Fuente: La República

Es como si Al Capone o Pablo Escobar cumplieran su sueño de controlar los votos del Congreso de sus países para emitir leyes a la medida de sus apetencias.

Estamos perdiendo la guerra contra la corrupción. Es una horrible, tremenda, desalentadora noticia, y, sin embargo, no es motivo de movilizaciones de protesta. Quizás porque estamos acostumbrados a ellos, a los enemigos del país, a los traidores de la promesa peruana, a los que hacen mierda la voluntad popular, como decía el historiador Jorge Basadre. Los podridos, los que engañan, los que tuercen la ley, los que fabrican normas para su propio beneficio. Los podridos han capturado el Congreso.

“La promesa de la vida peruana sentida con tanta sinceridad, con tanta fe y con tanta abnegación por próceres y tribunos, ha sido a menudo estafada o pisoteada por la obra coincidente de tres grandes enemigos de ella: los Podridos, los Congelados y los Incendiados”, escribió Basadre en 1943 y señaló: “Los Podridos han prostituido y prostituyen palabras, conceptos, hechos e instituciones al servicio exclusivo de sus medros, de sus granjerías, de sus instintos y sus apasionamientos. (…) Los Podridos han hecho y hacen todo lo posible para que este país sea una charca”. Los podridos son los que conciben, redactan y aprueban leyes para sustraer a sus líderes de la acción de la justicia.

Cuando procuradores, jueces y fiscales investigan en circunstancias excepcionales el financiamiento ilegal de las campañas presidenciales de Keiko Fujimori y Alan García, y han conseguido el respaldo popular por las medidas aplicadas a los imputados, el fujimorismo y el aprismo responden con un proyecto de ley para reducir las penas a los acusados de lavado de activos, delito que se atribuye precisamente a los dirigentes de Fuerza Popular y el Apra. Los podridos pretenden salvar a sus cabecillas, aprovechándose de la eventual mayoría de la que disfrutan en el Congreso.

Es como si Al Capone o Pablo Escobar cumplieran su sueño de controlar los votos del Congreso de sus países para emitir leyes a la medida de sus apetencias. Un sueño que sí cristalizó Alberto Fujimori en el año 2000. Como no consiguió la mayoría, compró legisladores con dinero y dádivas, según admitió el rey de los podridos de los años 90 ante la Corte Suprema en 2009, por lo que recibió merecida condena. Ahora sus seguidores repiten la faena para sacar de la prisión a su hija y a la cúpula de compinches.

Fujimori y su hija Keiko, la heredera de los podridos, han convertido otra vez el país en una pocilga. La mayoría fujimorista también aprobó una ley para que sentenciados como el ex presidente no cumplan la pena en la cárcel sino en sus cómodas residencias. En la misma línea, si los congresistas apristas y fujimoristas excluyeron a Keiko Fujimori y Alan García del caso de megacorrupción de Odebrecht, no debería sorprender que ordenen que en el futuro los textos escolares describan a ambos políticos como víctimas de una supuesta persecución comunista, cuando en realidad son investigados por las autoridades por actos de corrupción. Son los podridos.

Solo hay una manera de acabar con los podridos: quitándoles el respaldo popular. Esto significa actuar de inmediato, no abandonarse en el silencio, la media voz, la cobardía. El mismo Basadre lo escribió. Si el Perú se pierde, será por la inacción de los peruanos.

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