la bruma del amanecer subió lentamente las escaleras y se ubicó en su butaca. Los motores hicieron crujir el amanecer y rompieron la sucia niebla limeña. Porras respiró aliviado. Somnolientos aún, casi una veintena de funcionarios desfilaron por el asiento que estaba al lado del canciller haciendo las últimas coordinaciones.
Tras una escala en Panamá, el avión tomó tierra en el aeropuerto de Los Cocos en medio de un calor sofocante y se percató que en el ultimo asiento había un invitado inadvertido, nada menos que Enrique Chirinos Soto. Perdone señor canciller, por no haberlo saludado aún, pero no quería interrumpir su descanso, alcanzó a balbucear el oscuro personaje. Sus ojos constreñidos y sus facciones deformes se hicieron más evidentes con su gentileza impostada. Sácame a ese individuo, pidió Porras al jefe de protocolo cuando abandonaron el aeropuerto.
Aunque necesitaba descansar, Porras no rehuyó a la prensa en el lobby del hotel Costa Rica. No se puede intervenir en Cuba, aclaró. Si el gobierno de Cuba tiene el respaldo de su pueblo, los demás pueblos de América tienen que respetar dicha decisión. En ese momento se acercó un periodista nicaragüense y lo interrumpió: Pero Cuba es un régimen comunista, argumentó el hombre de prensa. Como usted comprenderá no se puede juzgar la situación cubana por la opinión personal de un corresponsal extranjero, replicó Porras. Por lo demás, si Cuba quiere implantar el comunismo dentro de sus fronteras, es muy dueña de hacerlo, agregó con firmeza.
Unos días después se inauguró la VII reunión de cancilleres en el Teatro Nacional de San José de Costa Rica en medio de una gran expectativa. Antes de comenzar su elocución sonrió ilusamente y en una solitaria lección de rebeldía pensó en la derrota. Sabía que tenía todas las de perder pero igual tomó aire y comenzó su discurso alumbrado por una llamarada azul de cientos de flashes que disparaban sobre su debilitada figura.
No hago concesiones, el principio de no intervención no puede ser negociado, fueron sus dos primeras frases. Las ansias de libertad del pueblo cubano no pueden ser combatidas con sanciones. Más bien, proveamos los medios necesarios para reanudar el dialogo fraterno de la democracia y de la convivencia internacional, en aras de una América libre de amenazas y rencores.
Estados Unidos quería castigar a Cuba por resistirse a sus dictados, y quería hacerlo con el apoyo de todas las cancillerías americanas, pero la posición principista de Porras les aguaba la fiesta porque rompía la unanimidad. Los argumentos del peruano eran irrefutables y comenzaban a repicar los teléfonos de algunas embajadas en busca de nuevas instrucciones. En algún momento el secretario de Estado John Foster Dulles envió un par de emisarios al hotel a conversar con el doctor, pero Porras se negó a recibirlos. No quería interferencias ni amenazas. Chirinos Soto se pegó al teléfono de su habitación informando a Beltrán de la inusitada posición de Porras y coordinando con periodistas cercanos a Washington.
Luego Porras invocó el artículo quince de la Carta de la OEA que establece que ningún Estado tiene derecho de intervenir, directa o indirectamente, en los asuntos internos o externos de cualquier otro país. Rechazo toda intromisión extra-continental en nuestros países, pero también me opongo por razones de principios e historia a la expulsión de Cuba del sistema interamericano. América tiene que renunciar a toda hegemonía política, defendiendo la paz y las soluciones pacíficas.
La emoción comenzó a quemar su encendido verbo: Confiamos en que la revolución cubana que ha proclamado principios que significan una honda transformación económica, la mejora de los niveles de vida y una más justa distribución de la riqueza, no se desvíe de su camino original. Solo busco una fórmula de entendimiento entre los Estados Unidos y Cuba, que permita vivir sin temor y se haga prevalecer el espíritu de razón y de conciliación contra toda forma de fanatismo, de miedo y de pasión. Solo dos delegaciones aplaudieron además de la peruana, la cubana, y la mexicana, pero la historia posterior le daría la razón a Porras.
epílogo
Porras no ha seguido en San José las instrucciones del presidente Prado, afirmó Beltrán ante los periodistas a la salida de Palacio. Al día siguiente el primer ministro desautorizó públicamente al canciller y lo calificó de comunista, epíteto que repitió hasta la saciedad el diario La Prensa.
Cuando el avión de Panagra tocó tierra en Limatambo, Chirinos Soto se escabulló como una serpiente gorda y ningún representante oficial esperaba al canciller en el terminal. Tras esperar su equipaje Porras subió sombríamente al cadillac negro y Ñique nos llevó hasta Miraflores en medio del silencio. Al llegar a su casa abrió el escritorio, extrajo papel y redactó enseguida su carta de renuncia. Sin embargo esta no fue aceptada por el presidente, quedando el canciller en un precario limbo. Alarmado, Porras llamó a algunos amigos para que intercedieran ante Prado pues temía que se le pretendiera destituir, lo cual consideraba como una afrenta. Finalmente gracias a estas gestiones se le aceptó la carta.
Ya me puedo morir en paz, confesó a la hora de la comida que Teodosia nos sirvió. A los pocos días, el sábado 27 de septiembre a las diez de la noche, el doctor se estaba acostando cuando un segundo infarto segó su vida. Teodosia oyó un ruido raro y unos finales lamentos de dolor y corrió a su habitación. El cadáver del historiador se hallaba reclinado sobre su cama, con los tirantes a medio caer y los zapatos a punto de ser desatados. A duras penas pudo llamar por teléfono a alguno de sus discípulos quienes no demoraron mucho en llegar a la casa.
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