Tomado de: La Mula

Alamedas te voy a dar, por Pedro Salinas


Foto: La Mula

Sé que no lo parece, pero estos posteos en La Mula a veces cuestan un esfuerzo enorme. Porque los temas, cuando uno los elige, hay que pensarlos, hay que trabajarlos, hay que estudiarlos. Y en algunos casos, investigarlos. Quisiera tener la facilidad de palabra y de concisión de Juan Carlos Tafur y de Raúl Tola, para chapar tópicos al aire y hacerles una llave de judo y transformarlos en una idea sintética. Es más. Ya lo intenté. Pero nada. Soy un fracaso comentando en corto.

Así que aquí me tienen, sentado frente a la computadora, luego de haberle dado veinte vueltas a un asunto que quiero enfrentar desde una óptica que escape del lugar común. Porque si algo detesto es opinar sobre lo que comenta el resto de mi colegada. Gracias a los dioses, hay días de suerte, en los que gente como el presidente del Congreso, Luis Galarreta, o su tocayo, Lucho Castañeda, el alcalde de Lima, te ponen la pelota para patear. Y te regalan hasta el título del artículo.

Porque encima justo va en la misma línea de lo que había estado husmeando en mis archivos. Y eso, vamos, eso es un respiro que se agradece. Pues luego de zambullirme en una historia que seguí de cerca durante los tiempos del fujimorismo, la iniciativa de los Luises, a propósito de la creación de una denominada “Alameda de la Reconciliación”, para contar la verdadera historia peruana, cayó como un guante.

Es que ellos, los fujimoristas y Castañeda, quieren relatar una “historia oficial” que no tiene nada que ver con la “historia real”. En la que los policías y militares y, sobre todo, los que gobernaron con látigo y mano de fierro durante la autocracia de Alberto Fujimori, fueron héroes, campeones de la paz, paladines de la contrasubversión, semidioses a quienes el pueblo peruano les debe un infinito agradecimiento  y no sé qué más.

Y claro. Cuando estaban en medio de este onanismo político surrealista y lisérgico, y anunciándolo a los cuatro vientos, yo estaba levantando información sobre lo que le pasó a Juan Mallea. Mejor dicho, sobre lo que le hizo el fujimorismo al pobre Juan Mallea.

Juan Abelardo Mallea Tomailla era un comerciante de ropa del mercado informal Polvos Azules. Y se recurseaba, a inicios de los noventas, cuando tenía 34 abriles, haciendo taxi ocasionalmente. Mallea era un tipo servicial, buena gente, y muy religioso. Asistía a una iglesia evangélica desde que tenía doce años, aproximadamente. En 1979 se bautizó en la Iglesia Cristiana y Misionera del distrito de Comas.

Sin embargo, pese a su talante de pacífico ciudadano, bajo el régimen de Fujimori, Mallea fue detenido. Ello ocurrió hacia mediados de 1993. ¿Qué fue lo que hizo Mallea? De acuerdo a un reporte elaborado por el Instituto de Defensa Legal (IDL) de la época, el 10 de julio de 1993, Mallea fue solicitado como taxista por un vecino (Juan de la Mata Jara Berrospi, para más señas), quien vivía a una cuadra y media de su casa, más o menos. Ambos se conocían, se saludaban, pero no eran amigos ni mucho menos.

Pero a lo que iba. Jara Berrospi le pidió que le hiciera una carrerita a una casa ubicada en el jirón Los Pinos, en Comas. Hasta ahí, todo normal. No obstante, al llegar a su destino, personal de la Dincote los detuvo. ¿Qué había pasado? Que la policía había descubierto una imprenta clandestina donde se editaba la publicación senderista El Diario. Jara Berrospi formaba parte del ejército de Abimael Guzmán. Y Mallea no tenía cómo saberlo. No tenía ni la menor idea de la militancia terrorista de su vecino.

La policía registró el auto de Mallea minuciosamente. No encontraron nada. Bueno. Salvo una lustrosa biblia protestante guardada en la guantera. Fueron a su casa. La rebuscaron y pusieron todo patas arriba, como en las películas policiales. Tampoco encontraron nada que lo comprometiera. Hasta que lo más alucinante vino pocos días después.

