uente: La República

Existe un proyecto para negar todo o parte de lo que nos sucedió y usar el miedo para movilizar en favor de una causa política. Es la estrategia más vieja del mundo en manos de oficiales retirados de las fuerzas armadas que hoy, metidos a políticos, quieren para matar dos pájaros de un tiro.

Todo político perverso sabe que no hay nada más útil a sus fines que crear un miedo invencible en el pueblo. Un miedo que pueda unir, más allá de toda confrontación. Un miedo que tenga en él a su sólo único salvador. Un miedo que, pese a no surgir de un peligro real, tiene apariencia de realidad. Un miedo que, pese a no existir, sí existió y permanece en la memoria de las gentes. Un miedo cuyo solo recuerdo hace que algo se revuelva en el estómago.

Pestes, guerras, terremotos, enfermedades de todo tipo han arrasado el mundo varias veces. El Perú no se escapa a las inclemencias del clima, ni a la violencia de los hombres. El conflicto armado interno iniciado por el movimiento subversivo Sendero Luminoso en 1980 y al que se une el MRTA en 1985 usó como herramienta de guerra –con la frágil democracia peruana– la metodología del terror. ¿Fueron eficaces? Hasta la captura de Abimael Guzmán sembraron un absoluto y permanente estado de zozobra en la sociedad peruana, con el que aprendimos a malvivir. Sus crímenes fueron condenados por el tipo penal de terrorismo y sus sentencias fueron severas. La respuesta jurídica no podía ser la de “declarar la guerra” porque esta no fue una guerra convencional, ni una guerra civil. No hay pues “prisioneros de guerra” ni intercambio o amnistía posible.

65,000 muertos y desaparecidos, miles de heridos, y millones de desplazados después, nuestros hijos, la generación que nace después de 1990, no ha tenido que vivir esta tragedia. Los presos, bien presos están, así como los que fueron condenados por someter el país a un baño de sangre. Los héroes, que los hubo y muchos, deben sentirse satisfechos ahí donde les tocó estar. En la Policía Nacional, en las Fuerzas Armadas, en las rondas y las comunidades andinas, en la Iglesia y en tantas organizaciones sociales de donde con mucho valor se identificó y apresó a las huestes de Guzmán y Polay. ¿Y los que por defender a la sociedad equivocaron el camino y cometieron graves delitos? Pues, guste o no, también los hay. Hay atrocidades contra civiles que jamás debieron ocurrir y que resultaron siempre favorables a los subversivos. En un pueblo entre dos fuegos, mueren todos.

¿Por qué recuerdo hoy esto? Porque existe un proyecto para negar todo o parte de lo que nos sucedió y usar el miedo para movilizar en favor de una causa política. Es la estrategia más vieja del mundo en manos de oficiales retirados de las fuerzas armadas que hoy, metidos a políticos, quieren para matar dos pájaros de un tiro. De un lado, ensalzar a su líder Alberto Fujimori y por transitividad a sus herederos políticos; y, de otro, crear un nuevo estado de zozobra asegurando a una población traumatizada que hay “infiltrados” en todas partes y que pronto volverán. Por supuesto, ellos, guardianes de la galaxia, nos aseguran que están al tanto y que sólo gracias a ellos estamos a salvo.

Pero para que este cuento –porque eso es lo que es– funcione, hay un gran obstáculo. Nuestros nuevos salvadores también cometieron delitos contra civiles indefensos. Asesinaron, torturaron y violaron mujeres. Como dice la CVR “en algunos momentos y en algunos lugares” la violación de derechos fundamentales por agentes del Estado fue sistemática. ¿Cómo nos van a salvar de nuevo? ¿Con los mismos métodos?  Se requiere entonces de un proyecto negacionista que diga que estas violaciones nunca existieron, que son un invento de los terroristas y que cualquiera que diga que si existieron es, por ende, terrorista. Lo que hubo fue alguno que otro “exceso particular” o un “mal filtro” por el que un oficial psicópata hizo una barbaridad. Pero nada más. Nadie vio nada, nadie escucho nada y nadie dijo nada.

El conflicto armado interno ya terminó y no volverá. Al menos, no en los términos en que se planteó. Nuestros hijos tienen que conocer su historia y las víctimas, ser reconocidas. Por eso el Lugar de la Memoria (como son lugares similares para las víctimas del Holocausto) es un lugar de aprendizaje y de duelo. Ahí se celebra la vida de aquellos que la dieron por su país y se conmemora la de los miles que murieron por la salvaje violencia maoísta de Guzmán. No es un lugar de adoctrinamiento. Es un lugar para entender y responder esa pregunta que nuestros hijos nos hacen: ¿qué pasó? Por eso, y por la memoria de todos los peruanos de bien, no podemos permitir que el congresista Donayre se atreva a dictarnos cuál es la historia única que su aparato político quiere implantar sin importar el costo en vidas privadas. Ya logró “terruquear” a una joven profesional que sólo quiso ayudarlo con un guiado que no le correspondía –editando en 6 minutos más de 2 horas de visita al LUM– para luego destrozar su vida privada.

Pero lo peor no es Donayre. Lo peor es este Gobierno que no ha hecho nada por defendernos de los muchos como él. No lo hará. Sus compromisos van quedando claros.

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