Fuente: La República

“Detrás del aparente fastidio por el ánimo supuestamente anticapitalista del mundo popular indígena vive, poderosa, la cláusula separatista”.


Foto: Juan Carlos Tafur

Apenas conocidos los resultados electorales que mostraron el triunfo de algunos líderes radicales, como Walter Aduviri en Puno, Zenón Cueva en Moquegua y Vladimir Cerrón en Junín, han aparecido las mismas voces de siempre hablando, unas, de las supuestas taras mentales de los electores y lamentando, otras, los supuestos residuos antisistema de algunas regiones del país que se resistirían a la modernidad liberal que en el resto del territorio se asienta.

Se habla así de una supuesta voluntad refractaria de las mayorías populares a los criterios básicos del capitalismo, soslayando que la realidad nos muestra todo lo contrario, que más bien los verdaderos bolsones de librecambismo y economía de mercado se hallan en los conglomerados empresariales habitados por los supuestos peruanos incendiarios y premodernos.

Algunas de las regiones señaladas secularmente como levantiscas, Junín o Puno, son botones de muestra de una voluntad popular comercial y emprendedora. No es casualidad que en todas las zonas de empresariado emergente en Lima (Gamarra, Tacora, Villa el Salvador, Lima norte, etc.) sean los núcleos puneños los que destacan por su ética del trabajo y emprendedurismo. Y Moquegua mantiene el liderazgo en indicadores de calidad social.

La hipótesis de reductos radicales reverdece el ardid colonial de exclusión. En los primeros tiempos de la Conquista la iglesia católica se quejaba amargamente de la supuesta resistencia indígena al catolicismo y la fallida tarea de evangelización, cuando la realidad era que más bien la población indígena, en su mayoría, hizo suyo el credo católico, lo recibió y asimiló proactivamente. Pero darle estatus cristiano a los indígenas hubiera supuesto su plena integración y eso era lo que en el fondo no se quería. Detrás del supuesto lamento por su reticencia cultural se ocultaba el afán de mantenerlos aparte.

Igual sucede hoy. Detrás del aparente fastidio por el ánimo supuestamente anticapitalista del mundo popular indígena vive, poderosa, la cláusula separatista. Se activa el típico mecanismo de exclusión de las mayorías de origen indígena, a quienes no se quiere cerca. Así como se les quiere sacar de San Isidro, vendiendo el colegio Alfonso Ugarte o desapareciendo la residencial Santa Cruz, se los pone aparte considerándolos el reducto de una suerte de primitivismo ideológico afín con propuestas radicales. En pleno siglo XXI son los Otros del país moderno y occidental.

Lo que no se dice es que si Aduviri, Cueva o Cerrón han ganado sus elecciones no es tanto por su discurso anticapitalista como porque han sabido representar otras expectativas a las que la población les da mayor urgencia y valor.

El pueblo vota por quien cree le va a resolver mejor sus problemas urgentes y en menor medida por su perfil ideológico. En Puno se vota con la misma racionalidad que en otros lares por quien les promete atender la agenda prioritaria, que para ellos es manejar con rigor lo que se percibe como un desmadre de los grandes inversionistas mineros (encima sale un fallo favorable a Aduviri a pocos días de las elecciones, permitiendo así que culmine el proceso de victimización).

El pueblo puneño, moqueguano o juninense no es irreductiblemente estatista. Si asumimos que su ser social determina su conciencia, se hallaría más cerca, inclusive, de ser un hincha del libre mercado.

El mentado Sur rojo parece ser el mito encubridor de la ultraderecha peruana o del limeñismo para soslayar su inmenso fracaso integrador de toda una región del país postergada por el centralismo presupuestal y la ausencia absoluta del Estado.

Recordemos, además, que en Lima, supuesto bastión bien pensante y educado que sabría cómo votar, hasta hace pocas semanas el derechismo populista y autoritario se la llevaba. Al final un 30% (sumados Urresti, Reggiardo y Belmont) votó en ese sentido.

La dualidad Lima moderna versus Perú profundo colectivista es una falsedad conceptual. Es una reedición asolapada del viejo mecanismo de exclusión vital e imaginaria de las mayorías. Es la colonia reactivada.

–La del estribo: vimos la obra teatral Tebas Land en el último Festival de Artes Escénicas, FAE, a inicios de año. Del dramaturgo uruguayo Sergio Blanco, marcó un punto de referencia en el país por su sobresaliente guión, manejo escenográfico y solvencia actoral. Cuando un grupo peruano decidió ponerla, asumió un alto riesgo. Después de ver la obra en el teatro de la Universidad del Pacífico, debe decirse que la valla no solo ha sido alcanzada sino, inclusive, superada (va solo hasta mañana).

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