El gobierno lo inculpó como autor del famoso croquis de Cieneguilla. Para quienes ya lo olvidaron, o no tienen ni peregrina idea de lo que estoy hablando, que esa es otra, pues me refiero al mapa que llegó en un sobre anónimo a la revista , que dirigía Ricardo Uceda, el cual indicaba la ubicación exacta de las fosas en las que enterraron los restos de algunas de las víctimas del escandaloso crimen de La Cantuta.

Esto ocurrió a los tres días de la detención de Mallea. La posición oficial sugería que los asesinatos extrajudiciales perpetrados por grupos paramilitares, avalados sibilinamente por el fujimorismo, eran parte de una maniobra senderista para desprestigiar al gobierno y a las fuerzas del orden. Tal cual se los estoy contando.

Así las cosas, el 22 de julio de 1993, ante la vista de todo el mundo, el taxista protestante y comerciante informal, Juan Mallea Tomailla, era presentado ante la prensa con atuendo a rayas y el número 1799 en el pecho, como autor del supuesto “croquis senderista”.

El peritaje grafológico de la policía fue recusado hasta por tres dictámenes grafotécnicos independientes. Uno de ellos, dicho sea de paso, fue realizado por Lyndal Shaneyfelt, considerado uno de los peritos norteamericanos más connotados, con cuatro décadas de experiencia (veinte de ellos al servicio del FBI), el cual concluyó taxativamente que la escritura del mapa no correspondía a la de Mallea.

Pero claro. Ya adivinarán. La truculencia no terminó ahí. Pese a que todas las evidencias absolvían a Mallea y lo exoneraban de cualquier vinculación con Sendero y los crímenes de La Cantuta, el propio Alberto Fujimori entró al juego incriminatorio y, en una entrevista televisiva, acusó al desvalido evangelista, engañando a los televidentes. “Todo un héroe”, es decir.

Nueve meses después, inexplicablemente, dos oficiales y cuatro subalternos del Ejército que habían sido condenados por la Sala de Guerra del fuero militar a penas de 20 y 15 años de prisión por ser hallados responsables del secuestro y asesinato del profesor y los nueve estudiantes de la Universidad de La Cantuta (la prensa independiente, poca pero testaruda y rigurosa, tuvo un rol decisivo en el esclarecimiento de la verdad y de identificar al tristemente célebre Grupo Colina), Mallea continuó preso. Condenado por culpa de unos malditos planos que jamás pasaron por sus manos, y porque a alguien se le ocurrió que era el perfecto chivo expiatorio para mostrar lo eficaces y súpercapaces que podían ser nuestros policías y militares a la hora de enfrentar a los grupos sediciosos armados.

Mallea, luego de mucho tiempo después, fue puesto en libertad. Oenegés infatigables como el Instituto de Defensa Legal y algunos periodistas, como César Lévano, César Hildebrandt, Iván García, y a los que se suma con orgullo el mulero firmante, hicimos campañas obsesivas y tozudas desde nuestros pequeños espacios, radiales o escritos, cuando la mayoría de la prensa celebraba acríticamente lo que decía y proclamaba Fujimori.

Esta historia no es ficticia. Ocurrió en el Perú de Fujimori. Jamás le pidieron públicas disculpas ni lo indemnizaron al pobre Mallea. Su reputación fue manchada y enlodada durante años. Porque así, como jugando, los cicateros y cutres más representativos del fujimorismo inescrupuloso, con Alberto liderando el elenco, le destruyeron la vida a Mallea. Porque eso fue lo que hicieron. Joderle la vida. Lo que hicieron con él realmente no tiene nombre. Si me apuran, hasta el día de hoy el fujimorismo está en deuda con él.

Así que, a ver si los Luises recuerdan también esta maquiavélica historia, este “pasaje anecdótico” de los tiempos que quieren “reivindicar”, que revela por donde se le mire la auténtica entraña putrefacta y hedionda del fujimorismo de los noventas, en su puñetera “Alameda de la Reconciliación”. A ver.

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