Fuente: Medium


Foto: Juan Velasco Alvarado

“Mi inicio profesional siendo un joven antropólogo coincidió con el único encuentro que tuve con Velasco. En 1971, él inauguró el Congreso de Americanistas en el que presenté mi primera ponencia. (…). Sentado con él estaba José Matos Mar (…). Luego del himno nacional y de otras formalidades, Velasco con una voz áspera de fumador dio inicio a un breve discurso que fue interrumpido por una protesta encabezada por Jacqueline de la Puente, la viuda francesa del líder guerrillero Luis de la Puente Uceda. (…). Matos tenía conocimiento previo de esto, y le pidió al general si un vocero del grupo podía decir unas palabras. El general aceptó. El lingüista Alfredo Torero le solicitó a Velasco, dado que era un revolucionario, la amnistía de los guerrilleros del 65 que estaban encarcelados y que habían luchado por los mismos ideales que él tenía. Él respondió de una forma amigable diciendo que los prisioneros habían sido juzgados en los tribunales y por lo tanto tenían que cumplir sus condenas. Señaló también que lo pensaría. (…) Un par de meses más tarde, se les concedió la amnistía a los guerrilleros.”

Enrique Mayer, Cuentos feos sobre la Reforma Agraria[1].

Alfredo Torero fue para mi generación un maestro de ciencia y de vida. Su honestidad, su integridad y su valor fueron demostración práctica que siempre se puede ser coherente con aquello que uno cree, a pesar de lo difíciles que puedan ser las circunstancias.

Nelson Manrique, En el fallecimiento de Alfredo Torero

Corría agosto de 1970. Con Chana y Nelson éramos espectadores de la clausura del “XXXIX Congreso Internacional de Americanistas” que se estaba realizando en el Colegio de “La Merced” en el centro de Lima.

El local fue, para mí, sorpresa y revelación. Rodeado de tiendas y galerías comerciales vetustas, que no permitían apreciar la construcción colonial — o quizá de inicios de la república — que se descubría al ingresar por unos portones imponentes y algo destartalados: los grandes salones, las escaleras de madera, los balcones, las balaustradas y sobre todo los bien cuidados jardines interiores.

La reunión había durado tres o cuatro días y en ellos decenas de los más destacados intelectuales de América, Europa y Asia, especialistas en las ciencias histórico-sociales, dedicados a estudiar nuestro continente –de ahí lo de americanistas — , habían presentado ponencias y realizado interesantes debates. Me vienen a la mente los nombres de André Gunder Frank, Theotonio Dos Santos, Fernando Henrique Cardoso y otras “vacas sagradas” del pensamiento social de la época. La organización del evento corría por cuenta del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), ONG presidida entonces por el antropólogo José Matos Mar.

Cursaba apenas el primer año de la universidad, pero bullían las ansias de aprender, de ampliar mi horizonte intelectual. Y qué mejor que esta ocasión para recibir un “baño de inteligencia”, para estar cerca de personajes míticos de las ciencias sociales, cuyos nombres eran citados por los profesores o aparecían en las portadas de los libros de Siglo XXI o el Fondo de Cultura Económica, que nos mandaban a leer.

¿Cuánto aprendí en aquella ocasión? Probablemente no mucho, pero sin duda era estimulante estar ahí, en ese ambiente cargado de erudición y de talento.

El día de la clausura, el auditorio habilitado en el patio del colegio estaba atiborrado. A los intelectuales peruanos y extranjeros, a los curiosos, a los estudiantes y los aficionados, a los periodistas que revoloteaban como moscas, se sumaban unas decenas de hombres de terno, lentes ahumados y mirada furtiva estratégicamente ubicados. Vivíamos en pleno “Gobierno revolucionario de la Fuerza Armada” y el mismísimo general Velasco llegaría a la ceremonia a dar las palabras de despedida.

De pronto el alboroto y la fanfarria, los hombres de terno se desplazaron estratégicamente cubriendo los espacios y controlando la situación. Había llegado “el chino” Velasco, quien luego de ser recibido con el protocolo del caso, empezó su discurso para la crema y nata de la intelectualidad nacional e internacional, tratando de persuadirla de las bondades de su “proceso revolucionario”. Ya se había dado la Ley de Reforma Agraria y estaban en marcha las nacionalizaciones. La intelectualidad progresista veía con interés y simpatía el proceso iniciado en el Perú.

