Tomado de: Luis Jochamowitz

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Sale caliente, antes que nos agarren fríos.

En apariencia lo ocurrido en el LUM es un pequeño incidente que involucra a un congresista y afecta a unos empleados públicos. No es así. Contiene la semilla de lo que hace la diferencia entre una democracia y un poder político tramposo, un paso más cerca de un gobierno policial e ideológico. Es, además, parte de un fenómeno ultra conservador, una alianza tácita y/o explícita de grupos evangélicos, católicos ultra montamos, sectores militares, y muchos más, incluyendo algunos periodistas. Es lo más parecido posible a un neo fascismo a la peruana que hasta ahora hemos podido representar.

No nos equivoquemos, Donayre solo es un personaje grotesco, a lo más ocupará un lugar secundario en una galería de monstruos de republiqueta, muy atrás de los Coroneles Gutiérrez, los Sargentos Huapaya o Melchor Montoya, o el Capitán Vladimiro Montesinos. Los detalles del General disfrazado de sordomudo y con peluca, son tan abyectos que solo su mención nos rebaja a todos.

Hace pocas semanas asistimos “gracias” al congresista Moisés Mamani a una escena muy parecida. También había una cámara secreta, un agente provocador, un video editado y un caso político fabricado a medida. Fue el último empujón que derribó a un gobierno en ruinas. Esa emboscada de los bajos fondos del hampa parlamentaria, la tomamos como un ajuste de cuentas entre bandas criminales. Nada de qué preocuparse si hacía daño a cualquiera de las pandillas en disputa.

Esta vez, sin embargo, la víctima de la captura y asesinato de la imagen no es un congresista. La oclocracia, el gobierno de los peores, llama a la puerta.

Se ha dicho que el propósito de este operativo “inopinado”, como lo llamó el grotesco Donayre, es imponer una versión de la historia, negar la existencia de crímenes y masacres cometidos por militares y policías desde los años ochenta. Es decir, se trata de una operación de represión y reescritura histórica de largo plazo. Creo que no habría que preocuparse demasiado de que lo logren. La enormidad de los actos cometidos no se borra por muy poderosas que sean las fuerzas interesadas. Pero además, la falta de argumentos, la pobreza intelectual –en una palabra, la estolidez– las incapacita para presentar una historia que se sostenga en el tiempo. La memoria de esos años terribles sigue en fermentación y será muy diferente al brebaje tóxico y maniqueo que esas fuerzas nos proponen. Son demasiado primitivos, no tienen las herramientas para convencer, solo pueden imponer. En el fondo ellos saben o intuyen su incapacidad para crear un relato convincente. Por eso, por ejemplo, el fujimorismo se opone a que el Estado invierta en el crecimiento y desarrollo de un cine nacional. Sería el peor verdugo de su versión de la historia.

El otro objetivo de la ofensiva extremista es más peligroso y realizable. Se trata de crear un clima de Inquisición sobre las opiniones y quienes las emiten. Una suerte de policía del pensamiento, paradójicamente a cargo de quienes lo distorsionan o simplemente jamas han pensado..

El Ministro del Interior anuncia que un equipo policial analiza el video en busca de señales de apología de terrorismo. El congresista Petrozzi, especialista cultural del fujimorismo, se propone remodelar a su gusto las vitrinas del museo. Una comisión parlamentaria pone en duda los derechos civiles del hijo de dos muertos que dejó la guerra, o el conflicto armado, o como diablos quieran llamarlo. La patética Ministra de Cultura se lava las manos en esta agua sucia. Los oclócratas se erigen en jueces de lo correcto, y algún periodista suelta su risa de hiena. Las insulsas opiniones de la señorita Gabriela Eguren, empleada del LUM, se convierten en la frontera entre lo lícito y lo ilícito. ¿A eso hemos llegado?

Un último desastre colateral: el Presidente Vizcarra bebe el agua sucia que dejó su Ministra de Cultura. Tal vez no comprenda el valor de lo simbólico y deja pasar todo lo que está en juego en este pequeño incidente. Si es así, acabamos de cruzar el Rubicon, que era un riachuelo insignificante, y no nos hemos dado cuenta