Tomado de: La República

“La derecha ha intentado responder a esos avances con una estrategia de ‘guerra de corrupciones’, la clásica fórmula donde todos somos culpables y por tanto nadie es culpable”.

 

Esta semana circularon algunos textos que dan cuenta de la exasperación en la derecha. En lo formal plantean que los avances contra la corrupción político-judicial y el referendo son peligros para la democracia. En realidad trasmiten un descontento con la marcha de la democracia y las instituciones en el país del 2018.

La derecha ha intentado responder a esos avances con una estrategia de “guerra de corrupciones”, la clásica fórmula donde todos somos culpables y por tanto nadie es culpable. Hasta hoy no le ha funcionado. Los mecanismos de la ley y el orden, reforzados por una prensa agresiva, vienen demostrando aguante frente a los intentos de descalificarlos.

Así, ha aparecido una segunda generación de argumentos, que exploran la eficacia de denunciar una conspiración en marcha en la que participarían Ejecutivo, sectores de izquierda y encuestadoras. En esta exploración el referendo puede producir nueva vacancia presidencial o, en las versiones más atrevidas, incluso golpe de Estado militar.

En el fondo se trata también de implícitos ataques contra la opinión pública, que de julio a esta parte ha desvestido a la derecha en el poder de casi todo apoyo. Si esa opinión pública no ha hecho lo mismo con la izquierda es porque allí no hay mucha aprobación para comenzar. Pareciera, pues, que la cosa no es partidaria ni ideológica.

La poca aprobación que hay disponible se está trasladando a la figura de Martín Vizcarra, básicamente porque es percibido como el principal impulsor de la reforma política y el principal apoyo de la reforma judicial. Aun así, solo una mitad de los consultados parece verlo bajo esa luz. El resto de los políticos padece lo que alguna vez un eufemista llamó el antirrespaldo.

La idea de que bajarle el moño a Vizcarra, por ejemplo llamar a su política populismo, tendría como efecto recuperar la hegemonía perdida por la derecha no parece muy brillante. Más eficaz suena la invocación de Madeleine Osterling a Keiko Fujimori para que ella perfeccione su estilo político y se aleje de “algunos nefastos divos que ha llevado al Congreso”.

El juego sigue y seguirá siendo la democracia, a pesar de todos sus males, y tratar de moverse por fuera de sus reglas es una receta para la desgracia política.

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