Fuente: Hildebrant en sus trece. Viernes 7 de setiembre de 2018

¿Qué hacen los intelectuales en el Perú?
¿Dónde están sus voces, sus iras, sus ensayos sobre este país, el nuestro, capturado por las mafias?
No se sabe. Ellos hablan de lo suyo.
Algunos son guardaespaldas y parásitos de Vargas Llosa y por eso creen tener estatuto de intocables.

Otros defendieron los plagios de Bryce y se sienten dueños de la posverdad.

Los más se han metido en sus nichos, sus becas yanquis, sus paraguas, los sombreros variados de la sombrerería. Otros desfilan como monjas de clausura en las universidades.

Pero ninguno se pronuncia sobre esta tormenta que se ensaña con los más pobres.

Me refiero a la corrupción generalizada, a la pudrición de nuestras instituciones.

Cuando fui niño y adolescente abría un libro y allí estaba Washington Delgado con su espléndido desasosiego. Y estaban Alberto Hidalgo o Luis Nieto. Y frente a un Xavier Abril o un Martín Adán, con los que volabas por esos parajes donde las palabras arden y se esfuman, estaba Manuel Scorza que nos contaba sobre rostros vacíos, hombres de mirada prematuramente cana y balnearios de hueso, chúpate esa.

Y si eso no te satisfacía, pues ahi estaba Mariátegui, para explicarte algunas cosas plenamente vigentes. Y estaban Sebastián Salazar Bondy o Enrique Solari Swayne para decirte que este país había que arreglarlo. Y si nada de eso te placía, les echabas mano a los patriarcas, desde González Prada hasta Julio Cotler. Para no hablar de Vallejo, claro, o de nuestros remotos consuelos: Hesse, Sartre, Camus, Tolstoi, Solzhenitsyn, Dos Passos, todos los infelices que querían que supiéramos cuán idiotas debían ser los que andaban reconciliados con el mundo. Lo que quiero decir es que había una trama de la inteligencia y del espíritu que sostenía la esperanza. Y el sostén de la esperanza es la rebeldía.

Hoy todo eso parece roto, viejo, arqueológico. Los artistas se han dedicado a sobrevivir, los escritores se mueren por complacer a ese gran mundo que los quiere recibir castrados y pasteurizados, los sociólogos buscan maestrías y los filósofos languidecen en la enseñanza.

El Perú es un país de viudas y de huérfanos. La derecha ha tenido un éxito clamoroso en desacreditar el descontento y en inculcarles a los jóvenes que la historia ha terminado con este aborto de liberalismo dinerario. Fukuyama triunfó entre nosotros. El país de Beltrán, el hombre de los mil agros al decir de Romualdo, es aquel con el que soñaron Chirinos Soto y Salazar Larraín en los 50.

¿Y dónde están nuestros intelectuales? ¿En qué torre se callan, desde qué azotea de suicidas nos miran como si con ellos no fuera la cosa?

Juhen Benda habló de la traición de los intelectuales que permanecieron distantes de lo que él consideraba ámbito intrínseco de su actividad: la trascendencia, los valores, los fueros de la cultura y el espíritu. Los nuestros no es que hayan traicionado su papel de “clérigos” –ese fue el término lato que empleó Benda– entregándose a la poética y a la banalidad de sus revueltas. Los nuestros han construido castillos de lego, egoísmos ínfimos, avideces de pasado mañana. Y todo para que la cultura oficial los tome en cuenta, para que las fundaciones frívolas los inviten. Para que el poder, en suma, no frunza el ceño.

¿Dónde están los que deberían estar dándonos lecciones de coraje y compromiso frente a una situación que es de las peores en la esperpéntica historia de nuestra república? Están en lo suyo, repantigados en el comentario indulgente, esperando una llamada, fingiendo independencia o encontrándole coartadas al asco.

En “Los tiempos modernos” Sartre, el inolvidable, escribió esto: “todos los escritores de origen burgués han conocido la tentación de la irresponsabilidad; desde hace un siglo, esta tentación constituye una tradición en la carrera de las letras. El autor establece rara vez una relación entre sus obras y el pago en numerario que por estas recibe. Por un lado, escribe, canta, suspira; por el otro, le dan dinero”.

Bueno, de eso se trata.