Tomado de: Luis Miguel Glave Testino
Historiador

La historia contemporánea del Perú ha transitado por por tres ciclos definidos. El primero cerraba un largo tiempo en el que el país no se había sacudido del lastre de la servidumbre de antiguo régimen que perduró desde la Independencia. Fue el modelo protagonizado por el gobierno de las Fuerzas Armadas lideradas por Velasco Alvarado. El Perú rompió diques, amplió su mercado interno, quitó del poder a viejas oligarquías, puso condiciones a su inserción en el sistema de poder mundial. Todavía con la segunda parte del proceso, cuando Velasco fue depuesto y la forma de gobierno fue abiertamente dictatorial, militarizada y antidemocrática, los militares administraron el gobierno desmontando tímidamente sus propias reformas.

El segundo ciclo fue marcado por la guerra interna. La violencia de Sendero Luminoso y la incapacidad de enfrentarla democráticamente, fue el sello de todo el periodo. Violencia contra violencia, las víctimas fueron populares. Se ensayaron diferentes formas de gobierno que no dieron resultado en lo económico, más bien todo lo contrario. Los votantes peruanos mostraron su original impredecibilidad. Votaron para salir de la dictadura, que había sido empujada por una vigorosa movilización popular que preludiaba lo que entonces se llamaba una situación revolucionaria, por el mismo presidente que había sido echado por los militares por su incompetencia para enfrentar los retos del país y se había descubierto una tenue corrupción que se denominó el escándalo de la “página once”. Belaúnde quiso devolver el Perú al control de los poderes financieros internacionales, terminó con los restos de las reformas militares y se encontró nuevamente con sus “abigeos” de 1962, esta vez dispuestos a remover el país como lo hicieron. Empezó la guerra cuando el presidente abdicó de su comando entregándolo a los militares más sanguinarios que habían formado cuerpo justamente durante el gobierno de las FF AA.

La administración de Alan García, que devolvió al desvencijado y derechizado partido de Haya de la Torre a un perfil socialdemócrata, se encontró con unos envalentonados oligarcas reconvertidos de gamonales en banqueros. Junto con sus corruptelas, sus errores de cálculo lo llevaron a un fracaso que dejó al país en bancarrota. La guerra se hizo más cruenta y no parecía tener fin. Todos los “dueños del Perú”: viejos, reconvertidos y nuevos, quisieron hacer un reingreso por la puerta grande y formaron una alianza invencible con Vargas Llosa a la cabeza. Pero los votantes decidieron por un outsider, un japonés, que prometió impedir lo que proponían los liberales para enmendar la situación de profunda crisis y guerra. Fujimori, rápidamente mostró sus cartas, hizo lo contrario a lo prometido y se fue mostrando como el mentiroso compulsivo que era y luego, habiendo logrado un frente con los mismos militares sanguinarios que se formaron durante el gobierno de Velasco y con un asesor corrupto, hábil administrador de mafias, se mostró también como un cleptómano dispuesto a todo. La guerra siguió, hasta el punto máximo de su vileza y crueldad. Las formas de enfrentar la violencia fueron tan perversas como la violencia misma que se enfrentaba. Capturado Abimael Guzmán y descabezado el partido de la guerra, la represión fue indiscriminada. Mientras, se abría todo el mercado a los intereses de los capitales más -estos sí- abigeos, se desregulaban los mercados, se beneficiaba a quienes pusieron capitales para explotar los recursos, se encubrían las peores formas de blanqueo de dinero, se robaba a mansalva. La guerra terminó y ese era el pergamino que exhibía en ladrón, aplaudido por los mismos oligarcas de las finanzas que desencadenaron la crisis de la era de García. Se compraron voluntades y se cortaron todos los espacios de opinión y poder. Hasta que todo explotó en la cara de los peruanos que empujaron un cambio, una salida a ese nuevo ciclo que se cerraba.

Después de dos décadas de guerra interna el Perú vivió el inicio de una transición democrática al lograr derrotar la dictadura fujimorista, enjuiciar y encarcelar a varios de sus principales delincuentes, entre los cuales el propio presidente. Terminó la era de la violencia, la economía estaba en un momento de crecimiento, el sistema electoral democrático se recuperó. Vivimos unos meses de primavera con el gobierno transitorio de Valentín Paniagua, que surgió de una rocambolesca jugada en el parlamento. A pesar de las justas expectativas de encaminarnos hacia la recuperación democrática, que acabara con las corruptelas instauradas en el gobierno de Fujimori y contribuyera a sentar las bases de una economía social más justa y redistributiva, eso no se cumplió y se inició un nuevo ciclo político, nuevamente perverso.