No había avanzado mucho el general en su alocución, cuando del fondo del salón se oyeron unos gritos que electrizaron el ambiente: ¡Presos políticos libertad! ¡Presos políticos libertad! Era la única consigna que repetía una y otra vez el coro de voces mayoritariamente femeninas. Los hombres de terno corrieron a rodear el área de agitación e intentaron acallarlas, pero no sabían cómo proceder sin parecer brutales. La presencia de los intelectuales y la prensa los intimidaba y los paralizaba.

De pronto un hombre se levantó de entre el público sentado en el auditorio, alzando la mano y exclamando reiteradamente, con voz apenas audible en medio de la batahola: “¡Señor presidente, pido la palabra!”. Visiblemente nervioso, José Matos Mar, desde el estrado y al lado del general, exigía nerviosamente por el micrófono. “¡Doctor Torero, por favor, tome asiento! ¡Doctor Torero, por favor, tome asiento!”. Alfredo Torero insistió, “¡Señor presidente, pido la palabra!”

Sí, esa figura filiforme y apacible, de voz apagada, que conversaba amablemente con sus alumnos tomando café en el kiosko de la universidad, era la que se había levantado y, lejos de hacer caso a las exigencias de Matos Mar, había pedido el micro e intentaba hablar. Los organizadores, asustados, no tuvieron mejor ocurrencia que apagar el micrófono. Alfredo Torero entonces salió de las filas de asientos y avanzó hacia el estrado sin que nadie se atreviera a detenerlo. El foco de la atención pasó así del grupo de agitadores del fondo a la parte delantera, donde Alfredo había llegado justamente frente al general Velasco, quien algo incómodo pero atento, escuchaba aquello que los demás solo intentábamos adivinar.

El incidente terminó sin que las cosas pasaran a mayores. El general concluyó su discurso sin nuevas interrupciones. Alfredo Torero volvió a su asiento y los/las agitadores del Comité de Defensa de los Derechos Humanos (CODDEH) se retiraron del lugar sin inconvenientes.

Más tarde, comentando sin afectación, Alfredo nos contaría que le había planteado al presidente más o menos lo siguiente: que era injusto que quienes habían insurgido levantando muchas de las banderas que estaba poniendo en práctica su gobierno siguieran presos, por lo tanto, le solicitaba la amnistía general para los guerrilleros del MIR y del ELN, así como para Hugo Blanco y sus compañeros, quienes llevaban ya varios años encarcelados.

Este reclamo de amnistía para los luchadores político-sociales fue recogido también en una de las resoluciones oficiales del Congreso Mundial de Americanistas, que elevó el pedido al gobierno militar[2].

Esta acción y este dialogo tuvieron un impacto muy fuerte en el general Velasco, quien llevaría el tema a discusión en el consejo de ministros siguiente, iniciándose el mayor debate habido al interior del gobierno revolucionario, más amplio incluso que la propia reforma agraria, como constatamos al revisar las actas del consejo de ministros de la época. Cuatro meses después, el 21 de diciembre de 1970, se decretó la reclamada Amnistía General. Hugo Blanco, Ricardo Gadea, Elio Portocarrero, Héctor Béjar y otros compañeros fueron liberados y los recibimos apoteósicamente en el Coliseo Cerrado del Puente del Ejército. Claro que algunos no llegarían, por sus propias razones, a esta bienvenida.

Seguramente pocos recuerden estos hechos y menos aún conozcan el rol que en ellos cumplieron Alfredo Torero, Jacqueline Elau, Rosita Alarco y otros hombres y mujeres que conformaron el CODDEH en aquel ya lejano agosto de 1970.

Alfredo, maestro y amigo, murió en Valencia el 19 de junio del 2004 sin poder volver a su patria. Lo acusaron de senderista y debió partir al exilio de donde ya no le fue posible regresar, ni siquiera para morir. Retornó solo el polvo de su cuerpo incinerado, que hoy reposa en Huacho, su tierra. Lo mismo había pasado con Chana tres años antes; ella fue la primera de nosotros que nos dejó. Sus demás discípulos “molineros”, aquellos que nos reuníamos los domingos en su pequeño estudio de la calle General Garzón en Jesús María, seguimos rumbos diversos. Como ya se perfilaba entonces, Nelson es ahora un prestigioso intelectual; Pancho debió salir al exilio y finalmente anclo fuera; Iván, siempre afectuoso y genial, ahora cría gatos; Chana murió hace más de quince años; a Rosita hace mucho que le perdí el rastro; y yo, el ‘chiquillo’ del grupo, luego de una larga batalla y de un encierro aún más largo intento reconstruir mi vida en condiciones adversas. Sin embargo, si fuese posible volvernos a juntar, creo que no estaría decepcionado de nosotros.

