Fuente: Leer y difundir


Foto: Jorge Bruce

El penosamente célebre chat del grupo “La Botica” contiene enseñanzas de diversa índole. Las políticas han sido profusamente analizadas y explicadas, como una muestra flagrante de autoritarismo, violencia y total desinterés por la agenda nacional. En suma, para usar sus propias palabras, chancar, joder y matar a sus enemigos para sobrevivir. Esto implica atacar al fiscal José Domingo Pérez –su verdugo judicial– y defender al fiscal de la Nación, Pedro Chávarry –su escudero–, al que una mayoría de 75% de peruanos repudia.

Existen, sin embargo, otras aristas interesantes en esa valiosa oportunidad de asomarse al fujimorismo realmente existente. La emergencia de esa conversación privada de enorme interés público, no carece de analogía con las asociaciones libres de un paciente en el diván. Aunque más preciso sería compararla con los intercambios de una dinámica grupal. Una de las primeras cuestiones que nos interroga es la abyecta sumisión de los integrantes. No es solo a la autoridad de la “Jefa”. También aparece el poder vicario del asesor Pier Figari.

Vemos a personalidades que uno supondría curtidas, pidiendo instrucciones para aplaudir. Y recibiéndolas. Así como precisas indicaciones acerca de cuándo arengar y qué decir. Recuerden que estamos hablando de la cúpula del poder en Fuerza Popular. Es decir, el Soviet Supremo, el Directorio, el Comité Ejecutivo. No podemos ni imaginar qué sucede con los demás integrantes de esa bancada, la tropa, los congresistas que no entran al Mototaxi ni a La Botica.

¿Por qué un grado tan humillante de sometimiento?

La respuesta más obvia sería que es un asunto de supervivencia política. El que no se pliega, sale y se atiene a las consecuencias. Si esto le hago a mi hermano Kenji, imagínense lo que les haría a ustedes que ni siquiera son de la familia. Ese código mafioso implícito, que Montesinos manipuló y perfeccionó durante los años formativos de los hermanos Fujimori, es innegable. Por eso Petrozzi tuvo que esperar a la debacle para atreverse a romperlo (ya estaba roto). Pero mi formación psicoanalítica me dice que hay más.

Las razones de la sumisión son prácticas pero también son eróticas y narcisísticas, si bien patológicas. La psicoanalista Jessica Benjamin ve en este comportamiento una forma perversa de búsqueda de reconocimiento. La mayoría de esas personas –acaso todas, incluida la propia Keiko Fujimori- sería insignificante fuera de ese círculo de poder. A la “Jefa” la banca su apellido, una acción cuyo valor hoy se encuentra en picada. A los demás, nada. Salir de ese grupo los condenaría a la inexistencia. Aramayo, por ejemplo, ni siquiera podría retornar a Puno a continuar con sus actividades “radiales”, pues la notoriedad del Congreso le ha arrebatado esa opción.

De modo que, al estar obligados a aceptar el papel de marionetas tristes, su economía psíquica les exige hacerlo con algún nivel de placer. Imagino que su racionalización para esa melancólica renuncia a la autonomía, consiste en decirse que eso les permite aplastar a otros. Algo me dice que en una próxima entrega deberemos hablar del proceso de duelo que se les viene.

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