Fuente: Rodrigo Nuñez

acto primero
¿Cuánto quieres? Veinte lucas nomás. ¿Tan poquito? Estiré el bolsillo y saqué otro par de billetes. El Pilas cerró el pequeño sobre de manila y me lo entregó. Atravesé el patio y abrí la puerta de calle. El sol de verano caía a plomo. No hagas roche, me advirtió el Pilas. Miré a derecha y a izquierda cerciorándome de que no hubiera ningún tira por los alrededores y salí respirando la brisa del único álamo que sombreaba la cuadra, pero en la esquina me cerró el paso un motociclista de civil y me intervino. ¿Y esto? dijo cuando sacó el sobre manila doblado de mi bolsillo trasero. No es delito, jefe. Eso se lo dirás a la fiscalía me dijo amenazante. El tombo siguió bolsiqueándome y se encontró con un billete doblado de cien soles que eran mis últimos mohicanos. Decomisado, dijo con una mueca cínica. Ya sigue nomás, añadió. ¿Y mi paco? repliqué con descaro. El tira desconcertado me entregó la mitad de mi paquete. Algo es algo, me dije con resignación.

Desde entonces tuve más cautela cuando me asomaba por el hueco del Pilas, que en verdad era solo la primera habitación de una casa de vecindad. Mi vieja nos la dejó a mí y a mi hermano el Tigre, me explicó un día, pero el huevón se volvió pastelero y la cagó. Lo he tenido que botar y ahora no quiere venderla. Teme que lo atrase. Además utilizaba su cuarto de fumadero y vino la mancada y creyeron que también yo estaba metido en esa mierda.
Tengo una buena, me dijo Doris un día en que el Pilas no estaba. Pero no le digas nada. Este es mi recurso para cuando no hay para el combate. Tú sabes, el Pilas siempre me hizo vivir en la estrechez. Ni sé para qué volví con él y encima tuve que criarle los hijos que tuvo con otras dos mujeres. Desde anoche no viene ese huevón. Al rato me lo encuentro en el mercado de Balta. Tu mujer te está buscando, Pilas. Esta cojuda la Doris que está chocando con mis pichangas, dijo riéndose detrás de sus anteojos taparroches.
La verdad es que el Pilas era bien juerguero. Los jueves arrancaba desde temprano y su patio rebosaba de amigotes. Doris tenía que subirse al cuartucho del techo para huir de los borrachos, y cuando estaba harta los botaba al filo del amanecer. Váyanse a su casa, carajo, que si no llamo a la tombería. Pero el Pilas la seguía en cualquier sitio hasta que el sueño lo tumbaba.
Cuando dormía la mona nadie lo podía interrumpir. Te jodiste, vuelve más tarde, me dijo Doris. ¿Y tú no la llevas? Tiene una de Matute pero ignoro dónde la esconde. Mejor dicho si sé, está metida dentro de una enredadera de maracuyá que se arrastra por la azotea y que es un nido de arañas. Volví más tarde y recién el Pilas estaba desperezándose. Ahora sí paro la mano hasta el próximo jueves, dijo mientras revolvía en el primus un arroz con alas de pollo. Sírvete, me dijo. Tenía fea pinta y me jodió un regusto a kerosene. Chicos de mierda, exclamó cuando sus nietos que también vivían en el corralón le pidieron un plato. Finalmente rascó la olla y frió huevos para los mocosos.
Una tarde aparecí y me encontré una gran fiesta que inundaba el patio. De un viejo equipo brotaban boleros, reguetones y algo de salsa. Una carapulcra preparada por Doris se asentaba en el fogón. Salúdame pues, es mi santo, demandó el Pilas. Ayayay. Lo abracé y entre el tumulto distinguí al viejo Fabio que cuidaba carros en el parque, al Tigre que acababa de salir del Centro Victoria. Más allá estaban los hijos mayores que perseguían unas cervezas, el albañil del fondo que andaba desempleado, y también el benjamín de la familia que le decía viejita a Doris, pero que no era hijo suyo.