A su muerte muchos se refirieron con justicia a su obra intelectual, a su amistad con José María Arguedas, a su amor por el quechua y la historia social andina. Sin embargo, omitieron algo que, creo, habría considerado crucial en un balance de su vida: su filiación socialista, su compromiso vital con los pueblos y sus luchas. Cuando el año 1972 se produjo la intervención del gobierno militar a la Universidad Agraria para cortar el movimiento democrático de estudiantes, trabajadores y un sector de profesores, fue encarcelado por un tiempo y despedido del trabajo. Regreso a San Marcos, su alma mater. Esa fue su mayor enseñanza: nos mostró que había que ser leal con los principios, hasta donde estos nos llevaran.

En el Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR), que hace el recuento de lo acaecido en la Universidad de San Marcos hacia finales de la década de 1980 se lee: “…Cornejo Polar tuvo que aliarse con el FDR (Antifascistas y UDP) y aceptar que Alfredo Torero de la UDP asumiera el cargo de Vice-rector administrativo”[3]. Esto es exacto, pero pese a todo lo acusaron de senderista, por lo que debió partir al exilio. Y es que los extirpadores de idolatrías, los inquisidores del Tribunal del Santo Oficio de todos los tiempos, nunca se detienen en sutilezas.

Hacia fines de los ochenta fue la última vez que lo vi. Como vice-rector de San Marcos acudió al penal de Canto Grande a informarse de la situación de los estudiantes sanmarquinos presos y se dio un tiempo para saludarme. Nos abrazamos y apenas si cruzamos palabras. No pude vencer mi dificultad de expresar afectos y se me atragantaron las palabras que hoy siento que debí haberle dicho en aquel último encuentro. En especial, hubiese querido que supiera lo mucho que me impactó que se levantara a demandarle a Velasco la amnistía para los guerrilleros. Lo admiré. Un gesto así es hoy inimaginable. Cuanta falta hace hoy su honestidad a prueba de balas, su dignidad insobornable y su permanente disposición de jugársela por todas las causas que creías justas.

***

El año 2016, gracias al historiador Antonio Zapata, tuve la oportunidad de explorar las Actas del Consejo de Ministros del gobierno del general Juan Velasco Alvarado. El tema de la Amnistía de 1970 llamó mi atención: primero, porque tenía que ver con algo que atestigüé; segundo, porque las actas muestran que este fue el mayor debate al interior del gobierno militar y fue promovido por el general Velasco; y tercero, porque ilumina la mentalidad de los militares de la época y la contrasta con su actual espíritu.

Velasco y los demás generales del gobierno revolucionario eran sensibles y cuidadosos al calificativo de “comunistas”, porque evidentemente no lo eran y porque les preocupaba lo que pudiera pensar y sentir su institución. Él fue siempre y ante todo, un soldado, y el nacionalismo constituía el meollo de su pensamiento. Estaba convencido de que en la afirmación nacional el rol del Estado era crucial y que podían subordinarse intereses de clase contradictorios a un solo proyecto de nación. Que había cambios imprescindibles para lograr el desarrollo que consolidase un proyecto nacional, ligado indisolublemente a la “seguridad nacional”, que es la esencia de la tarea militar.

La amnistía constituyo un momento importante, aunque poco conocido y nunca mencionado, en la configuración del proyecto velasquista, no por su impacto político o social, sino porque fue un punto de ruptura de gran importancia al interior de las FFAA, la protagonista de los cambios. La liberación de los luchadores político-sociales y guerrilleros presos en diciembre de 1970 no fue asunto fácil para los militares que los habían combatido. Es relevante que fueran precisamente los vencedores quienes dieran la mano a los vencidos. La discusión que se produjo y la forma como se tomó la decisión son reveladoras, por lo que cito extensamente unas Actas que hablan por sí solas.

Empezó como resultado de la acción propagandística durante el Congreso de Americanistas, de la que hemos hablado. Velasco informó, mostrándose receptivo a la demanda planteada por Alfredo Torero y los activistas del CODDEHH. Intervinieron luego miembros del Consejo de Ministros, pero sin adoptar esa vez algún acuerdo[4].

