Tomado de: Clarín

Los científicos sostienen que hay demasiados trabajos escritos: algunos insustanciales y repetidos, hechos por la sola obligación de publicar.


Documentos del Archivo Secreto Vaticano: Autógrafo de Galileo Galilei. Foto: A.S.V.

Si algo no puede ser la ciencia es arbitraria. Por eso, debe atar sus cada vez más voluminosos descubrimientos a un método sistemático de comunicación porque, entre otras cosas, funciona por acumulación. En la jerga, al método se lo conoce como paper. Son escritos de algunas páginas, suelen venir acompañados con gráficos, abundantes citas entre paréntesis, y son escrutados minuciosamente por pares y publicados en revistas especializadas que, a su vez, conforman un escalafón de prestigio.

El sistema reconoce antecedentes hasta el siglo XVII, aunque no todo gran descubrimiento se comunicó de esa manera. Darwin, por tomar un caso conspicuo, eligió desglosar la evolución en un libro a la vez divulgativo y técnico (Sobre el origen de las especies). Pero llegando a la tercera década del siglo XXI, los papers lucen ajados, burocráticos y asesinos de la innovación y la creatividad. Las quejas se suman entre los científicos (víctimas y victimarios): que hay demasiados, que muchos son insustanciales, que pocos se replican, que hay que hacerlos no para comunicar algo novedoso sino por obligación, que es un enorme negocio para ciertas editoriales (ninguno de los científicos cobran en el proceso). El viejo “publicar o perecer”, como en eterno retorno, parece más diabólico que divino.

Ya es notable, en ese sentido, la búsqueda de renovar el sistema, o cambiarlo, o emparcharlo sin modificar la esencia de que los datos sean como mínimo verificables; es decir, que la ciencia no deje de ser ciencia. “Hay una gran crisis con el tema de los formatos de la publicación científica. Se cuestiona la exigencia de publicar y también se cuestionan los contenidos de los papers. Para nosotros, como científicos que tenemos que escribir para mantenernos dentro del sistema, pedir subsidios y aspirar a cargos, es lógico porque tenemos que socializar los resultados de nuestros experimentos, pero entrañan una trampa ya que esa competitividad muchas veces no nos deja ser selectivos a la hora de publicar. Con esto me refiero a que la novedad de los datos publicados debería ser la norma, y no lo es”, dice María Luz González Gadea, investigadora del Conicet en el Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco) y la Fundación Favaloro.

González Gadea agrega un dato terrible respecto de cómo y para quién se hace ciencia hoy: “Un paper puede llevar un par de años de revisiones desgastantes, críticas muy duras de colegas; todo se hace muy frustrante. Cuesta mucho esfuerzo y tiempo, con la única recompensa de seguir en el sistema, porque eso que nos costó tanto, una vez publicado, lo lee muy poca gente. Un promedio de un paper bastante leído es de diecisiete personas. Eso, haciendo un pronóstico optimista: el 50% de los trabajos sólo serán leídos por los coautores, los revisores y los editores del journal. Entonces, ¿qué estamos haciendo?”, dice la también investigadora de la Universidad Di Tella en el área de aprendizaje de altruismo y cooperación en niños. Esta pequeña tragedia de trabajar para nadie es inherente a la ciencia ultrasofisticada y megaespecializada, plena de jerga y datos generados y analizados por sistemas no humanos. Luce difícil salir de ese laberinto hipertecnológico.

También Mario Rossi, investigador del Conicet, coincide en que hace falta un cambio. “Es paradójico que muchas veces los que hacemos ciencia no estamos en el frente de la innovación. Innovamos en muchas cosas pero en otras somos conservadores. El mundo ha cambiado y las ciencias no son excepción”. Claro que no se trata de una tarea fácil en este caso. “Hay que tener muchos recaudos porque por adornar o tratar de simplificar el mensaje no se debe perder información. En algún punto se trata de que los papers sean más visuales, más lindos, más amenos. El problema es que en el afán de eso puede perderse rigor. Hay cosas que por fuerza tienen que ser aburridas. El tema es que los científicos son conservadores. Todo tiene que ver con que estamos en un sistema harto competitivo, con la desventaja de que se coarta la posibilidad de innovar. La posibilidad de obtener un subsidio es menor si se buscan cosas completamente nuevas, por eso se prioriza tener algo más seguro.” Según Matías Ison, físico argentino, en la actualidad profesor en la Universidad de Nottingham (Inglaterra), hay dos temas distintos. Por un lado, la renovación del formato paper y la posibilidad de mandar material suplementario, como videos o que los datos usados estén disponibles al estilo open data. Eso está pasando y convive con el papel, aunque es más fácil para algunas disciplinas que para otras “porque si uno se pasa años tomando datos valiosos es razonable que quiera sacarle más rédito”. Por otro, está la cantidad de revistas (o journals), el sistema de producción de conocimiento asociado al negocio de las editoriales. “Hay demasiados journals que no importan, que están para saciar una necesidad de publicación, para justificar carreras en muchas universidades”, dice Ison. Pero rescata la importancia de la revisión de pares: “Hay revistas que sí son serias y en las que el referato funciona bien y no se puede desmerecerse porque es un filtro muy importante. Los esfuerzos de algunos para relajar el referato en la práctica generan publicaciones malas, con problemas de diseño experimental, estadísticos y de reproductibilidad. Es una alternativa que potencialmente suena linda, pero que en la práctica no se ha implementado de buena manera hasta el momento”.

El asunto excede largamente el formato paper, según advierte Daniel Flichtentrei, médico y jefe del portal Intramed. “El inconveniente mayor es que la ciencia se ha convertido en un commodity más, adoptando el modo de producción de mercancías que domina al mundo. Los científicos están atrapados en una maquinaria que necesita de sus publicaciones como el oxígeno para su propia supervivencia independientemente de su calidad y, en especial, de su relevancia. En el ámbito de la investigación biomédica hay una idolatría fetichista que le asigna un valor hiperbólico al dato en desmedro de una teoría que les dé sentido”. Pero no está ahí el problema. O no sólo ahí. Sigue Flichtentrei, autor de La verdad y otras mentiras. Historias de hospital: “A la investigación médica actual le sobran datos y le faltan teorías. Nos infoxicamos con respuestas a preguntas que nunca nos hicimos y que dicen muy poco acerca del padecimiento real de nuestros enfermos y mucho sobre la necesidad de producir papers del sistema de investigación. Necesitamos nuevas categorías que puedan dar cuenta de la realidad que los clínicos vemos a diario y para las que no tenemos estructuras conceptuales que las nombren. Estamos guardando las medias en el cajón de los calzoncillos solo porque es el único cajón que conocemos”. Para Flichtentrei, “necesitamos con urgencia una reivindicación de la teoría en la era del Big Data. Las herramientas tecnológicas pueden ser un obstáculo antes que un aliado para entender los fenómenos. Es como si Galileo se hubiera dedicado a describir puntitos brillantes en el cielo mirando por la ventana con su telescopio”. ¿Será que la cuestión va más allá de cómo los científicos se comunican entre sí? ¿Habrá que salir del embrollo por arriba? Como concluye Rossi, “la crisis del paper quizá es un síntoma de algo más profundo y complejo, que quizás tenga que ver con la necesidad de nuevos paradigmas, plantearse una nueva ciencia. O al menos ver mejor cuál es el rol de la ciencia en estos tiempos”.

De Ambrosio es periodista científico, autor de Todo lo que necesitás saber del cambio climático. Fue becado por la Kavli Foundation.

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