Tomado de: La República

Quienes me conocen o han leído mis columnas habrán notado que hablo de mi padre con mucha frecuencia. Sobre la relación especial que teníamos y de cuánto lo extraño. Pocas veces me he referido a mi madre y cómo nuestra relación se ha vuelto mucho más estrecha desde la muerte de papá. No es que no fuéramos unidas antes pero con Montero había una conexión y complicidad que no lograba con ella.

Quizá fue porque le tocó la tarea menos popular. Era ella quien ponía orden y disciplina en casa. Mi papi, por lo contrario, era “mantequilla” con sus cuatro hijas. Era mamá quien administraba y estiraba el sueldo de policía para que llegue a fin de mes. Aprendió a tejer y coser para tener a sus niñas con ropa nueva con menos gasto. Hacía mis disfraces para el cole y era una trome con los trabajos manuales que yo solía abandonar. Se levantaba muy temprano. Su rutina diaria era lograr que nos despertemos, cambiarnos, peinarnos, preparar las loncheras, hacernos desayunar y llevarnos a la escuela.
Luego, venían las tareas propias del hogar (que eran muchas), luchar para que comamos, jugar y hacer las tareas de la escuela. Ducharnos, darnos la cena y a las 7 de la noche meternos a la cama después de ver Los Picapiedras en la tele. Concluía los pendientes y  agotada se sentaba frente al televisor para ver la novela mexicana de moda que apenas terminaba de ver antes de que el sueño la venciera. Era amorosa pero, a veces, el cansancio la ponía de malas. Cuando mi padre estaba en casa se repartían el trabajo pero eso no era lo común. Papá aprovechaba las horas libres para taxear pues la economía era estrecha.
Hace unos días terminé internada de emergencia en una clínica. Pasamos un buen susto. Lloró de preocupación y me dijo, “no se te ocurra irte antes que yo”. Desde hace dos semanas me cuida como a esa pequeña niña que fui. Está pendiente de mí, de mis alimentos, de mis medicinas, de cómo me siento. Me besa a toda hora, me acaricia y siento que sano junto a ella, sobre todo, mi espíritu. Te amo mamá, perdona la ingratitud y gracias por estar siempre ahí.

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