Las actas muestran que el general Velasco se opuso a la idea de pedir la opinión del Servicio de Inteligencia. Conoce a su gente y sabe que estarán en contra. Hay matices, que oscilan entre las objeciones planteadas por el ministro del Interior (Artola), y el apoyo de los ministros de Energía y Minas (Fernández Maldonado) e Industrias (Dellepiane).

Tras dos meses sin abordar el tema, Velasco insiste y logra que se forme una comisión encargada de proponer alternativas, cuyo responsable es el general Edgardo Mercado Jarrín, ministro de Relaciones Exteriores y oficial de mucho prestigio[5].

La comisión Mercado trabaja reservadamente y no figura adelantos de su misión. Es el 10 de diciembre de 1970 que se produce la primera de las dos sesiones históricas, las únicas de este tipo en los siete años del velasquismo, en las que participan además del gabinete de ministros, el Comando Conjunto y los jefes de las FFAA y las FFPP, donde se tratará en tema de la amnistía. La primera fue informativa; Velasco consciente de la magnitud de la decisión y el carácter sensible de la misma, no quiere adoptarla sin auscultar el sentir de sus compañeros de armas. De este modo fuerza a deliberar a una institución que es no-deliberante, como lo harán notar algunos de los participantes de esa reunión[6].

La segunda, aquella en la que se decide la amnistía, es iluminadora: muestra las dificultades que hubo al adoptarla, los desacuerdos y las resistencias. Ante a la negativa de los altos oficiales de la Marina y la Fuerza Aérea Velasco vacila, no quiere presionar más allá de ciertos límites. Son entonces los miembros del Consejo de Ministros quienes empujan el acuerdo. Saben que la sola consulta es una toma de posición, que retroceder a estas alturas debilitaría la autoridad del gobierno. Que es una medida política importante y que hay que asumir el riesgo. Finalmente, la ley Amnistía se aprobó sin encontrar mayor oposición dentro y fuera de las FFAA[7].

Pero ahí no concluye la historia. Por lo menos en dos sesiones posteriores el ministro del interior, general Artola, aborda el tema con preocupación, quejándose de las actividades del díscolo Hugo Blanco[8].

Las trayectorias de Hugo Blanco y Héctor Béjar, dos de los amnistiados, son representativas de las conductas de la izquierda en esta etapa. Béjar se integra al proyecto de las FFAA trabajando en el SINAMOS y participando del fallido intento de constituir el partido político velasquista, poco antes del derrocamiento de Velasco; Blanco, por el contrario, es un opositor insumiso, lo cual le acarreará detenciones y deportaciones a lo largo de la primera y la segunda fase del gobierno militar. ¿Cuál fue la postura más correcta? ¿Debió la nueva izquierda seguir la opción de Béjar o hizo bien al apostar mayoritariamente por la ruta de Blanco?

La desconfianza fue mutua: los militares desconfiaban de esta izquierda y viceversa. Quienes adhirieron el velasquismo fueron un conjunto de intelectuales e izquierdistas sin partido; y de las fuerzas organizadas, solo el Partido Comunista-Unidad, no por casualidad el más veterano, percibió mejor las peculiaridades del gobierno militar, pero al mismo tiempo era el más dispuesto a subordinar las luchas sociales a las pautas impuestas por el régimen.

La nueva izquierda radical y doctrinaria, al aventurarse por el desborde y la confrontación, radicalizó el proceso. Sin la huelga de los campesinos de Huando y sin la toma de tierras en Andahuaylas y Chincheros, la Reforma Agraria no habría llegado a donde llegó. Las luchas de los maestros y el SUTEP permitieron que el movimiento popular conquistase la autonomía que logró, y fueron las grandes huelgas mineras las que pusieron en la agenda la nacionalización del sector.

La relación de los militares con las masas fue una mezcla de paternalismo y chispazos de mano dura. Hubo represión, pero también flexibilidad. En varios momentos dirigentes populares fueron detenidos, encarcelados y enviados al Sepa, pero en plazos más o menos cortos los liberaron y los reconvinieron en la permanente esperanza (que Velasco nunca abandonó) de que podían ser ganados a la revolución. Hubo muertos como en Cobrisa y Chimbote, pero esta no fue la línea central y no alcanzaría las proporciones de lo ocurrido en los otros países del cono sur del continente, y no da para llamar este gobierno “dictadura”, por lo menos en su connotación represiva.