En el umbral del portón dos o tres vecinos miraban el festejo sin cara de haber sido invitados. ¿Y cuántos cumples? pregunté. Sesenta y cinco añitos que ya no volverán. No seas mentiroso, Pilas, Tú tienes casi setenta, sesenta y nueve para ser más exactos como las cochinadas que te gusta hacer en la cama, replicó Doris desatando la risotada general. Conchudo, ahora te quieres hacer pasar por mi menor, añadió como si viejas heridas hubieran encontrado por fin un desfogue.
Esa madrugada me retiré temprano felizmente. Apenas me fui el Tigre se subió al techo y se puso a fumar unos mixtos y el aroma a almendras y kerosene llegó a los vecinos que llamaron al serenazgo. Cuando las luces escarlatas del patrullero parpadearon delante de la casa la estampida se hizo general y el tigre salió huyendo por las azoteas. Puta que me friqueé, huevón. Felizmente ya lo internamos de nuevo en el centro de rehabilitación.
Días más tarde volví a buscar al Pilas y su mujer me dijo que no estaba. ¿Y tú no tienes? Nelson, el Pilas está en canadá. ¿Viajó? Nada, está en la prefectura. Ya no vengas, bórrate me dijo. Cinco lucas gringas me han pedido por su libertad y no sé de dónde agenciármelas, sentenció Doris preocupada. Luego bromeó con negrura: Con esa plata mejor me hago la cirugía y bien jalada lo voy a visitar al venusterio de Lurigancho.
A los quince días lo liberaron. Me he endeudado hasta con el diablo, se lamentó el Pilas. Ya no pases por mi jato, insistió. Ahora atenderé en la cabina de internet. Cualquier cosa un correíto y allá la recoges. En ese momento me percaté de que el Pilas se había teñido el pelo de color cucaracha y también la recortada barba. Hasta las hebras blancas que antes se escapaban de su camisa floreada las había pintado de escarlata. Está bueno el tintán, me burlé. El Pilas se puso todo rojo. Me he enamorado huevón, me dijo conteniendo su alegría. ¿Y la Doris? Le he pedido que se vaya pero no quiere.
¿Y cómo la conociste? Por internet me dijo. Un dia nos pusimos a conversar y no paramos hasta que cerraron la cabina. Las charlas prosiguieron en los días siguientes. Me habló de Hungría, del río Danubio, de su país que había sido comunista pero que ahora estaba hasta el culo. Por eso se fue a España. En su tierra no cabía el futuro.
Por fin Doris se largó, me informó la siguiente vez que lo vi. Ya no me aguantaba. No sé cómo se enteró de mi loca y me dijo que se iba por dignidad y que ojalá que me muriera de un infarto. Te imaginas muriendo en pleno tracatrán. Un final de campeonato, se rio. Pero que dios no lo quiera. Todos los polvos que me perdería…
Algo grave había sucedido en la vida del Pilas pues abandonó el bividí y comenzó a vestir ternos claros y blanquísimas camisas. Tenía buena percha el flaco, con su nariz andina y unos ojos de conquistador. Era todo un dandy cuando se entelaba. Lo único que me marca choro son tus zapatos blancos de caficho, grabados con huequitos y en ocasiones ribeteados en azul. Sesenta solanos en la cachina de Grau, se justificó.
Una vez que se fue Doris, el Pilas volvió a atender a sus clientes en su cuarto, y las mejoras no tardaron en aparecer. Lo pintó, instaló una king size, le dio una tarrajeada al baño y cambio el escusado. Y obviamente botó el televisor culón y colocó en un rack uno de cincuenta pulgadas. Ya viene, me confesó. Es mamacita, se jamoneó. ¿Y sabe castellano? Claro, ha vivido en España.