El modelo económico de cuño noeliberal que Fujimori dejó instaurado, se mantuvo sin modificación. Extractivismo, beneficios elevados a las empresas transnacionales y a sus representantes internos, obras públicas entregadas a empresas que coimeaban a los políticos para obtenerlas, control de las instituciones por mafias y operadores de las mismas, eran los signos de un tipo de gobierno que compartieron todos los presidentes electos hasta la actualidad. Lo que se dirimía en cada elección era quién controlaba el reparto del botín. Mientras no se movilizara la población, contenta por el “chorreo” de algunos recursos, el cambio en el modo de vida, el fin de la violencia y la apertura de nuevos espacios públicos, mucho consumismo, economía incontrolada básicamente informal, corrupción cotidiana, no había problema. En las alturas, se negociaban pactos cambiantes mientras se rifaban al mejor postor de cohechos los grandes contratos. Los grandes culpables fueron los gobiernos de Toledo y de García.

Toledo dilapidó todo lo que lo llevó al poder, no acabó con el fujimorismo económico, lo suscribió. Tampoco acabó con el fujimorismo político, lo dejó resucitar. Su desgaste abrió otra coyuntura electoral, en la que tampoco recogió migajas el fujimorismo. Las presiones populares por cambiar el modelo crearon a Humala a quien se cerró la puerta gracias a la resurrección del encantador de serpientes, Alan García que en base a demagogia, promesa de mantener el modelo y habilidad política volvió inesperadamente por la puerta grande. Supo seguir el camino de Belaúnde, aprovechando la impredecibilidad del electorado, pasó de desahuciado a remendado triunfador. Su segundo gobierno fue menos dramático que el primero pero más liquidador. Las grandes corruptelas se hicieron consustanciales al mando y además, permitió el renacimiento de la mafia fujimorista que había estado agazapada. Mientras, se repartían las instituciones, entre los operadores del fujimorismo rampante, que no podría ganar ninguna elección pero que controló muchas de las instituciones y operó con gran cantidad de recursos para asaltar el poder en cualquier momento, y el partido aprista que no descuidó el controlar el poder judicial, desde que logró prescribir los delitos de Alan García en su primer gobierno durante el ciclo de la guerra interna. Otros grupos menores, que incluyeron las redes personales de Toledo, fueron desplazados y este poco a poco quedó como el posible primer imputado por corrupción. Cuando hubo protesta social se reprimió violentamente o con un cargamontón mediático: así aparecieron los epítetos de terruco o caviar, según los casos, todos enemigos del “crecimiento”.

Humala tuvo que irse “aggiornando” de acuerdo a las presiones del establishment hasta ganar por fin las elecciones. El parlamento de su legislatura fue el que dio luz verde a la explosión del nuevo fujimorismo, pasaron en el parlamento de ser la segunda fuerza a controlarlo y empezaron una alianza contranatura con el aprismo. Se cerró el acceso al poder de la hija del dictador-criminal, pero siempre su organización mafiosa operó para hacerse del mando controlando espacios de administración y políticos. Era el mal mayor frente al que otro “menor” era aupado al poder como fueron Humala y Kuczinski. Si se evalúan las políticas públicas, sobre todo las sociales, las obras de infraestructura, los regímenes fiscales, la política salarial y de empleo, etc. no hubo diferencias mayores en todo el ciclo desde 2001 hasta ahora. Lo que cambiaba era quién se beneficiaba de los cohechos empresariales para hacerse de las grandes obras. El caso Odebretch es desde luego el más saltante y lo tiñe todo, pero no será el único.

Por las contradicciones entre los actores del poder, que se disputaba invirtiendo grandes sumas de dinero que provenían de esa corrupción, los ilícitos de los distintos mandatarios fueron saliendo a luz y la prensa libre que no se podía cerrar se encargó de airearlos. Como las instituciones no podían coparse del todo y se requerían cuadros provenientes de las universidades y las corporaciones profesionales, aparecieron “ovejas negras” en la judicatura, fiscalía y espacios de opinión. Así, fueron cercando las operaciones corruptas, hasta que han ido cayendo TODOS los presidentes hasta ahora. Aquí se incluyen desde luego a la operadora del poder en la sombra, la hija del dictador, a la ex-acaldesa de Lima que quiso “meterse por los palos” y, no sería raro, que algo salpique al actual presidente por sus propuestas iniciales siendo jefe del gabinete de Kuczinski. Los negocios de este último sospecho deben ser los mejor elaborados.

Sea que se logre condenar a todos o que la justicia pueda operar sin cortapisas para contener a posibles nuevos emuladores, el ciclo político que ha durado hasta ahora que se descompone irremediablemente, se va cerrando. Pero no sabemos si se abre otro ya, o la agonía ha de prolongarse. Algunas movilizaciones entusiastas , de jóvenes, de mujeres, de profesionales, dan alguna esperanza, pero lo cierto es que no ha sido la indignación general que esto debiera despertar lo que ha empujado al fin del ciclo. Por eso es que individuos de la judicatura aparecen como ídolos populares. El referéndum que se viene debiera ser el inicio de un nuevo ciclo, si la población vota en conciencia y si esto abre las puertas a nuevas propuestas y nuevos políticos que las lleven adelante y se presenten en la siguiente lid electoral.

Uruguay no debe dar asilo a García que debe ser procesado debidamente. Pero la mayor enseñanza es que la historia muestra que el cambio llega, porque cae de maduro o porque lo empujamos para que se produzca.

Acceda a la fuente original aquí