En este desencuentro entre los militares progresistas y la naciente nueva izquierda, juvenil y contestataria, está una de las claves del devenir del Perú de fines del siglo XX y lo que va del presente. Chocaron la iniciativa de una revolución desde arriba llevada a cabo por una organización por definición vertical, como son las FFAA, y la pretensión de una revolución popular desde abajo, que promovían los tumultuosos jóvenes izquierdistas saturados de ideología y sin la madurez que la circunstancia histórica exigía. Un punto clave de esta ruptura, para esta nueva izquierda tan ligada a los campus universitarios, fue la ley universitaria 17437[9].

Hay en estos tiempos una reivindicación del velasquismo y la tendencia a reprochar a la izquierda por su miopía frente a él, sin embargo no debe perderse de vista que, si precisamente la izquierda se vigorizó con la dinámica social abierta por los militares, esta misma dinámica empujaba hacia una mayor autonomía y radicalidad de la que los militares, formados en la disciplina de cuartel, estaban dispuestos a aceptar. Era muy difícil que ambas ondas sísmicas no hubieran chocado pues, como dice Hugo Neira en Hacia la tercer mitad, lo que empezó el 3 de octubre de 1968 fue “…una revolución y después una contrarrevolución de estado mayor…” (el 29 de agosto de 1975).

Con la enorme ventaja de la mirada retrospectiva podría decir que Béjar y su apuesta por Velasco fue más certera, sin embargo, mi corazón estuvo — y sigue estando — más cerca de la trayectoria de Hugo Blanco. La historia de la segunda mitad del siglo XX tendrá que lidiar con el desencuentro entre el velasquismo y la izquierda radical, la que recién a posteriori ha visto — hemos visto — el velasquismo como uno de los momentos estelares en el proceso de construcción de un proyecto nacional autónomo y de democratización social que puso fin al Perú colonial, la ruptura, en una república que no ha conocido muchas, de nuevo al decir de Neira.

Pero los historiadores tendrán también que lidiar con el hecho de que esa Fuerza Armada, que se embarcó en el proyecto de cambios más ambicioso de la historia republicana, de claro corte nacionalista y orientación progresista, devino en fuerza conservadora. Y esto no solo estuvo mediado por la contra-reforma de Morales Bermúdez, sino por el hecho de que al poco tiempo debieron nuevamente salir de sus cuarteles, esta vez para pelear una guerra anti-subversiva que modificó radicalmente su horizonte mental. Los militares fueron convocados por la autoridad civil que abdicó de sus competencias. De otro lado, sintieron que peleaban no solo contra SL y el MRTA, sino también contra una izquierda que levantó la agenda de los derechos humanos.

Uno de los retrocesos más profundos y trágicos de fines del siglo pasado es el que se dio en la conciencia de estos militares, que abandonaron ese horizonte liberador y transformador que significó el velasquismo, reemplazándolo por las doctrinas contrainsurgentes de la “guerra fría”. Las fuerzas del status quo las recuperaron para seguir apuntalándose. Ya no hay los Leonidas Rodríguez o Fernández Maldonado de otrora. Ni siquiera los estrategas como Mercado Jarrin. Hoy los activos fungen de profesionales institucionalistas, pero su perspectiva ideológica es conservadora. Pasados al retiro, estos oficiales hacen carrera política en una derecha que ha poblado sus filas de exmilitares y expolicías, ubicados hoy en las antípodas de lo que fue el velasquismo.

Si hay un sector militar próximo a la tradición velasquista, es la de los reservistas autodenominados etnocaceristas, quienes irrumpieron con los hermanos Humala. Velasquismo sazonado con un menjunje ideológico indigenista, extravagante pero atractivo para jóvenes andinos formados en el cuartel. Su hora estelar: el Andahuaylazo de febrero del 2005. Su mayor logro: catapultar la campaña electoral de Ollanta Humala, quien tras el triunfo los dejó de lado. Subsisten alrededor de la figura de Antauro Humala, quien aún sueña con recuperar el sitio desperdiciado por su hermano.

La figura de Velasco permanece en la memoria popular como el momento en el que el país cambio en un sentido nacionalista y de justicia social. La valoración de este evento histórico forma parte de una batalla ideológica con la derecha conservadora, que blandiendo la democracia formal, vitupera la “dictadura velasquista”, como el momento en que se les “jodió del Perú”. Este parte-aguas republicano, aun cuando no terminara de cuajar, desencadenó procesos de distinto signo que cambiaron dramáticamente al Perú. Es por eso que la movilización restauradora del conservadurismo social y político, lanzado a la recuperación de su paraíso perdido, tiene en el anti-velasquismo una de sus piedras angulares.

