Fuente: Novedades Académicas PUCP

¿Es la universidad parte del engranaje neoliberal?

Cuando pensamos la universidad como un sistema cerrado y autónomo, centrado exclusivamente en la educación de calidad y la investigación independiente, olvidamos que está atravesada por múltiples relaciones con otros sistemas adyacentes, como el Estado, la economía y la justicia, entre otros. La universidad no existe en una configuración social paralela donde gobierna el desinterés y las relaciones de poder son solamente un objeto de análisis. Desde su origen en la Europa medieval hasta la actualidad, su función e influencia en la sociedad han cambiado enormemente. En los párrafos siguientes, trazaremos algunos de los cambios recientes en la universidad y en el sistema social que han dado forma a lo que varios autores han denominado la “universidad neoliberal”.

Wendy Brown (2016) define el neoliberalismo como 1) una política económica, 2) una modalidad de gobernanza y 3) un orden normativo de la razón. En tanto que política económica, el neoliberalismo se basa en el predominio de lo privado sobre lo público, e históricamente se asocia al desmantelamiento del Estado de bienestar en los países del primer mundo hacia la segunda mitad de los setenta y la década de los ochenta. Sin embargo, la característica en la que más enfatiza Brown es en que, bajo el neoliberalismo, “todas las esferas de la existencia se enmarcan y miden a partir de términos y medidas económicas, incluso cuando esas esferas no se moneticen directamente” (2016: 6). Este es un fenómeno de escala global, pero no es sistemático ni consistente en el espacio y el tiempo. La “economización” neoliberal se hace visible tanto en los Estados e instituciones sociales como en las personas, sus acciones y orientaciones. El ser humano se torna homo oeconomicus, se convierte en un capital humano en el que debe invertir –en la esfera privada- para mejorar su posicionamiento competitivo y maximizar su valor de portafolio (2016: 6).

En este escenario, la universidad masificada cumpliría el rol fundamental de proporcionar a los individuos herramientas útiles para administrarse como capital y hacerse productivo y rentable (empleable). La universidad misma se convierte en un locus de gobernanza y se le aplican los mismos principios de eficiencia y competitividad utilizados por las empresas. Más aún, el límite entre universidades y empresas se desdibuja, dando paso a una expansión de universidades privadas societarias (con fines de lucro) a lo largo y ancho de todo el mundo, y a la reorientación de las asociativas y públicas. Para garantizar la matrícula y el financiamiento, las universidades –lo quieran o no- deben competir entre ellas, asegurar una cartera de clientes, innovar técnicamente, someterse a mediciones y regulaciones que certifican su calidad y entrar al juego de los rankings. Se trata de un cambio de paradigma en la sociedad –del que la Universidad no está exenta- regido por la gestión de procesos y la rendición de cuentas (accountability).

Este cambio en el modelo de gobernanza universitaria ha traído consigo un impacto profundo en las labores académicas y administrativas de los docentes y catedráticos. Muchos académicos reclaman que la investigación que producen está sujeta a mediciones e incentivos perversos, en los que la integridad científica se supedita a la competencia entre investigadores, departamentos y universidades. Sobre ellos recae una enorme presión por publicar constantemente y mantener una reputación en su disciplina, estando en juego, por lo general, el futuro de su carrera y su continuidad en el puesto de docente. Esto conduce a que, en el afán de publicar regularmente, se relajen muchas veces las revisiones y filtros institucionales que ayudarían a mejorar una investigación a costa de retrasar su publicación (ver esta nota previa). Asimismo, se ha reportado que esta dinámica intensamente competitiva trae consigo graves consecuencias para la salud mental de los académicos, quienes a menudo sufren de ansiedad y depresión y se ven obligados a dejar en un segundo plano sus vidas familiares y personales para poder cumplir con las exigencias de la investigación.

Otro gran impacto de la razón neoliberal ha ocurrido en la enseñanza de las humanidades en la universidad. Cuando el estudiante se convierte en un cliente que debe maximizar la rentabilidad de su inversión, las carreras de humanidades y ciencias sociales son los primeros en aparecer como prescindibles para la razón neoliberal, porque no responden fácilmente a la lógica del cálculo y la rentabilidad. La creciente especialización de las identidades profesionales y la tecnificación de las labores demandan una formación orientada a la práctica antes que a la reflexión humanista o cívica. En este contexto, algunos defensores de las humanidades en la universidad buscan reivindicar su valor práctico en términos de la adquisición de competencias, llamadas “blandas” o “esenciales”, asociadas a habilidades de liderazgo, pensamiento crítico y resolución de problemas complejos.

Por último, este orden normativo neoliberal, sostiene Brown, trae consecuencias nefastas para la democracia. La democracia conlleva necesariamente la articulación política de un cuerpo social y es, por tanto, un valor que debe inculcarse conscientemente y defenderse “de fuerzas económicas, sociales y políticas que amenazan con deformarlo o infringirlo” (2016: 7). Según esta visión, el neoliberalismo ha convertido el gobierno en gobernanza y la política en administración, expulsando de su lógica los ideales de libertad e igualdad universales que promulgaba la democracia liberal. Perdidos incluso los ideales democráticos liberales, se pregunta Brown, ¿desde qué tribuna podremos producir imaginarios democráticos más radicales? Y, nosotros agregamos: ¿qué papel jugarán las universidades en la construcción de estos ideales democráticos? ¿Serán terrenos en disputa –quizás los más decisivos- en los que se decidirá el triunfo o fracaso del proyecto democrático moderno?

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