¿Y esa moto que hace allí? La he comprado para huevear con la húngara. ¿No voy a sacarla a pasear en microbús? Una luca chola ¿qué te parece? Es una Norton verídica y funca de putamadre. Antes de que venga me quito para Ayacucho en busca de un buen biznez ¿Y esta vejez llega? Clarinete, como su dueño. Con esta moto los ingleses le sacaron su mierda a los nazis. porque se arregla toda con un poco de alambre y un alicate. Al día siguiente el Pilas partió enfundado en una casaca de cuero beige, y unos anteojos de piloto de guerra, y al cabo regresó cargadísimo.
acto segundo
Imagino al Pilas recogiendo a la húngara en el aeropuerto. Está nervioso mirando desde la terraza el descenso de un Avianca. Pero como una gigantesca manga atrapa el avión e impide la visión, el Pilas corre hacia la sala de desembarque y mira todo a través de un cristal. Las maletas ruedan sobre la cinta transportadora y pasan la mochila de Ánika por los rayos equis. Ella masca chicle con desenfado y está un poco entrada en carnes. ¿Para qué viene al Perú? El amor existe, responde la húngara de unos cuarenta años, apoyando el codo contra el mostrador. Miran su pasaporte y luego le hacen abrir su equipaje. Calzones, cigarrillos, algún suéter. El Pilas confirma que no hay nada anormal en la mirada de los inspectores. Suena una campanilla eléctrica y las dos hojas se abren mientras Ánika traspone la puerta de vidrio y corre hacia él. El tiempo se detiene cuando ella le estampa un sonoro beso en plena boca. Él tiembla y aleja sus más oscuros temores. Ánika se relame. Le ha gustado el aliento de lechuga del Pilas e insiste. El beso se prolonga mientras él amarra la mochila sobre el tanque de la motocicleta. Salen del aeropuerto de madrugada, ingresan a la costanera y el viento del mar ruge sobre sus cuerpos estrechados.
No lo vi una buena temporada. El Pilas andaba medio corrido y tuve que cambiar de proveedor, pero una mañana pasé delante de su casa y vi la moto estacionada en la puerta. Abrí el portón de doble hoja y toqué su ventana con un leve repiqueteo de nudillos. Al instante apareció el Pilas. Ya vino, me confesó, la he esperado hecho un huevón como seis meses. Yo aluciné que se había conseguido una tía cuarentona, que buscaba jubilar su femineidad con un hombre cariñoso y ya aplacado. Ven que te la presento, me dijo antes de hacerme pasar al dormitorio que fungía de sala, de comedor y de vestíbulo. Para mi sorpresa Ánika no tenía más de veinticinco años, y medía como un metro ochenta. Ella se incorporó y renunció a ver el fútbol. Roleó un cigarrillo y dejó ver su vasta humanidad. Era fuerte, bien estructurada, para nada una mujercita delicada. Ni te portes mal que puede sacarte la mugre con un quechi, bromeé ¿Y te quedas? Pues claro chaval, si no para qué he venido. Acá viviré con papá…
Salí rápido del conventillo del Pilas y me encontré con los fulgores del verano que incendiaban las veredas. A los pocos minutos la Norton cruzó mi camino culebreando y el Pilas sobreparó. Nos vamos a la playa ¿no quieres venir? Me acomodé como pude. Ni cagando dijo el Pilas, tú te sentarás en el medio para evitar que punteés a Ánika. Bajamos por Armendáriz y finalmente llegamos a la orilla. Allí desenfundó una sombrilla y compro unas latas heladas. Ánika se sacó el pareo de la cintura y exhibió su bikini. El sol alargaba aún más su figura y hacía más luminosa su cabellera castaña. Mañana nos vamos de luna de miel a Ayacucho, me contó Ánika, Visitaremos a mi familia, añadió el Pilas. La chica estaba linda y me asaltó la envidia. El sol crujiente de la tarde se comenzó a apaciguar y vino el ocaso. ¿Y tú no tienes problema de erección? le pregunté con una falsa ingenuidad. Ánika estalló de la risa. Nica, pero cuando estoy pasado me tomo mi píldora azul, confesó el Pilas. Sucede frecuentemente, comentó Ánika, pero no me importa. Igual lo quiero. A mi amigo se le alargó la sonrisa.
La habitación del Pilas está a media luz. Ánika yace en la cama. El faro rojo de un corazón de jesús ilumina el calzón negro que envuelve su naturaleza. Su piel rosada adquiere un tono violeta en la comisura de los pliegues, y él tiene ganas de hacer suya aquella alma inexpugnable. Bucear en aquella fosa marina que es el anticipo del abismo, denso, turbio, raudo como las profundidades a las que nos enfrenta el placer. El Pilas palpa algo en el velador y las luces se prenden. El embrujo se ha roto antes de tiempo. Para mañana será.