[1] Este texto de Mayer, valioso y valido en lo fundamental, tiene inexactitudes: primero, no se trató de la inauguración sino de la clausura; segundo, Jacqueline Elau era viuda de Guillermo Lobatón; tercero, y lo más importante, el rol de Matos Mar no fue de aliado sino más bien de opositor a la acción.

[2] PEDIDOS (Actas y memorias del XXXIX Congreso Internacional de Americanistas, al alcance en Internet): “El XXXIX Congreso Internacional de Americanistas pide al gobierno peruano la libertad de los presos políticos, auténticos luchadores sociales precursores de la Reforma Agraria y que aún siguen en los presidios del país alejados del actual proceso.”

[3] Tomo V, p. 627.

[4] Acta del 11–8–70

El Señor Presidente manifestó que con motivo de la clausura del Congreso Americanista y mientras decía su discurso se pretendió cortarlo con gritos de amnistía general, cuando terminó un Ing. Torero de la Universidad Agraria le hizo una petición en este sentido pidiendo la libertad de los presos políticos a lo que contestó que era problema del Poder Judicial que los ha sentenciado como delincuentes comunes pero que el Gobierno continuaba estudiando el asunto. Que esta solicitud revela que pueden justificarse de haber agotado todos los medios pacíficos y pensar en recurrir a medios como los del Uruguay y entonces por presión tendrían que soltarlos, que solícita a los ministros vayan pensando en una solución, ya que en el fondo lo que estos hombres quisieron hacer era las reformas que ahora está haciendo el Gobierno Revolucionario, que muchos de ellos pueden ser recuperados y convendría, hoy que ha cambiado la mentalidad de los militares, ver qué era lo más conveniente si dejarlos presos, manteniendo el clima de intranquilidad o soltarlos y ver cómo actúan. Se refirió al caso de Héctor Béjar en cuyo proceso sólo se ha probado el delito contra la seguridad del Estado cuya pena mínima es 5 años que está por cumplir.

El Ministro del Interior indicó que para tomar una decisión debe conocerse la situación, si es cierto que la justicia no ha podido probar la culpabilidad de Béjar en otros delitos, el Ejército si lo ha probado, que hay entidades internacionales que mantienen correspondencia con Béjar y con Ranulfo Peña, existiendo un fuerte movimiento para reclamar la libertad de los presos…

El Sr. Presidente indicó que si se pregunta a Inteligencia quizá se reciba un no rotundo pues verá el caso sólo técnicamente, pero el gobierno tiene que ver la conveniencia del total del país, que en cualquier momento puede prenderse la mecha y por algo que pudo ser una actitud de gente desesperada que las llevó a las guerrillas resulta ahora afectando el bienestar de todo el Perú y desluciendo la revolución.

El Ministro de Industria coincidió plenamente con el Presidente indicando que la solución debe ser política no técnica y que debe partir del Gobierno y no realizarla por una presión como sería un secuestro. Si el 03 de octubre se hubiera presentado una oposición de un Instituto Armado y en la lucha hubieran muertos y la revolución hubiera fracasado, estaríamos todos con Hugo Blanco en la cárcel.

El Ministro de Energía y Minas coincidió con el Presidente sobre la forma de enfocar el problema y recordó que antes del proceso de cambio, gente como Ruiz Eldredge, Benavides Correa, estaba considerada como comunistas.

[5] Acta del 27–10–70

(El Presidente)…habló de sacar algunos presos y se quedó en contemplar el asunto, que no ha querido insistir para no hacer presión, que es un punto delicado por haber combatido la FA a las guerrillas y que se quedó en tomar una actitud aunque ésta no les gustara; que hay gente que ha luchado por las reformas que se están haciendo hoy y que debe solucionarse este problema.

A propuesta del Presidente se designó una Comisión presidida por el General Mercado e integrada por el General Artola, el Mayor General Caro, el Contralmirante Vargas Caballero y el Coronel Valdez para que decidiera.

