Fuente: Educacción

De cada veinte jóvenes pobres que trabajan solo uno lo hace en condiciones decentes. Es necesario pensar en reformas que enriquezcan la transición escuela-trabajo.

El 22 de junio del 2017 el país veía horrorizado las imágenes de un contenedor en el que murieron calcinados unos jóvenes que trabajan en condiciones infrahumanas. Ha pasado poco más de un año y, pasada la indignación mediática, la situación no ha cambiado.

De cada veinte jóvenes pobres que trabajan solo uno lo hace en condiciones decentes. Esto es, con acceso a un seguro de salud, cotizando a un plan de pensiones y recibiendo gratificaciones periódicas. Ya es conocido que aproximadamente 70% de los empleos en el país son informales. Lo que es menos conocido es que esta tasa de informalidad entre los jóvenes pobres alcanza 95%. Este ha sido el caso hace por lo menos diez años. Nuestros jóvenes trabajan, pero de una manera muy precaria.

Algo similar pasa con la educación. Nuestros jóvenes estudian, pero de una manera muy precaria. Las tasas de cobertura escolar, especialmente en primaria son altas y están por encima del promedio Latinoamericano. Los aprendizajes de nuestros estudiantes, sin embargo, pese a las mejoras recientes, aun son muy bajos.

La juventud es un momento especial en la vida en el que los dos canales más importantes de acumulación de capital humano, la educación y el trabajo, están activados. Es durante este periodo que las personas aprendemos a transitar del mundo de la escuela al mundo del trabajo. Antes de este periodo el énfasis está en la escuela, después el énfasis está en el trabajo.

Con esto en mente es necesario pensar en reformas que enriquezcan la transición escuela-trabajo. Para ello conviene pensar que tal transición no sucede de manera unidireccional de-la-escuela-al-trabajo, sino que más bien se trata de un periodo en el que los jóvenes estudian y trabajan (o practican) simultáneamente.

Lamentablemente los esfuerzos recientes de legislación en esta materia han sufrido reveses. Esto, lamentablemente se ha dado por problemas de comunicación acerca de los beneficios de la legislación o por problemas en su diseño.

Mientras tanto la situación es tan precaria que se hace insostenible. No esperemos una nueva desgracia como la de los jóvenes en el contenedor para recordar que tenemos tarea pendiente.

Lima, 10 de Setiembre de 2018

En este documento citado y que puede descargar analizamos con mayor detalle la situación proponiendo algunos cursos de acción.


Ni estudian ni trabajan

Aquellos jóvenes que no estudian ni trabajan no acumulan capital humano de forma alguna. La proporción de jóvenes en esa condición entre los 15 y 24 años en América Latina está justo por debajo del promedio mundial. Parecería que Latinoamérica no está tan mal; pero, más allá de la mera participación laboral y de los estudios, cabe preguntarse por la calidad de tal empleo y de tales estudios. La evidencia indica que no es buena. Por otro lado, la desagregación de la estadística de jóvenes que no estudian ni trabajan también arroja luces interesantes: datos desagregados para el Perú muestran que cuanto mayor es la pobreza, mayor es la tasa de jóvenes fuera del empleo y de las aulas. Pero si en el quintil más pobre cada vez hay más “ninis”, por el contrario, en el más rico cada vez hay menos. Esta tendencia se observa desde el 2005.

Fuente: Hugo Ñopo, Ana Franco (2018). Ser joven en el Perú: educación y trabajo. Avances de Investigación N°37. GRADE


Para citar este artículo en APA:

Ñopo, H. (2018). Juventud en el Perú: ¿Hemos aprendido la lección del contenedor?Educacción, Año 4 (45). https://bit.ly/2COrq8F

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