Después me contaron que la máquina se portó pésimo, que el viaje fue como un túnel oscuro o una bajada sin frenos. La Norton reventó empaquetaduras en Huaytará y debieron subirla a un camión hasta Huamanga. Allí no había repuestos y le adaptaron piezas japonesas. Encima a la Ánika le vino un soroche de los cojones pasando la Apacheta y se sintió morir y vomitó hasta el alma. El regreso también fue un desastre. Cargados hasta el cogollo de mercadería el Pilas se noiqueó en Humay y no paró en el puesto policial. Un patrullero comenzó a perseguirme, recuerda. Para carajo, gritó Ánika. El Pilas frenó y los cachacos nos revisaron las mochilas, los bolsillos y hasta el tanque de gasolina, pero no repararon en el doble fondo de cuero de las alforjas. Creo que pensaron que éramos un par de hippies locos y sin rumbo, un viejo lorna y una gringa arriola. En verdad te salvé, Pilas. Le dije en mi peor castellano que si no tuviera novio le lanzaría los tejos, creyendo que no me entendería. El oficial sonrió con malicia. ¿Y no conocéis un hotelito barato con vista al mar que no esté muy lejos de aquí? La insinuación surtió efecto y nos dejó marchar. Alójense en Los Delfines en el Chaco, nos recomendó cuando aceleré para tragarme la pista de una sola bocanada de gasolina.
En el Chaco nos pusimos a beber en los bajos del hotel para calmar los muñecos y allí ardió Troya. No me gusta que te pongas a coquetear con los tombos, me censuró el Pilas. Estáis loco. Le moviste el trasero como puta y hasta quisiste citarte con él a escondidas, di la verdad. Chúpame la teta, replicó ella con vulgaridad. Puta vida. En ese momento el mismo policía del puesto de Humay merodeaba por el bar del Chaco. El Pilas estalló y rompió el vaso contra el suelo. ¿No te dije? Sois un desconfiado de la hostia, gritó Ánika. No os metáis con gilipollas, dijo antes de arrancarse.
Me quité para el cuarto y encendí el televisor para anestesiarme. Al poco rato tocó Ánika y le abrí con cara de demonio. Ella se dio cuenta. Se sentó a mi lado y me dio un beso para calmarme. A continuación se abrió la blusa y me enseño sus pechos ocultos por un sujetador. Algo extraño tenían. Eran más grandes de lo que yo recordaba. ¿Queréis que me desabroche? Un mar apaciguado sucedía a la tormenta. Sus dos pechos fueron liberados y tintinearon en la penumbra. Prendí la luz y me quedé mirando su sostén blanco. Las copas sostenidas por barbas parecían almohadilladas. ¿Deseáis? La verdad es que dudé, pero la tentación pudo más. Ella destrabó una cinta de pegapega y surgieron una docena de bolsitas transparentes y vidriosas.
Ya despaché por correo los libros de arte, dijo Ánika mientras intentaba cocinar un gulasch en el primus. Puta vida, ¿podríamos comprar una cocina decente? Estoy ahorcado, dijo el Pilas. Mañana me tienen que mandar una pasta de España, pero no tengo como cobrarlo en el banco. ¿Me acompañarías? El giro viene con tu nombre. Me puse saltón. Es por seguridad nada más. Algo no te he contado, Pilas. Me comí dos años en la cárcel de Estremera.
Hice de tripas corazón y la acompañé en taxi al banco. Cobré los cuatro mil euros y ella se enfundó la plata en el sujetador, como así llamaba a su ajustado sostén. Vámonos de nuevo a Ayacucho, propuso la gringa. ¿Para qué? Vámonos y no relinches, pero en tu Norton no me subo ni a la esquina. Compremos un coche, sugirió. La llevé al mercado callejero de Nicolás Arriola, y comenzamos a verlos. Me excita este buque, dijo el Pilas. Era un chévrolet blanco de los ochenta bastante bien conservado. Yo sé cómo esconder la droga entre el forro de los asientos, que ni los perros se percatan, dijo ella. Pero os advierto que no quiero tu pasto verde sino la harina blanca que es cojonuda.