[6] Acta del 10–12–70

Acto seguido el señor Presidente dispuso el ingreso de los miembros del CCFA. Teniente General FAP Eduardo Montero Rojas, General de División Arnaldo Winkerle, Tnte. General FAP Gavilardo y Contralmirante AP Carlos Salmón Cavero, a quienes expuso que el motivo de su presencia en el Consejo era conversar con ellos respecto al acuerdo del Consejo de conocer su parecer sobre una posible amnistía general, dándoles diversas razones por las cuales el Consejo consideraba conveniente esta medida, como resultado del estudio realizado por una Comisión presidida por el General de División Edgardo Mercado.

Iniciada la conversación el General Montero manifestó que esta es una decisión política pero que estima que la FA debe ser informada de la decisión tomada más no consultada. El Contralmirante Salmón, expuso que en febrero de este año se estudió la medida a nivel institucional y se escuchó a los asesores jurídicos quienes fueron de opinión negativa que habiendo cambiado la situación, estimaba que, además de informar a la oficialidad se debía publicar un folleto que explicara las causas de esta medida.

El Presidente del CCFA, General Montero, indicó que la vez pasada se había discutido bastante llegándose a la conclusión que en ese momento no era conveniente influidas posiblemente por la información que tenían, que ahora se trata de una decisión política que el Gobierno debe dar y lo demás se minimiza. El CCFA cree que debe darse la decisión que se estime mejor para el País, nosotros tenemos plena confianza en Uds., que han hecho un estudio detenido estiman que está bien nosotros también lo encontramos conforme.

El Ministro de Guerra indicó que después de este cambio de opiniones se llegaba a la conclusión que había dos formas de acción, una consultar a la Fuerza Armada y otra informarlos únicamente de lo que se va hacer, que él es de opinión que se proceda sólo a la información pero escuchando las opiniones que puedan dar los Generales para así captar cual es el pensamiento de la mayoría, sin llegar ni a una consulta ni a la votación y poder traer al seno del Consejo la impresión que capten y de acuerdo a ella decidir políticamente lo conveniente.

Concluido el debate se aprobó por unanimidad la propuesta presentada por el General Montagne, acordándose que la información la diera cada Comandante en Jefe a su respectivo instituto, acompañado por los Ministros del respectivo instituto, debiendo efectuarse por separado pero simultáneamente el viernes 13 del actual a las l5: horas para resolver y redactar el D.L. que se requiera el martes 22 de Diciembre.

[7] Acta del 18–12–70

A continuación, el señor Presidente solicitó a los Ministros de las FA que informaran como se había desarrollado la entrevista con los Oficiales Generales de su respectivo Instituto en relación con la posible Ley de Amnistía.

El Ministro de Guerra informó que reunió a todos los Generales de División y de Brigada y les expuso que el Gabinete había tomado en principio la decisión de una amnistía, haciendo un análisis de los factores tomados en cuenta, invitó a los Generales a que libremente expresaran su opinión, hablando dos Generales para indicar la conveniencia de informar a los demás Oficiales, no habiendo ninguno manifestado oposición alguna. Su impresión personal es que si bien es posible que haya algunos que tengan alguna idea en contra no lo han manifestado y en su opinión ha sido aceptada.

El Ministro de Aeronáutica informó que reunió a los 23 Generales, habiendo durado la entrevista 1 hora y 15 minutos, habiéndoles explicado el proyecto; 6 Generales opinaron que la Ley de Amnistía podía ser explotada por los Grupos de poder y partidos políticos y que en el extranjero sería mal vista, siendo una nueva medida para proteger a los guerrilleros, lo que podía constituir una bandera para cualquier Oficial de un Instituto Armado. En síntesis, lo que han manifestado es su preocupación por la figura del Gobierno Revolucionario.

El Ministro de Marina informó que reunió a 27 Almirantes, les leyó el documento y les explicó que el Gobierno estaba considerando tomar esta medida. El jefe del Estado Mayor habló sobre el documento y 7 Almirantes tomaron la palabra indicando que se podía considerar una debilidad del Gobierno, que la situación en el Perú es diferente a la de otros Gobiernos militares en los que hay opresión; que era ir contra la justicia militar que los juzgó y que dejaría en mala situación a los Oficiales del Ejército que habían ascendido por esta causa. En síntesis, han manifestado su preocupación que la medida repercuta en forma negativa en el pueblo y en el extranjero; que el Ejército decidiera ya que eran los que intervinieron directamente. El Almirante Vargas manifestó que en su opinión el resultado ha sido unánimemente negativo.