Llegaron a la casa y decidieron celebrar el nuevo coche. Un roncito y un par de jaladas solamente porque mañana tenemos que madrugar. No la hago. Salud y pesetas, cantó ella. Prendió la radio y se dejó encandilar por Julio Iglesias. De tanto correr por la vida sin freno, me olvidé que la vida es solo un momento. Puta, quita esa mierda de canción que me hacer acordar a la Doris. Ánika se desternilló de la risa y se puso a bailar sobre la cama. El somier crujió. Pero si esta canción es una pasada, se justificó y salto en busca de otro vaso de ron. Hablando de falta de frenos, conozco a un operador en Galicia, me susurró. Con él podemos asociarnos. Nos lloverán los euros como no habéis visto en tu puta vida. Pero antes tenemos que inventar una coartada. No hay cosa peor que viajar sin una excusa, coño. Un ardid. Un buen floro para despistar, sintetizó el Pilas.
A mi mente no se le ocurría ninguna pinche idea, pero de regreso del mercado a la Ánika se le iluminó la cabeza, y ni siquiera esperó a contármelo. Antes pasó por la ferretería y compró una brochita y tres tarritos de pintura esmalte. Ya lo tengo, chavalillo. Expedición peruano-húngara a las nacientes del Amazonas. El único problema es que por Ayacucho no pasa el Amazonas sino el Apurímac, corrigió el Pilas. Listo. La Ánika pintó una espléndida selva en los laterales de la carrocería del Chevrolet y dibujó con un pulso envidiable las letras. Luego me pasó la brocha. Píntate aquí una banderita del Perú. ¿Pero cómo es la de Hungría? Se parece a la peruana pero con una franja verde abajo.
Antes de partir, tengo que levantarle los muelles al buque, arreglarle los frenos y comprar una llanta de repuesto. Igual nos demoramos un montón. Tú eres mi putita vida, fraseó la húngara cuando pasamos la garita de peaje. Tienes un romanticismo un poco arrecho, ironizó el Pilas. De nuevo la autopista, el ascenso hasta la puna ahora con sorochil en pastillas, el hotel de medio pelo en Huamanga, el pueblo de Tambo el día siguiente donde busqué a un primo para que me diera el contacto en San Francisco, la trocha endiablada hasta la firma de don Teodoro Palomino Llacsa, y después la larga espera en el monte hasta que nos trajeron la merca directo de la cocina.
Llegó la hora del embalaje en bolsas de poliuretano forradas con aluminio que iban entre los flejes de los asientos, y desbrozar charcos y torcer las curvas con el miedo encajado en la mandíbula derecha. Nunca más manejo high. Toma aire, ya viene el puesto militar y los comandos que nos miraron como si estuviéramos chiflados. Otra garita de control y el cansancio acumulado y los ojos del Pilas que se caían, para dormir enredados sobre una colchoneta en la extensa maletera del buque. Reiniciamos el camino al amanecer. Ya estábamos cerca del puesto de Humay donde el mismo guardia que le echó el ojo a Ánika, revisó el carro con desdén. La autopista lujuriosa anunciaba el fin de viaje.
Como todos los jueves los amigos le tocaron la puerta al Pilas. Casi al atardecer me puse a chupar en el patio pero curiosamente Ánika se escapó. Me voy a dormir, anunció. La notaba rara, distante, huraña ¿Pasa algo mi princesa del Danubio? Nada, solo estoy cansada de los mismos rones, las mismas conversaciones repetidas y los gritos destemplados. Cuando me acosté ebrio a las cuatro de la mañana, me acurruqué como cucharita y ella alejó su cuerpo. Estoy rendida de tanto viaje, me advirtió, y tu aliento de borracho no me es muy agradable. A mediodía desperté con una luz de cuchillo que entraba por la ventana y me encontré más solo que un cóndor en medio del arenal. Su mochila había desaparecido, sus trapos no estaban en el viejo ropero. Qué ha pasado, intente reflexionar. Se habrá ido al mercado o a lavar su ropa sucia, pero tuve de desechar ambas teorías porque sus tenis tampoco estaban debajo de la cama, ni sus tacones altos de charol. Se ha ido, se ha ido, me repetía sin comprender del todo las consecuencias de su huida.
acto tercero
Todavía resaqueado abrí la refrigeradora para apagar el caldero y me encontré con una jarra de jugo de papaya que Ánika seguramente había preparado cuando se levantó. Al lado encontré una nota escrita descuidadamente en el reverso de una etiqueta. Chau, decía el pequeño papel con una letra temblorosa. Me he ido, extráñame. No sé si volveré.
Salí a la puerta y el buque seguía estacionado bajo el único álamo de la calle que yo había sembrado, y curiosamente aquel día sus hojas caían mustias sobre el pavimento. Abrí el auto y me encontré con los asientos destripados. Aún no podía pensar ni atar cabos, sólo sufría porque la felicidad que había vivido con ella me comenzaba a escasear. El Pilas lloraba. Se había templado hasta los cojones, y el celular de ella no contestaba. Y aunque se pasó semanas enteras en la cabina de internet, Ánika tampoco se apareció en el chat. El pesimismo me embargaba, me confesó. Ya nunca tendría una mujer como ella y me oprimía la sensación de haber sido engañado, y que humillado y caído se siguiera burlando de mí.
Durante días no salí de mi cuarto y me quedé viendo televisión y durmiendo. Rechazaba a cualquier cliente que visitara mi casa: No tengo, y hay sequía en toda Lima, no jodan. Sin embargo mi poca plata se fue acabando y eso me hizo volver a mis cabales, a olvidarla por momentos, hasta que una madrugada sonó mi móvil. Se trataba de una llamada local probablemente equivocada. No sé por qué contesté. Era Ánika.
No supe más del Pilas. Se mudó de casa y traspasó el negocio al Chato, su hijo menor, quien nunca quiso informarme de su nuevo paradero. Se ha ido lejos, se limitó a decir y solo va a volver cuando tenga harto billete. Así se fue pasando el tiempo hasta que un domingo en Punta Hermosa alguien me pasó la voz desde una camioneta. Loco, me gritaron. Para mi sorpresa era Ánika. Hola, cómo estás amigo. En un segundo plano divisé al Pilas al lado del timón. Este bajó de la doble tracción y me abrazó. ¿Te gusta mi nueva volvo? Ella desde su ventanilla sonrió: ¿No quieres que te enseñemos nuestra casa? Queda no muy lejos y es preciosa. ¿Y tú que haces aquí? ¿Yo? querer a este hombre como una adicción.
¿Y a qué se dedican ahora? Hemos comprado dos lanchas y las alquilamos al club náutico. Nos va bien. La tarde se extendió entre chelas y chutes. Al anochecer me despedí. Dos semanas después abrí el periódico y me encontré con una noticia que me dejó helado. La policía había ubicado dos lanchas sin matrícula varadas en la playa de Punta Hermosa. En una de ellas se había encontrado un aliño de coca valorizado en un millón de dólares. Los presuntos dueños del cargamento habían logrado huir con parte de él. Presuntamente trasladaban la droga a altamar donde un barco carguero la recogía con destino a Vigo, España.
Días después prendí la televisión y me quedé pegado al noticiero de la noche. Un pasajero de Iberia se había desplomado en la sala de embarque del aeropuerto y cuando fue llevado al tópico se dieron con la sorpresa de que había ingerido quince adminículos de látex rellenos de clorhidrato de la más alta pureza. El traficante lamentablemente sufrió un paro cardiorespiratorio que le segó la vida. Puta vida. La foto de su pasaporte no dejaba lugar a dudas: era el Pilas. Su acompañante aprovechando la confusión habría tenido tiempo de subir a la aeronave. A la mañana siguiente el televisor seguía prendido pues me había dormido sin apagarlo. Las cámaras de seguridad de Barajas, mostraban a Ánika enfundada en un abrigo gris que sigilosamente abandonaba las instalaciones del aeropuerto y que cogía un taxi con solo un maletín de mano.
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