El Presidente indicó que si hay dos Institutos que no se han pronunciado abiertamente era preferible esperar otro momento que se madure más la idea.

El Ministro de Pesquería indicó que habiéndose avanzado a este extremo estima que debe darse la amnistía política eliminando a los delincuentes comunes.

El Ministro de Industrias, expreso que estaba de acuerdo con el General Tantaleán en el sentido que dar marcha atrás era más peligroso, pues resultaría que se estaba siguiendo a quienes no han comprendido la revolución.

El Ministro de Guerra expresó su conformidad con seguir adelante, y que bastaría tal vez conversar más con los Generales de la FAP y los Almirantes.

El Ministro de Aeronáutica sugirió que se esperara al General Artola ya que el planteamiento puede ser distinto.

El General Artola manifestó que los jefes de las Fuerzas Policiales habían expresado que la medida que tome el Gobierno es aceptada por ellos con la mayor lealtad y sin ninguna vacilación.

El Señor Presidente indicó que en estas circunstancias debe pronunciarse el Gabinete, que estando en revolución tienen que tener problemas lo que sirve como acicate para continuar y que si se determina quienes son los enemigos de la revolución se les elimina; que hay que tomar alguna medida contra algunos hombres que están en los Institutos disconformes con las metas revolucionarias. Que si sale el proyecto se vuelve a conversar con los Institutos para que no haya descontento y si se decide por el sí, cada Ministro debe asumir su responsabilidad en cada Instituto

Se acordó someter a votación la cuestión principal, esto es si se da o no la ley de amnistía, producida ésta se aprobó darla, por unanimidad.

[8] Acta del 14–1–71

…el ministro del Interior indicó que había una situación delicada respecto a los amnistiados; que Hugo Blanco viaja al Cuzco el 18 y va a ser recibido por todos los campesinos y los comunistas… que puede haber un levantamiento masivo; que mientras Béjar está de acuerdo con el Gobierno, Blanco no lo está; dio lectura a las actividades de Blanco desde su salida e indicó que tenía gran aceptación entre los universitarios.

[9] El 31 de enero de 1969 el ministro de educación propuso una nueva ley para la universidad. El general Arrisueño, militar conservador, ataca el lugar donde fermentaba la juventud radical. El jefe del COAP advierte. Aun así el 18 de febrero de 1969 (a menos de cinco meses del golpe) se promulga el DL 17437 que agitó el avispero, azuzando el enfrentamiento entre estudiantes y militares y, por ende, entre la izquierda radical y el velasquismo. Aquí lo que consta en el Acta del Consejo de Ministros.

Acta: 31–1–69

[El Ministro de Educación] Durante el Gobierno de Belaúnde los errores de los Apristas fueron capitalizados por los comunistas. El Comunismo ha fracasado en los Sindicatos, en las guerrillas, ha ubicado como objetivo las Universidades.

Que se debe tomar medidas sobre el problema Universitario y consiste en tomar un debido control sobre la Universidad, ya que ésta es una herramienta para el desarrollo nacional…Propone un Estatuto que contenga determinadas posiciones para evitar la dictadura estudiantil, que pase a integrar la Universidad con el plan de desarrollo nacional.

En cuanto a la gratuidad, se está estudiando diversos sistemas, pero se ha llegado a una decisión.

Esta es fácil de realizar si se convierte la estructura a base de Departamentos y Organismos que serían las encargadas de establecer las profesiones y curriculum que necesita el país, sería más económico para el país el departamentalizar la Universidad se tendría Departamento únicos, no repetir Departamentos en cada Facultad. Esto permite también liberarse de la representación estudiantil…

Estas son las Bases del nuevo Estatuto el momento es propicio por cuanto no hay clases recomienda como fecha para la nueva Ley Orgánica como límite el 24 de Febrero…

El Sr. Presidente: Solicita se discuta primero si se lleva a cabo la reforma y después algunos aspectos.

En el primer punto, el COAP opina para llevar a cabo, pero en cuanto a su opinión personal es que hasta el movimiento las Universidades no ha intervenido contra el Gobierno, pero sí podrían intervenir si se modifica el Estatuto.

En cuanto a la acción de los partidos políticos, sobre todo el PAP, cree que este Estatuto puede eliminar a los dirigentes Comunistas de la Universidad, lo que le sería grato.

Siendo las 11.05 horas el Señor Presidente levantó la Sesión.

 

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